Las cifras del llamado boom exportador peruano son motivo de satisfacción. Que el Perú incremente sus exportaciones, conquiste nuevos mercados y consolide productos de calidad demuestra el enorme potencial productivo que posee el país.
Sin embargo, toda buena noticia merece una pregunta inevitable: ¿quiénes están disfrutando realmente de ese crecimiento?
Porque mientras las exportaciones baten récords, millones de peruanos siguen enfrentando empleo precario, bajos ingresos, informalidad y enormes brechas en salud, educación e infraestructura. Es decir, el éxito macroeconómico todavía no se traduce plenamente en bienestar para la mayoría de la población.
No basta con exportar más.
Hay que lograr que ese crecimiento genere cadenas productivas nacionales, fortalezca a las pequeñas y medianas empresas, impulse la industrialización y cree empleos de calidad.
El Perú no puede conformarse con vender materias primas o productos con escaso valor agregado. El siguiente paso debe ser transformar nuestra riqueza en desarrollo industrial, innovación tecnológica y conocimiento.
Cada contenedor que sale del puerto debería representar también más oportunidades para los productores, los transportistas, los emprendedores y los trabajadores peruanos.
Ese es el verdadero desafío.
El boom exportador debe convertirse en un boom del desarrollo nacional.
Para ello se necesita una estrategia de Estado que articule infraestructura, puertos, carreteras, capacitación laboral, financiamiento para las MYPE, investigación, innovación y una política industrial moderna que permita que miles de pequeñas empresas se incorporen a las cadenas de exportación.
No puede existir un Perú que exporta al mundo mientras otro Perú permanece excluido de los beneficios del crecimiento.
Las regiones también deben participar de esa prosperidad. La agroexportación, la minería, la pesca, la industria forestal y las manufacturas pueden convertirse en motores de desarrollo regional si existe una adecuada articulación entre el Estado y el sector privado.
El éxito exportador tampoco debe medirse únicamente en dólares.
Debe medirse en empleos formales creados, en reducción de la pobreza, en mejores salarios, en innovación tecnológica y en oportunidades para los jóvenes.
Cuando el crecimiento económico mejora efectivamente la calidad de vida de la población, entonces deja de ser una estadística para convertirse en desarrollo.
El Perú ha demostrado que puede competir en los mercados internacionales.
Ahora debe demostrar que también puede distribuir mejor los frutos de ese éxito.
Porque un verdadero boom exportador no será aquel que solo incremente las cifras de comercio exterior, sino aquel que permita que cada peruano sienta que el crecimiento económico también mejora su propia vida.
Ese debería ser el siguiente gran objetivo nacional.
