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HUACOS ERÓTICOS: ENTRE LA HISTORIA, LA SEXUALIDAD Y LA CUCufATERÍA. ¿DÓNDE ESTÁ EL VERDADERO LÍMITE?

La polémica desatada por la exhibición de los llamados huacos eróticos de la cultura mochica ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que el Perú necesita abordar con mayor seriedad: nuestra relación con el cuerpo, la sexualidad, la moral, la educación de los niños y, sobre todo, el respeto por nuestro patrimonio cultural.

La propuesta de la senadora Milagros Jáuregui, de Renovación Popular, para retirar estas representaciones de los espacios públicos y limitar su exhibición a recintos cerrados ha generado posiciones encontradas. Su argumento es que estas imágenes podrían afectar el desarrollo psicológico de los niños, provocarles confusión y despertar una sexualidad que considera no saludable.

Pero aquí hay una primera cuestión que debemos aclarar: ¿estamos frente a un problema cultural, educativo y científico o ante una interpretación moral y religiosa que pretende convertirse en política pública?

Los huacos mochicas no son una creación contemporánea ni una provocación de nuestra sociedad actual. Son testimonios arqueológicos de una civilización que floreció en la costa norte del Perú hace aproximadamente dos mil años. Sus representaciones del cuerpo humano y de la sexualidad constituyen una de las expresiones más singulares de la cerámica prehispánica.

Los antiguos mochicas representaron diferentes prácticas sexuales, escenas vinculadas con la reproducción, la fertilidad y otros aspectos de su universo simbólico. Los investigadores han desarrollado distintas interpretaciones sobre estas piezas, algunas relacionadas con prácticas rituales, creencias religiosas, regeneración y concepciones de la vida y la muerte.

Reducirlas a simples objetos eróticos o a representaciones de conductas sexuales sería desconocer la complejidad de aquella civilización.

¿Por qué nos incomoda tanto una parte de nuestra propia historia?

Quizá el problema no esté en los huacos, sino en la manera como nuestra sociedad contemporánea ha aprendido a relacionarse con el cuerpo y la sexualidad.

Durante generaciones, la educación familiar y buena parte de nuestra formación cultural estuvieron marcadas por prejuicios, silencios y prohibiciones. El cuerpo fue presentado muchas veces como algo que debía ocultarse, la sexualidad como un asunto del que no se debía hablar y cualquier representación que se apartara de determinadas convenciones morales como una amenaza a las buenas costumbres.

Sin embargo, la historia de las civilizaciones no puede reconstruirse utilizando exclusivamente los criterios morales de nuestro tiempo.

Los mochicas tenían su propia concepción del cuerpo, de la sexualidad, de la reproducción y de la relación entre el mundo humano y el mundo sobrenatural. No podemos pretender que sus expresiones culturales se ajusten a nuestras actuales creencias religiosas o convenciones sociales.

Tampoco debemos confundir el erotismo con la pornografía. Una representación artística del cuerpo humano, incluso cuando contiene imágenes explícitas de prácticas sexuales, no tiene necesariamente la misma finalidad que un producto pornográfico contemporáneo.

Esta distinción es fundamental para abordar el debate con seriedad.

La protección de los niños no puede convertirse en una excusa para censurar la historia.

Por supuesto, los niños merecen protección. Nadie puede cuestionar la responsabilidad de los padres, educadores y autoridades de garantizar ambientes adecuados para su desarrollo.

Pero proteger no significa ocultarles la realidad, ni convertir todo aquello que contiene una representación del cuerpo humano en una amenaza.

El psicólogo Gary Rivera, integrante de la Asociación Peruana de Sexología, Salud y Educación Sexual, ha señalado que no existen estudios científicos que demuestren que observar estas esculturas provoque alteraciones neurológicas, cognitivas o psicológicas en los menores.

También ha advertido sobre el peligro de interpretar equivocadamente investigaciones sobre el desarrollo cerebral infantil para justificar conclusiones que no están demostradas.

Hay problemas mucho más concretos que deberían preocuparnos: el acceso de los menores a contenidos pornográficos explícitos en internet, la violencia sexual, el abuso infantil, la explotación y la hipersexualización comercial de la infancia.

Esos sí son asuntos que requieren políticas públicas, educación, prevención y protección efectiva.

No podemos colocar en el mismo plano una pieza arqueológica que forma parte de nuestro patrimonio y los contenidos explícitos que circulan sin control en las plataformas digitales.

La verdadera solución está en la educación y no en la censura.

Esto tampoco significa que debamos ignorar las preocupaciones de los padres o considerar que cualquier representación debe exhibirse sin contexto ni explicación.

Hay una diferencia entre una pieza arqueológica original conservada en un museo, una reproducción artística instalada en un espacio turístico y una representación monumental colocada en un parque público.

Cada situación requiere criterios de conservación, contextualización y educación adecuados.

En el caso de Moche, donde se han instalado grandes reproducciones de estas figuras, corresponde que las autoridades culturales y municipales evalúen la manera más apropiada de presentarlas al público.

Se pueden incorporar paneles explicativos, información sobre la civilización mochica, referencias históricas y antropológicas, advertencias sobre el contenido de determinadas representaciones y materiales educativos para las visitas escolares.

Los padres también pueden acompañar a sus hijos y explicarles, de acuerdo con su edad, qué están observando.

Eso es educación. Eso es formar ciudadanos capaces de comprender su historia sin temor ni prejuicios.

Cuando la moral religiosa pretende convertirse en política pública

Hay otro aspecto que no podemos dejar de observar.

La iniciativa de Milagros Jáuregui no aparece aislada de su trayectoria política y de sus posiciones conservadoras. La legisladora pertenece a Renovación Popular y mantiene una activa vinculación con el movimiento evangélico y las posiciones provida.

Cada ciudadano tiene derecho a profesar sus creencias religiosas, defender sus convicciones y transmitirlas a su familia. Ese derecho debe ser respetado.

Pero el Estado peruano es plural y debe garantizar que las políticas públicas se construyan sobre criterios constitucionales, evidencia científica, conocimiento histórico y respeto a la diversidad cultural.

Una convicción religiosa particular no puede convertirse automáticamente en una norma para todos los ciudadanos.

La protección de la infancia es una responsabilidad pública, no una propiedad ideológica de ningún partido o movimiento religioso.

El riesgo aparece cuando determinadas corrientes políticas utilizan temas sensibles, como la sexualidad, la educación y la protección de los niños, para impulsar agendas de restricciones culturales sin demostrar previamente que existe un daño real.

No se trata de atribuir intenciones que no hayan sido demostradas, sino de exigir que cualquier propuesta legislativa tenga fundamentos verificables y respete el patrimonio y los derechos culturales de todos los peruanos.

El Perú necesita reconciliarse con su historia.

Nuestro patrimonio arqueológico es extraordinario. Tenemos una riqueza cultural que muchas sociedades envidiarían y que, sin embargo, todavía no sabemos aprovechar suficientemente como instrumento de educación, identidad y desarrollo turístico.

Los mochicas, los nazcas, los paracas y las demás civilizaciones que florecieron en nuestro territorio no vivieron de acuerdo con los códigos morales de la sociedad contemporánea.

Estudiarlas significa comprender sus diferencias, sus creencias, sus expresiones artísticas y sus formas de organización social.

No podemos seleccionar de nuestra historia únicamente aquello que nos resulta cómodo o que coincide con nuestras convicciones actuales.

La sexualidad también forma parte de la historia humana. Ha estado presente en las expresiones artísticas, religiosas, simbólicas y sociales de numerosas civilizaciones. Negarla, ocultarla o censurar sus representaciones no hará que desaparezca; simplemente impedirá que podamos comprenderla.

El desafío consiste en superar el puritanismo, pero también evitar la banalización de nuestro patrimonio. Ni escandalizarnos ante cada representación del cuerpo humano ni convertir estas piezas en simples atractivos turísticos desprovistos de contenido histórico.

Necesitamos museos, escuelas, universidades y autoridades culturales que expliquen, investiguen y difundan nuestra herencia.

No confundamos educación con censura, protección con prohibición ni moral religiosa con conocimiento histórico.

Los huacos eróticos no necesitan ser escondidos para proteger a nuestros niños. Necesitan ser explicados para que las nuevas generaciones comprendan que el Perú tiene una historia mucho más rica, compleja y diversa que los prejuicios de cualquier época.

Dejemos de lado las cucufaterías y asumamos el desafío de educar. Una sociedad que conoce su historia no necesita tenerle miedo a su pasado.

Porque el verdadero problema no es que nuestros hijos descubran cómo representaban el cuerpo los antiguos peruanos. El problema sería que, por prejuicios y censuras, terminemos privándolos de la posibilidad de conocer y comprender su propia civilización.

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