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LOS PRIMEROS 100 DÍAS DE KEIKO FUJIMORI: ENTRE LA IMPROVISACIÓN, LA FALTA DE IDEAS Y UN GOBIERNO QUE TODAVÍA NO ENCUENTRA EL RUMBO

Los primeros cien días del gobierno de Keiko Fujimori dejan una impresión preocupante: el país tiene un gobierno instalado en Palacio, pero todavía no parece tener un proyecto de gobierno claramente definido. Hay anuncios, decisiones aisladas, algunas medidas económicas y una considerable actividad política, pero escasean las propuestas capaces de mostrar hacia dónde se quiere conducir al Perú.

El balance elaborado por Delphos sobre el periodo comprendido entre el 28 de julio y el 4 de noviembre de 2026 ofrece información que merece una lectura más allá de las cifras. Aunque reconoce algunos aspectos positivos, como la continuidad del marco macroeconómico, la ratificación de Julio Velarde en el Banco Central de Reserva y la aprobación de determinadas facultades legislativas, también revela un gobierno con serias dificultades para convertir sus anuncios en resultados.

Y ese es precisamente el problema central: gobernar no consiste en anunciar, ensayar medidas, conseguir facultades del Congreso o salir a buscar soluciones improvisadas cuando los problemas ya están encima. Gobernar significa tener un diagnóstico, un equipo competente, una estrategia y objetivos concretos.

Un gobierno que parece estar buscando qué hacer

La sensación que dejan estos primeros cien días es la de una administración que todavía no termina de organizarse. No se advierte una dirección política suficientemente clara ni un equipo que transmita solvencia para enfrentar los principales problemas nacionales.

La inseguridad ciudadana continúa golpeando a los peruanos. Los homicidios no muestran una reducción significativa, las extorsiones siguen siendo una amenaza y el sistema penitenciario permanece sobrepoblado. Frente a esta realidad, aparecen operativos, anuncios de nuevos penales, despliegues policiales y militares, pero todavía no una política integral que permita anticipar resultados.

La crisis de la Policía Nacional, los cambios en su comando institucional y los desacuerdos dentro del propio gabinete tampoco contribuyen a proyectar una imagen de autoridad y conducción.

Un gobierno no puede pretender resolver la inseguridad únicamente con más efectivos en las calles, declaraciones enérgicas o medidas espectaculares. Necesita inteligencia policial, investigación criminal, tecnología, control penitenciario, reforma institucional y una estrategia sostenida contra las organizaciones criminales.

La economía no puede vivir solamente de la inercia

En el terreno económico, el informe reconoce la continuidad del marco macroeconómico y algunos indicadores favorables. Sin embargo, sería un error atribuir automáticamente al gobierno los resultados que responden a tendencias económicas anteriores, al comportamiento de los mercados internacionales o a la actividad de determinados sectores productivos.

La ratificación de Julio Velarde es una decisión importante porque preserva la estabilidad y la credibilidad monetaria. Pero mantener una política económica responsable no equivale a tener una política de desarrollo.

El Perú necesita crecer, pero también necesita transformar su estructura productiva, generar empleo formal, fortalecer la industria nacional, impulsar la innovación, desarrollar infraestructura y cerrar las brechas territoriales que mantienen a millones de ciudadanos al margen de las oportunidades.

Mientras tanto, la inflación de Lima llegó al 5,25% interanual en octubre, por encima del rango meta del Banco Central, y el gobierno propone modificar la trayectoria de convergencia fiscal, postergándola hasta 2031. Son decisiones que requieren explicaciones, sustento técnico y transparencia sobre su financiamiento.

También preocupa que se anuncien miles de millones de soles para obras sin que estén suficientemente esclarecidos los mecanismos de financiamiento, la capacidad de ejecución y los criterios para determinar las prioridades.

Copiar experiencias no reemplaza tener un proyecto nacional

Otro aspecto que merece atención es la aparente búsqueda de soluciones fuera del país, como si los problemas peruanos pudieran resolverse simplemente reproduciendo experiencias extranjeras.

Conocer otras realidades, estudiar políticas públicas exitosas y aprender de experiencias internacionales es necesario. Ningún país tiene el monopolio de las buenas ideas. Pero una cosa es estudiar, adaptar y mejorar experiencias, y otra muy distinta es intentar importar modelos sin comprender las condiciones institucionales, económicas y sociales que hicieron posible sus resultados.

El Perú no necesita gobiernos que se dediquen a ensayar recetas ajenas, sino autoridades capaces de comprender nuestra propia realidad.

No podemos convertir la política pública en una sucesión de ocurrencias: hoy una medida de seguridad, mañana una propuesta económica, pasado mañana un anuncio de infraestructura y, cuando aparece una nueva dificultad, otra idea tomada de algún país que supuestamente encontró la solución.

Eso no es planificación. Es improvisación.

Los cien días también muestran un problema de legitimidad y conducción

Keiko Fujimori llegó al gobierno con una victoria electoral extremadamente ajustada y sin una mayoría parlamentaria propia. Esa circunstancia exigía una especial capacidad de diálogo, concertación y construcción de acuerdos.

Sin embargo, la caída de su aprobación, del 57% al 40% entre agosto y octubre, según las cifras recogidas por el informe, constituye una señal política que no debería ser ignorada.

Un gobierno que comienza perdiendo respaldo ciudadano necesita preguntarse qué está haciendo mal. No basta con responsabilizar a la oposición, a los medios de comunicación o a las dificultades heredadas. La responsabilidad de gobernar exige escuchar, corregir y demostrar capacidad de respuesta.

Las facultades legislativas obtenidas del Congreso tampoco pueden convertirse en un cheque en blanco. El país necesita conocer qué decretos se aprobarán, qué problemas resolverán y qué resultados concretos producirán. Conseguir facultades es apenas obtener una herramienta; utilizarlas eficazmente es la verdadera prueba de gobierno.

El Perú necesita dirección, no solamente administración del poder

Los primeros cien días deberían haber servido para establecer las bases de una transformación nacional. Sin embargo, el balance deja más preguntas que certezas.

¿Dónde está el programa de industrialización del país? ¿Cuál es la estrategia para reducir la informalidad? ¿Cómo se impulsará la agricultura familiar y la agroindustria? ¿Qué política permitirá aprovechar nuestros recursos naturales para generar valor agregado? ¿Cuál es el plan para convertir la educación y la ciencia en motores del desarrollo? ¿Cómo se articularán la inversión pública y privada para reducir las desigualdades territoriales?

No son preguntas secundarias. Son los grandes desafíos que cualquier gobierno responsable debería tener en el centro de su agenda.

El Perú no puede seguir administrando sus problemas de un gobierno a otro, esperando que los precios internacionales de los minerales mejoren, que aparezca una nueva inversión o que alguna medida circunstancial resuelva las dificultades estructurales.

Se necesita visión de Estado, equipos profesionales, planificación y capacidad de ejecución.

Los primeros cien días no determinan necesariamente el destino de una administración, pero sí permiten identificar sus prioridades, sus capacidades y sus limitaciones. Y lo que se observa hasta ahora es un gobierno que conserva algunas fortalezas macroeconómicas, pero que todavía no demuestra tener una propuesta integral para el país.

Keiko Fujimori tiene todavía la oportunidad de demostrar que puede gobernar. Pero el Perú no puede convertirse en un laboratorio de improvisaciones ni en un escenario de ensayos políticos. El país necesita ideas, equipos y un proyecto nacional. Gobernar no es simplemente ocupar Palacio de Gobierno: es saber qué hacer con el poder y para qué hacerlo.

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