Actualidad

TRUMP HA SIDO DERROTADO: ¿QUÉ CAMBIA EN EL PERÚ Y CUÁNTO LE COSTARÁ AL GOBIERNO DE KEIKO SU ALINEAMIENTO CON WASHINGTON?

La derrota electoral de Donald Trump en las elecciones legislativas del 3 de noviembre de 2026 abre un nuevo escenario político para Estados Unidos y sus relaciones con América Latina. Los demócratas recuperaron el control del Senado y de la Cámara de Representantes, propinando al mandatario republicano un revés político de grandes dimensiones. No ha perdido la Presidencia, pero ha perdido el control del Congreso y, con ello, una parte fundamental de su capacidad para imponer su agenda durante los dos últimos años de su mandato.

El resultado tiene una trascendencia que va mucho más allá de la política estadounidense. Durante los últimos años, Trump se convirtió en el principal referente de una corriente internacional de derecha radical que encontró en su discurso, sus posiciones ideológicas y su política exterior una fuente de respaldo y legitimación.

América Latina no estuvo al margen de ese proceso. Por el contrario, varios gobiernos y movimientos políticos buscaron estrechar sus relaciones con Washington, identificándose con el proyecto trumpista y reproduciendo buena parte de su discurso de confrontación.

El Perú es uno de los países donde las consecuencias de este nuevo escenario merecen especial atención.

UN REVÉS PARA EL TRUMPISMO Y SUS ALIADOS INTERNACIONALES

La recuperación del Congreso estadounidense por los demócratas significa que Trump tendrá que gobernar frente a una oposición que ahora controla las dos cámaras legislativas. Podrá continuar ejerciendo la Presidencia y conservar importantes atribuciones en política exterior, pero encontrará mayores dificultades para aprobar leyes, conseguir presupuestos y desarrollar determinadas iniciativas de gobierno.

Además, la nueva mayoría tendrá capacidad para investigar las actuaciones de su administración y ejercer una fiscalización mucho más intensa.

El resultado electoral también tiene un significado político: una parte importante del electorado estadounidense ha expresado su rechazo a las políticas de Trump, en un contexto marcado por el costo de vida, los aranceles, la guerra con Irán y el descontento con la gestión gubernamental.

No estamos, por tanto, ante el final del trumpismo, pero sí frente a un debilitamiento electoral que puede modificar su influencia internacional.

Para los sectores de la derecha radical latinoamericana que encontraron en Trump un referente y un aliado, el resultado representa un cambio en las condiciones políticas en las que desarrollaban sus estrategias.

En el Perú, esa corriente tiene expresiones parlamentarias, partidarias, mediáticas y empresariales. Sus dirigentes tendrán que observar que el movimiento que consideraban una referencia internacional de fortaleza política acaba de sufrir un importante revés electoral.

EL PERÚ, ENTRE WASHINGTON Y PEKÍN

Uno de los mayores desafíos que enfrenta el gobierno de Keiko Fujimori es mantener el equilibrio entre Estados Unidos y China.

Nuestro país tiene una relación económica estratégica con China. Es uno de nuestros principales socios comerciales, participa en importantes proyectos mineros y de infraestructura y tiene en el megapuerto de Chancay una inversión de enorme trascendencia para el futuro del comercio peruano con Asia.

Estados Unidos, por su parte, sigue siendo un socio fundamental en materia comercial, financiera, tecnológica, diplomática y de seguridad.

El problema aparece cuando la competencia geopolítica entre ambas potencias comienza a condicionar las decisiones nacionales.

Washington observa con preocupación la expansión de la presencia económica china en América Latina y particularmente en el Perú. Pero esa preocupación no puede convertirse en una exigencia para que nuestro país limite sus relaciones comerciales o adopte decisiones que respondan a los intereses estratégicos estadounidenses.

El puerto de Chancay es un ejemplo de esta tensión. Las declaraciones de funcionarios estadounidenses sobre la presencia china y las competencias de supervisión del Estado peruano han colocado el proyecto en el centro de una disputa geopolítica.

El Perú tiene la obligación de fiscalizar sus puertos, garantizar la seguridad nacional y aplicar sus leyes a todas las empresas, independientemente de su nacionalidad. Pero esa responsabilidad corresponde exclusivamente a nuestras instituciones.

No podemos aceptar que la competencia entre dos potencias termine convirtiéndonos en un territorio donde otros decidan qué inversiones nos convienen y cuáles debemos rechazar.

EL EMBAJADOR ESTADOUNIDENSE Y LOS LÍMITES DE LA SOBERANÍA

Otro asunto que merece especial atención es el protagonismo que ha adquirido el embajador estadounidense Bernie Navarro en el debate político peruano.

Sus declaraciones sobre el puerto de Chancay, las decisiones judiciales y la actuación de determinadas autoridades han generado controversia.

En septiembre, Estados Unidos revocó la visa de un magistrado peruano que había emitido una resolución favorable a Cosco Shipping en el conflicto sobre las competencias de supervisión de Ositrán en el megapuerto de Chancay. El embajador defendió públicamente la decisión de su gobierno y sostuvo que Washington debía actuar frente a lo que consideraba actuaciones contrarias a las instituciones.

Más allá de las razones que Estados Unidos invoque para adoptar medidas migratorias, existe una cuestión de fondo: las decisiones de nuestros jueces deben ser examinadas y cuestionadas por los mecanismos previstos en el ordenamiento jurídico peruano.

Un embajador tiene derecho a defender los intereses de su país, expresar preocupaciones y desarrollar actividades diplomáticas. Lo que no corresponde es que su representación se convierta en una instancia de presión sobre las instituciones nacionales.

La derrota electoral de Trump no significa que Bernie Navarro vaya a abandonar automáticamente esa línea de actuación. Sigue representando al gobierno estadounidense. Sin embargo, el nuevo equilibrio político de Washington introduce un escenario de mayor fiscalización y debate sobre las políticas de la administración.

El Perú debe aprovechar esta circunstancia para reafirmar los límites de la diplomacia y el respeto a nuestra institucionalidad.

¿QUÉ PASARÁ CON LA DERECHA RADICAL PERUANA?

El resultado electoral estadounidense también puede repercutir en los sectores más radicalizados de la derecha peruana.

Durante los últimos años, el trumpismo funcionó como una referencia internacional para movimientos que promovieron una política de confrontación con la izquierda, cuestionaron determinadas instituciones democráticas y defendieron una visión más nacionalista y restrictiva de las relaciones internacionales.

La derrota de los republicanos en ambas cámaras modifica ese escenario.

Aquellos sectores que presentaban a Trump como el líder de una corriente política internacional imparable tendrán que revisar sus argumentos. La realidad electoral estadounidense demuestra que sus políticas también pueden encontrar resistencia y recibir un rechazo significativo en las urnas.

Sin embargo, sería equivocado pensar que la derecha radical peruana desaparecerá o perderá automáticamente su influencia. Sus estructuras políticas, sus intereses y su representación nacional no dependen exclusivamente de Washington.

Lo que puede modificarse es su capacidad de presentar el respaldo de Trump como una garantía de legitimidad internacional y como un instrumento para fortalecer sus posiciones internas.

KEIKO FUJIMORI ANTE UN NUEVO ESCENARIO INTERNACIONAL

El gobierno peruano tiene ahora una situación que merece una revisión seria.

Keiko Fujimori apostó por estrechar su relación con la administración Trump. La incorporación del Perú al Escudo de las Américas, anunciada durante la visita del secretario de Estado Marco Rubio en septiembre, fue una de las expresiones más claras de esa orientación.

El gobierno presentó esta incorporación como un mecanismo de cooperación contra el crimen organizado y el narcotráfico. Esos objetivos son legítimos y responden a problemas reales que requieren coordinación internacional.

Sin embargo, la política exterior no puede reducirse a una alianza ideológica ni quedar condicionada por la agenda de una administración extranjera.

La pregunta es qué hará ahora el gobierno peruano.

¿Mantendrá una relación de alineamiento político con Trump, a pesar de que su administración ha perdido el control legislativo? ¿O entenderá que el Perú necesita una política exterior equilibrada, que preserve sus relaciones con Estados Unidos y, al mismo tiempo, fortalezca sus vínculos económicos con China y otros mercados?

El gobierno de Keiko tiene que comprender que Estados Unidos no es solamente Donald Trump y que las relaciones entre ambos países no pueden depender de la permanencia de una determinada corriente política en la Casa Blanca.

Además, la política estadounidense hacia China no es exclusivamente republicana. La competencia estratégica entre ambas potencias tiene respaldo en sectores de los dos partidos. Por eso, el Perú necesita una política de Estado y no simplemente un cambio de alineamiento según quién controle Washington.

LA OPORTUNIDAD DE RECUPERAR NUESTRA AUTONOMÍA

La derrota electoral de Trump debería servir para abrir un debate nacional sobre la posición del Perú en el nuevo escenario internacional.

Nuestro país no puede continuar actuando como si su política exterior tuviera que organizarse en función de las prioridades de Washington. Tampoco debe sustituir esa dependencia por una subordinación a Pekín.

Necesitamos relaciones equilibradas con todas las potencias, acuerdos comerciales que beneficien a nuestra economía, inversiones sometidas a nuestras leyes y una diplomacia capaz de defender nuestros intereses sin complejos ni sometimientos.

Tenemos una posición geográfica privilegiada, recursos naturales, una importante capacidad exportadora y la posibilidad de convertirnos en un punto estratégico de conexión comercial entre Sudamérica y Asia.

Pero para aprovechar esas oportunidades necesitamos gobernantes con visión internacional, capacidad de negociación y una comprensión clara de los intereses nacionales.

La derrota legislativa de Trump puede debilitar a sus aliados internacionales, modificar el comportamiento de algunos gobiernos y obligar a determinados movimientos políticos a revisar sus estrategias.

Pero el cambio más importante debe producirse dentro del Perú.

La soberanía no depende de quién gobierne en Washington. Depende de la voluntad de nuestros gobernantes para defender los intereses nacionales.

Trump ha sufrido una derrota electoral. Sus aliados tendrán que asumir las consecuencias políticas de ese resultado. Y el gobierno peruano tiene ahora una oportunidad para demostrar que puede relacionarse con Estados Unidos sin renunciar a su independencia, que puede cooperar con China sin comprometer su soberanía y que tiene una política exterior propia.

El Perú no puede seguir siendo un espectador de las disputas de las grandes potencias ni una pieza subordinada en sus estrategias geopolíticas.

La verdadera prueba para el gobierno de Keiko Fujimori no será demostrar su cercanía con Washington, sino demostrar que tiene la capacidad de defender al Perú frente a cualquier potencia, independientemente de quién ocupe el poder.

Related posts

Francis Allison considera una «reelección encubierta» candidatura de López Aliaga a teniente alcalde

Manuel Cotillo

La sospecha fue grande: Abogada a la que Patricia Benavides plagió su artículo completo: «Ha copiado hasta las conclusiones»

Manuel Cotillo

César Acuña llama a Rafael López Aliaga el «candidato de la inestabilidad»: «Está desesperado»

Manuel Cotillo

Leave a Comment

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Damos por sentado que estás de acuerdo, pero puedes desactivarlas si lo deseas. Acceptar Read More

Privacy & Cookies Policy