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PERÚ Y MÉXICO: CUANDO EL INTERÉS NACIONAL DEBE ESTAR POR ENCIMA DE LAS TRINCHERAS POLÍTICAS

Restablecer relaciones fue un paso necesario. El desafío ahora es convertir el reencuentro en una política de Estado.

Hay decisiones en política exterior que nacen de una coyuntura política y hay otras que deben responder a algo mucho más permanente: el interés nacional.

La relación entre Perú y México pertenece a esta segunda categoría.

Durante los últimos años, los vínculos entre ambos países quedaron atrapados en la crisis política peruana que comenzó con el intento de ruptura constitucional protagonizado por Pedro Castillo en diciembre de 2022. Las posiciones asumidas por los gobiernos de México frente a la situación peruana provocaron una creciente tensión diplomática.

La crisis llegó a un punto máximo el 3 de noviembre de 2025, cuando el Gobierno del Perú anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con México, después de que se conociera que la ex primera ministra Betssy Chávez había recibido asilo diplomático en la residencia de la Embajada mexicana en Lima. La Cancillería peruana justificó entonces su decisión alegando una reiterada injerencia mexicana en asuntos internos del país.

El Congreso tampoco fue ajeno a esa escalada. Apenas tres días después de la ruptura, el Pleno aprobó declarar persona non grata a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, mediante una moción impulsada por parlamentarios de distintas bancadas, entre ellos representantes de Fuerza Popular, Acción Popular, Renovación Popular, Alianza para el Progreso y otras agrupaciones. La votación fue de 63 votos a favor, 34 en contra y 2 abstenciones.

Pero una política exterior de Estado no puede quedar permanentemente subordinada a las disputas políticas internas.

México no es un país cualquiera

México es una de las economías más importantes de América Latina y un mercado de enorme dimensión para el Perú.

El propio Ministerio de Comercio Exterior y Turismo señala que México, con una población superior a los 108 millones de habitantes, constituye uno de los mercados más importantes del mundo. El Acuerdo de Integración Comercial Perú-México se encuentra vigente desde febrero de 2012 y ha permitido que aproximadamente el 98 % de las subpartidas negociadas para las exportaciones peruanas ingresen al mercado mexicano con arancel cero.

Y hay algo todavía más revelador.

Durante el decimotercer año de vigencia del acuerdo, las exportaciones peruanas a México alcanzaron US$917,1 millones, mientras que el número de empresas peruanas exportadoras hacia ese mercado aumentó 47 % desde el primer año de vigencia del acuerdo. Entre las MIPYMES, el número de exportadores aumentó 18,6 % y el valor exportado por este segmento creció 29,5 %.

Es decir, la relación con México no es solamente diplomática.

Es comercial.

Es empresarial.

Es turística.

Es cultural.

Y tiene una dimensión estratégica dentro de la integración latinoamericana.

Todavía hay mucho mercado por conquistar

El dato quizás más importante está en lo que todavía no hacemos.

Un estudio del Mincetur publicado en marzo de 2026 estima que existe un potencial exportador peruano no aprovechado hacia México de aproximadamente US$1.200 millones.

Los mayores espacios están en recursos minerales, metales, prendas de vestir, plástico y caucho y frutas. Entre los productos con mayor potencial aparecen los minerales de cobre y sus concentrados, cátodos de cobre, camisetas de algodón, uvas frescas y semillas de hortalizas.

Por tanto, mientras Perú y México discutían políticamente, existía —y existe— una pregunta mucho más concreta para nuestros empresarios:

¿Cuánto mercado peruano dejamos de aprovechar?

Y otra todavía más importante:

¿Cuántas pequeñas y medianas empresas peruanas podrían estar vendiendo más en México?

La política exterior debería ayudar a responder esas preguntas, no convertirse en un obstáculo adicional.

La Alianza del Pacífico recuerda que los intereses permanecen

México y Perú no son solamente dos países que mantienen relaciones bilaterales.

Ambos forman parte de la Alianza del Pacífico, junto con Chile y Colombia.

En junio de 2026, funcionarios de la Cancillería peruana destacaron ante el Congreso que la Alianza del Pacífico representa más del 42 % del PBI regional, 57 % del comercio de la región y más del 41 % de la inversión extranjera directa.

Por eso, deteriorar innecesariamente la relación entre dos de sus miembros tiene consecuencias que van más allá de Lima y Ciudad de México.

Afecta una arquitectura de integración que el Perú necesita fortalecer.

La política exterior no puede ser una prolongación de la política interna

Aquí aparece una lección que merece ser discutida.

El enfrentamiento político peruano de los últimos años estuvo marcado por una enorme polarización alrededor de Pedro Castillo. Esa confrontación terminó proyectándose hacia la política exterior.

México adoptó posiciones que el Gobierno peruano consideró una injerencia en sus asuntos internos. El Congreso peruano respondió con decisiones políticas de fuerte contenido diplomático. Finalmente, el Gobierno optó por romper relaciones.

Cada actor defendió su posición.

Pero una cosa es defender la soberanía nacional y otra muy distinta es convertir las relaciones internacionales en una extensión de las batallas ideológicas domésticas.

Un Estado puede defender firmemente su soberanía y, al mismo tiempo, mantener abiertos los canales diplomáticos.

Puede rechazar una posición de otro gobierno sin romper necesariamente todos los puentes.

Puede discrepar políticamente y continuar comerciando.

Puede defender sus instituciones sin sacrificar oportunidades económicas.

Esa separación entre diferencia política e interés permanente del Estado constituye uno de los principios más importantes de una política exterior madura.

El restablecimiento abre una nueva etapa

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Perú y México representa precisamente una oportunidad para pasar de la confrontación a una etapa de pragmatismo.

Y no se trata solamente de volver al punto anterior.

La propia Cancillería peruana, en agosto de 2026, señaló que los históricos lazos de amistad, hermandad y respeto recíproco entre ambos países deben permitir avanzar hacia una integración profunda que privilegie la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales, principios vinculados también con la Alianza del Pacífico.

Ese debería ser el punto de partida.

No se trata de olvidar las diferencias que provocaron la crisis.

Tampoco de desconocer las posiciones que cada gobierno sostuvo durante los últimos años.

Se trata de entender que las diferencias entre gobiernos no tienen por qué convertirse en enemistades entre Estados ni, mucho menos, entre pueblos.

Peruanos y mexicanos tienen una relación histórica mucho más profunda que una coyuntura presidencial.

Hay vínculos culturales, gastronómicos, académicos, empresariales y turísticos que preceden largamente a los gobiernos actuales.

Del restablecimiento al nuevo nivel de relación

Por eso, el restablecimiento diplomático no debería ser visto simplemente como el acto administrativo que pone fin a una ruptura.

Puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa.

Una etapa que debería colocar sobre la mesa una agenda concreta:

más comercio; más inversión; más turismo; más cooperación tecnológica; más intercambio universitario; más cooperación contra el crimen organizado; más integración empresarial y mayor presencia de las MIPYMES peruanas en México.

También debería aprovecharse la pertenencia común a la Alianza del Pacífico para recuperar iniciativas de integración que quedaron debilitadas por las disputas políticas.

Y existe un dato que obliga a pensar en grande: si Mincetur identifica US$1.200 millones de potencial exportador peruano no aprovechado hacia México, la tarea no consiste simplemente en recomponer una relación diplomática. Consiste en convertir esa relación en resultados concretos para las empresas y trabajadores peruanos.

La verdadera prueba del pragmatismo

La política exterior se mide también por su capacidad para distinguir entre lo coyuntural y lo permanente.

Los gobiernos pasan.

Los congresos cambian.

Las mayorías políticas se modifican.

Las ideologías pueden ganar o perder elecciones.

Pero los intereses permanentes de un país permanecen.

México seguirá siendo México.

Perú seguirá necesitando mercados, inversiones, tecnología, cooperación y aliados para enfrentar problemas que no conocen fronteras.

El crimen organizado no pregunta por ideologías.

El comercio tampoco.

La inversión tampoco.

El turismo tampoco.

Y las oportunidades económicas tampoco.

Por eso, el restablecimiento de las relaciones entre Perú y México puede ser leído como una señal de que la política exterior vuelve a colocarse en un terreno donde el diálogo, el realismo y el interés nacional deben tener mayor peso que las disputas políticas circunstanciales.

La tarea ahora es más ambiciosa:

no solamente restablecer relaciones, sino elevarlas a un nuevo nivel.

Que Perú y México puedan discrepar cuando corresponda, pero también cooperar cuando sus intereses coincidan.

Que puedan defender sus respectivas soberanías sin cerrar las puertas al diálogo.

Que puedan mantener diferencias políticas sin convertirlas en barreras económicas.

Y, sobre todo, que la relación bilateral deje de ser rehén de las coyunturas políticas de cada país.

Porque una política exterior seria no consiste en tener amigos permanentes ni enemigos permanentes.

Consiste en tener intereses nacionales permanentes.

Y, en la relación con México, esos intereses parecen ser considerablemente más grandes que cualquier disputa política que haya podido separarnos.

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