México es un país hermano del Perú. Nos une una historia compartida, procesos sociales semejantes y una cercanía cultural que va mucho más allá de los vaivenes de la política. Entre los pueblos existe una empatía natural, difícil de romper incluso en los momentos más tensos.
Por eso, lo ocurrido en los últimos meses entre ambos Estados no puede ni debe leerse como un distanciamiento entre sociedades, sino como el resultado de liderazgos atrapados en un fantasma ideológico, incapaces de procesar las diferencias con madurez diplomática y sentido histórico.
El actual liderazgo peruano, cargado de una narrativa defensiva y reactiva, no supo manejar una crisis política compleja sin escalarla al terreno de la confrontación internacional. Del otro lado, el gobierno mexicano optó por una decisión que, más allá de su legalidad formal, ignoró deliberadamente el contexto institucional peruano, alimentando la percepción de injerencia.
Este choque no solo deterioró una relación bilateral histórica, sino que dio una oportunidad peligrosa: permitió que la derecha más conservadora —en el Perú y en la región— diera rienda suelta a sus pasiones más bajas, utilizando el conflicto como combustible político interno, profundizando la polarización y banalizando la política exterior.
Nunca debimos llegar a este punto.
Las diferencias entre Estados existen y existirán siempre. Pero las democracias maduras no rompen relaciones: las administran. Las encauzan mediante el diálogo, el derecho internacional y la prudencia, no mediante gestos simbólicos que terminan perjudicando a los pueblos que dicen representar.
La decisión de que Brasil asuma la representación diplomática de México en el Perú es, en términos formales, correcta y prevista por los protocolos internacionales. Pero en términos políticos es también un símbolo del fracaso: el fracaso de liderazgos que confundieron firmeza con rigidez, soberanía con estridencia, y principios con cálculo ideológico.
Los pueblos peruano y mexicano seguirán encontrándose en la cultura, en el comercio, en la migración y en la vida cotidiana. La historia lo demuestra. Ojalá que, más temprano que tarde, también los Estados recuperen la sensatez que nunca debieron perder.
