Perú y México comparten más que una geografía latinoamericana. Comparten historias milenarias, civilizaciones originarias complejas, una colonización traumática, mestizajes profundos y una relación casi espiritual con la comida. En ambos países, la gastronomía no es solo alimentación: es identidad, memoria, territorio y orgullo nacional.
Por eso, cuando un extranjero cuestiona un alimento popular, no está criticando un producto: está tocando un nervio colectivo.
Eso explica la reacción masiva en México frente a las declaraciones del panadero británico Richard Hart, quien descalificó el bolillo y afirmó que en México “no existe una cultura real del pan”. La respuesta no fue técnica ni académica; fue emocional, simbólica y callejera. Panes lanzados, protestas, redes incendiadas. El mensaje fue claro: con nuestra comida no.
En Perú, habría ocurrido exactamente lo mismo.
Gastronacionalismo: defensa legítima… pero incompleta
El concepto de gastronacionalismo, desarrollado por la socióloga Michaela DeSoucey, ayuda a entender este fenómeno: la comida se convierte en una frontera cultural frente a la globalización, la homogeneización y el desprecio externo. En México, como en Perú, la cocina es una fuente de autoestima nacional y también un motor económico ligado al turismo.
Pero aquí aparece una alerta necesaria, especialmente válida para el caso peruano.
Defender la gastronomía no puede reducirse a la reacción airada frente a la crítica extranjera. El orgullo, cuando no va acompañado de exigencia, inversión, ciencia y mejora constante, se vuelve frágil. El que se duerme en sus laureles —y esto vale para cualquier potencia culinaria— termina perdiendo lo que cree eterno.
Gentrificación, sobreturismo y cocina como trinchera
El estallido mexicano no se explica solo por el pan. Como señala el internacionalista José Ignacio Apoi, el trasfondo es la gentrificación, el desplazamiento de comunidades y la sensación de que ciertos extranjeros se benefician del país mientras lo desprecian.
La crítica gastronómica, en ese contexto, se vuelve el símbolo visible de una molestia más profunda. La comida actúa como trinchera identitaria.
Esto también interpela al Perú. El boom gastronómico limeño ha convivido —no siempre bien— con informalidad, desigualdad, precarización laboral y poca inversión en investigación alimentaria, nutrición, trazabilidad, innovación agrícola y estandarización de calidad.
El contraste: crítica arrogante vs. respeto cultural
El contraste con el caso de Dua Lipa es revelador. Su acercamiento a la comida mexicana fue percibido como respeto, curiosidad y difusión positiva. No opinó desde la superioridad técnica, sino desde la experiencia compartida. Fue abrazada como aliada.
La lección es clara: la actitud importa tanto como el contenido. Pero también deja una enseñanza para los países anfitriones: la validación externa no puede ser el único combustible del orgullo nacional.
La gran lección para el Perú
Perú y México se parecen en el amor visceral por su comida. Pero el verdadero desafío —sobre todo para el Perú— es no confundir reconocimiento pasado con garantía futura.
No basta con premios, rankings o fama internacional.
No basta con decir “tenemos la mejor gastronomía del mundo”.
Hace falta:
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Más investigación científica aplicada a insumos y técnicas.
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Más protección real al productor, no solo al chef mediático.
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Más formación técnica, nutricional y sanitaria.
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Más denominaciones de origen bien gestionadas, no solo declarativas.
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Más política pública seria, menos marketing vacío.
Porque el orgullo que no se cuida, se erosiona.
Y la identidad que no se trabaja, se convierte en caricatura.
México nos acaba de mostrar —con rabia, dignidad y contradicciones— lo que somos capaces de defender.
Ahora toca preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para merecer esa defensa mañana.
