Hoy el Perú asiste a una proliferación inédita de candidaturas presidenciales. Decenas de aspirantes anuncian su postulación, partidos sin arraigo reaparecen como franquicias electorales y el escenario político se fragmenta hasta el absurdo. A primera vista, algunos intentan presentar este fenómeno como una expresión de pluralidad democrática. Pero no lo es. No es casual, no es inocente y tampoco es espontáneo.
Antes de llegar a este punto, el país contaba con un marco legal que —con todas sus limitaciones— ordenaba la competencia política: las elecciones primarias. Ese mecanismo permitía decantar opciones, filtrar liderazgos, someter a los precandidatos a contraste interno y llegar a la contienda general con alternativas más claras, más representativas y más exigidas políticamente.
Ese sistema fue desmontado.
Abundancia no es democracia
La eliminación práctica de las primarias no respondió a un afán de apertura democrática, sino a un cálculo político maquiavélico. Se optó deliberadamente por promover la abundancia de candidaturas porque la dispersión beneficia a los más conocidos, no a los mejores.
En un escenario atomizado:
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El voto se fragmenta.
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Las opciones nuevas o técnicas se diluyen.
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Los rostros mediáticos, aunque sean malos o reciclados, avanzan por inercia.
Así, la primera vuelta deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en una carrera de supervivencia, donde no pasan los más preparados, sino los más visibles, los más financiados o los más escandalosos.
La segunda vuelta como objetivo real
El verdadero objetivo no es ganar en primera vuelta —algo casi imposible—, sino colarse a la segunda vuelta. Y para eso, una competencia con muchos candidatos es ideal: baja la valla, reduce el umbral de exigencia y permite que proyectos débiles, pero aceitados, sobrevivan.
Una competencia entre menos opciones, en cambio, sería mucho más dura:
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Obliga a debatir ideas.
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Desnuda trayectorias.
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Evidencia improvisaciones.
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Expone vacíos éticos y técnicos.
Eso es precisamente lo que muchos actores políticos quieren evitar.
Una elección que no será sana ni constructiva
Las elecciones que se avecinan en el Perú no están diseñadas para producir una buena decisión colectiva, sino para repetir un patrón conocido: que los “malos, pero conocidos” logren pasar a segunda vuelta, mientras opciones menos mediáticas —aunque potencialmente mejores— quedan relegadas por simple saturación del menú electoral.
No es que la ciudadanía no quiera algo distinto.
Es que el sistema está estructurado para impedir que lo distinto emerja con fuerza.
Y luego, como ya hemos visto, se le pedirá al país que “elija el mal menor”, una vez más.
Responsabilidades políticas claras
Esta situación no cayó del cielo. Tiene responsables:
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Un Congreso que legisló pensando en su conveniencia inmediata.
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Partidos que renunciaron a construir militancia real.
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Organismos electorales maniatados por normas mal diseñadas, como el Jurado Nacional de Elecciones y la ONPE, obligados a administrar el caos en lugar de ordenar la competencia.
Lo que viene
No nos encaminamos a una elección pedagógica, deliberativa ni regeneradora. Nos empujan, otra vez, a una segunda vuelta empobrecida, con alternativas que no representan lo mejor del país, sino lo que mejor supo sobrevivir en el desorden.
Y conviene decirlo con claridad:
cuando la política se diseña para que no gane el mejor, la derrota no es de los candidatos, sino de la República.
