La política peruana atraviesa un vacío de liderazgos con credibilidad democrática. En medio de ese escenario, figuras como Yonhy Lescano adquieren relevancia por su experiencia parlamentaria, su trayectoria de fiscalización y su actitud de respeto a las formas democráticas, algo cada vez más escaso en la política nacional.
Sin embargo, Lescano carga también con el lastre de haber pertenecido a Acción Popular, un partido que perdió el rumbo y se transformó en un archipiélago de intereses personales y familiares, sin coherencia ni norte ideológico. Su salida de esa trinchera es comprensible, pero ahora el reto es mayor: evitar repetir la historia en nuevos espacios políticos.
Al optar por postular bajo el paraguas de Cooperación Popular, Lescano mantiene su aspiración presidencial, pero a costa de evidenciar un problema de fondo: la falta de partidos sólidos en el Perú. Mientras su propio grupo “Verdad y Honradez” sigue en proceso de inscripción, debe recurrir a alianzas para participar. Eso refleja la precariedad del sistema y, a la vez, lo coloca ante una exigencia: demostrar que su apuesta no es solo coyuntural, sino un esfuerzo real por construir organización y no solo candidatura.
Hoy, lo que se le puede exigir a Lescano es coherencia y perseverancia. Que no se deje arrastrar por las lógicas de “franquicias” políticas, sino que contribuya a cimentar un partido serio, con filtros claros, democracia interna y capacidad de conectar con la ciudadanía. El país necesita representación decente, honesta y cercana, y Lescano aún puede ofrecerla, pero solo si convierte su capital político en una propuesta que trascienda su nombre.
La lección es clara: el Perú no aguanta más improvisaciones. Si Yonhy Lescano quiere ser opción real en el 2026, deberá demostrar que aprendió de los errores de Acción Popular y que no se prestará al juego de los caudillismos de alquiler.
