En Wall Street casi todos están convencidos de que el mercado está caro. La última encuesta de Bank of America revela que el 91% de los gestores de fondos cree que las acciones están sobrevaloradas. Sin embargo, en las mismas respuestas reconocen estar más optimistas que hace meses. El contraste resulta evidente. La sospecha de que hay una burbuja no ha reducido las apuestas, más bien las ha multiplicado.
Esa contradicción tiene nombre y apellido. Robert Shiller, Nobel de Economía, la describió como “exuberancia irracional” en el año 2000. El mecanismo es simple. Suben los precios, se encienden titulares, los inversores se contagian del entusiasmo y terminan justificando valoraciones que rechazarían en frío. Se genera un círculo que se retroalimenta con cada nuevo récord y que atrae a los rezagados.
La paradoja es que esa tensión psicológica no frena la burbuja, la acelera. En el pico de las puntocom en marzo de 2000 la mayoría de analistas advertía de la sobrevaloración, pero el Nasdaq subió todavía un 20% antes de desplomarse. En el mercado inmobiliario de 2007 sucedió algo similar. Las advertencias se acumulaban en informes académicos y portadas de prensa, pero la maquinaria crediticia siguió funcionando hasta que la evidencia fue imposible de ignorar.
El ejemplo más reciente lo ofrece C3.ai. La empresa de software ligada a la moda de la inteligencia artificial (IA) perdió un 26% en una sola sesión tras publicar resultados preliminares muy por debajo de lo esperado. En cuestión de horas, el entusiasmo se convirtió en pánico. Ese es el riesgo de los activos inflados por expectativas desmedidas.
Los indicadores de valoración refuerzan la sensación de vértigo. La ratio CAPE de Shiller, que ajusta el precio-beneficio de forma cíclica, está en máximos históricos. La relación precio-ventas del S&P 500 supera también los niveles de 1929 y del 2000. Incluso con beneficios récord, las acciones cotizan a precios que exigirían años de crecimiento extraordinario para estar justificados.
Parte de esta resistencia del mercado se explica por la abundancia de liquidez y un apetito por riesgo en niveles máximos. Como señala Juan Carlos Ureta, presidente ejecutivo de Renta 4: “los inversores celebran con entusiasmo cada dato económico mixto como si confirmara un escenario perfecto”. Ese comportamiento se relaciona con la llamada cripto expansión monetaria, que impulsa la velocidad de circulación del dinero a través de la tokenización de activos y con el bitcoin en 110.000 dólares.
Pese a las cifras, la mayoría de inversores confía en que podrá salir a tiempo. El discurso de “ya veremos cuándo me bajo” se ha convertido en una versión moderna de la teoría del tonto mayor, que asume que siempre habrá alguien dispuesto a pagar más. Sin embargo, la historia enseña que esa seguridad rara vez se cumple. En 2008, Lehman Brothers colapsó en cuestión de días tras perder la confianza del mercado. En 2020, la pandemia provocó caídas de dos dígitos en apenas tres sesiones.
La contradicción se repite en foros, conferencias y medios. Los gestores advierten de valoraciones extremas, pero los flujos de dinero muestran entradas constantes en fondos de renta variable. La Reserva Federal mantiene los tipos de interés en niveles altos, sin que eso haya frenado la avalancha de capital hacia las tecnológicas. Parte del impulso proviene de los beneficios reales, pero otra parte se explica por un sentimiento compartido: salir demasiado pronto significa renunciar a ganancias mientras otros siguen subiendo al tren.
El interés también se refleja en el comportamiento digital. Google Trends registra un repunte en las búsquedas de términos como “burbuja bursátil” en las últimas semanas. Lejos de disuadir, ese aumento de atención amplifica el fenómeno. Cada máximo histórico atrae nuevos titulares y cada titular arrastra a más participantes.
Otro factor que alimenta el rally es la aceptación del modelo económico de la administración Trump, diseñado por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y Stephen Miran. Su fórmula, basada en un dólar más débil y en nuevos aranceles, ha sido recibida con entusiasmo por los mercados, aunque sus efectos a medio plazo siguen siendo inciertos.
De momento, los datos son mixtos: el IPC de julio mostró estabilidad en la tasa general pero cierta aceleración en la subyacente, mientras que el índice de precios industriales registró su mayor subida mensual desde 2022. El dilema para los inversores es evidente. Quien se retira temprano corre el riesgo de perder plusvalías adicionales, mientras que permanecer demasiado tiempo expone a sufrir pérdidas súbitas.
Las burbujas, sin embargo, no requieren unanimidad para estallar. Basta con que un número relevante de participantes decida vender al mismo tiempo para que la liquidez se reduzca y los precios se ajusten de golpe. Los analistas recomiendan vigilar la evolución de los márgenes operativos y la relación entre deuda corporativa y beneficios, factores que pueden anticipar la capacidad real de sostener valoraciones tan exigentes.
Los analistas recomiendan vigilar la evolución de los márgenes operativos y la relación entre deuda corporativa y beneficios, factores que pueden anticipar la capacidad real de sostener valoraciones tan exigentes.
