Francia atraviesa una tormenta política, social y económica que desnuda las debilidades de la segunda mayor economía de Europa. Con un déficit fiscal del 5,8% del PBI y una deuda que ya supera el 113%, el país enfrenta un ajuste de cinturón que amenaza con fracturar aún más a su clase política.
El primer ministro François Bayrou se juega su permanencia en una moción de confianza este 8 de septiembre de 2025, en medio de un plan de ahorro de 44 mil millones de euros. La oposición, mayoritaria en el Parlamento, busca derribarlo, replicando la caída de Michel Barnier en 2024.
La economía muestra signos de resistencia –con un ligero crecimiento trimestral del 0,3% y el repunte industrial en agosto–, pero la inestabilidad política congela inversiones y mina la confianza. Organizaciones empresariales como Medef advierten que sectores claves como la construcción, la hostelería y la química ya están en crisis, y que nuevos impuestos podrían profundizar la recesión.
Aunque el BCE y expertos internacionales descartan un escenario “a la griega” o la intervención del FMI, los riesgos son claros: pérdida de la calificación crediticia, aumento de los costos de endeudamiento y una deuda pública que podría superar el 120% del PBI en 2027.
Francia no es Argentina ni Grecia, pero su parálisis política la acerca peligrosamente a un escenario de fragilidad prolongada. Hasta el fin del mandato de Macron en 2027, la prioridad será sobrevivir presupuestalmente, no reformar. Entre tanto, la “grandeur” francesa se desvanece en el laberinto de su propia crisis.
