El gobierno norteamericano, con Donald Trump a la cabeza, está siendo empujado por los sectores más extremistas del Partido Republicano hacia una nueva aventura intervencionista: Venezuela. Para ello han construido una narrativa frágil, poco seria, que ningún observador informado puede tomar con credibilidad.
La acusación central se sostiene en la existencia del llamado “cartel de los soles”, presentado como una organización narcotraficante que tendría en el poder político venezolano su cerebro y operador. El problema es que esta narrativa carece de sustento sólido: puede haber corrupción, malversación de fondos y redes de crimen dentro del régimen venezolano, pero afirmar que se trata de un cartel con capacidad de inundar Estados Unidos de drogas es un salto lógico insostenible.
La comparación con Irak
En el caso de Irak, la excusa de las armas de destrucción masiva —que luego se comprobó era una mentira— al menos tenía el mérito de sembrar duda y preocupación en la opinión pública. En cambio, en el caso venezolano, la acusación es tan débil que roza lo ridículo. Nadie con sensatez lo cree.
El país con los mejores servicios de inteligencia del mundo pretende convencer que toneladas de droga entran “como Pedro por su casa” a través de sus fronteras y aduanas, como si se tratara de un Estado sin controles. Si ello fuese cierto, la conclusión sería aún más grave: que la corrupción ha penetrado de manera masiva a las propias instituciones de seguridad de Estados Unidos.
Lo que realmente está en juego
En el fondo, lo que se busca no es combatir al narcotráfico ni salvar al pueblo venezolano de un régimen autoritario. Lo que está en juego es cambio de régimen: colocar en Caracas un gobierno más alineado a Washington, capaz de garantizar la apertura y control —directo o indirecto— de la principal riqueza de Venezuela: el petróleo.
La intervención, disfrazada de cruzada antidroga, no es más que la reedición de una vieja práctica imperial: cuando los intereses estratégicos lo demandan, se fabrica el relato. El problema es que cada vez es más burdo, y la credibilidad de Estados Unidos como “defensor de la democracia” queda nuevamente en entredicho.
