La cobertura de la banquisa, la gran capa helada que flota sobre el Ártico durante los meses fríos, cumple una función decisiva al regular los intercambios de calor y humedad entre el océano y la atmósfera. La pérdida de ese manto blanco altera los patrones climáticos y guarda relación directa con inviernos más rigurosos y nevadas intensas en el hemisferio norte. En este escenario, el hielo invernal del Ártico se reducirá en cerca de un millón de kilómetros cuadrados más de lo previsto con anterioridad.
Históricamente, la atención científica se concentró en el deshielo estival, postergando el análisis detallado de la temporada fría. Sin embargo, los modelos climáticos computacionales presentan sus mayores discrepancias durante marzo, cuando la superficie congelada alcanza su mayor expansión anual. Este vacío cobró notoriedad tras registrarse a comienzos de 2025 el pico invernal más bajo desde el inicio de las mediciones satelitales modernas, una marca mínima que volvió a repetirse en 2026.
Frente a estas limitaciones predictivas, una investigación científica liderada por la Universidad de Cambridge logró calibrar las proyecciones informáticas mediante el análisis de condiciones ambientales ocurridas hace 6.000 años.
Según el estudio publicado en la revista Nature Geoscience, el equipo descubrió que las simulaciones globales sobrestimaban la presencia de hielo polar. Al contrastar los cálculos con registros geológicos, los especialistas demostraron que la retracción helada será más pronunciada en las próximas décadas ante cualquier escenario de emisiones.
Para subsanar las fallas de cálculo, el grupo de especialistas compiló una base de datos sobre el biomarcador IP25, preservado en sedimentos marinos distribuidos en 46 puntos del lecho polar. Este rastro biológico corresponde a una sustancia orgánica producida por microalgas que habitan en la masa de hielo.
Su análisis conjunto con restos de organismos de aguas abiertas permitió reconstruir las condiciones del Holoceno medio, una época en la que sutiles variaciones en la órbita terrestre incrementaron la radiación solar durante el verano boreal en el Ártico, lo que generó un calentamiento similar al proyectado para el futuro por el cambio climático.
Los científicos cotejaron estas huellas geológicas con 27 simulaciones computacionales mediante una técnica denominada ponderación bayesiana. Este método estadístico calcula la precisión de cada modelo al reproducir el clima del pasado remoto y le asigna un peso proporcional a su exactitud, evitando redundancias entre herramientas similares.
Según detalló el artículo científico, este procedimiento permitió reducir la incertidumbre un 85%, eliminando el sesgo positivo que inflaba la superficie congelada en las estimaciones tradicionales.
“Cuando aplicamos las ponderaciones del modelo a las simulaciones históricas, eliminamos por completo el sesgo”, afirmó Crystal Fu, investigadora del Instituto de Investigación Polar Scott de la Universidad de Cambridge y autora principal del trabajo, según el comunicado de prensa institucional.
La especialista remarcó que esta corrección metodológica alinea las proyecciones futuras con un escenario de retracción mucho más severo que el contemplado hasta ahora. Asimismo, Fu explicó en la difusión oficial que el hielo responde al calentamiento con independencia de su origen: “No importa si el calentamiento responde a una variación natural o si es producto de la actividad humana: si la temperatura aumenta, el hielo marino se va a derretir”.
La reformulación de las proyecciones anticipa transformaciones espaciales críticas en la periferia oceánica septentrional. El análisis revela que el mar de Barents, junto a las cuencas de Groenlandia y Labrador, experimentará un retroceso de 5,5 grados de latitud hacia el norte.
“A partir del empleo de pruebas del pasado, ahora podemos elaborar mapas más fiables sobre los lugares donde es probable que desaparezca el hielo marino de invierno”, señaló Marco Aquino-López, investigador del Centro de Investigación en Matemáticas de México y coautor del estudio, según la nota de prensa universitaria. En valoraciones posteriores, el científico indicó que estas herramientas ofrecen mayor nitidez sobre la evolución ambiental venidera.
La intensificación del deshielo invernal desencadenará repercusiones meteorológicas directas sobre las latitudes medias del hemisferio norte. El debilitamiento del vórtice polar, aquel cinturón de vientos que retiene el aire ártico en las alturas y cuya distorsión facilita el escape de corrientes gélidas hacia el sur, incrementa la probabilidad de temporales en el Reino Unido y el resto de Europa.
De acuerdo con las proyecciones revisadas, las nevadas en el sureste de Groenlandia también habrían sido subestimadas por los modelos tradicionales, un fenómeno que incide de lleno en la estabilidad del manto glaciar frente al calentamiento y en la evolución del nivel del mar.
En esa misma línea, la aplicación de estas ponderaciones a las proyecciones climáticas indica que las precipitaciones en el Mediterráneo fueron subestimadas en los cálculos anteriores. La alteración en el desplazamiento de las tormentas ciclónicas provocada por el retroceso polar elevaría el riesgo de inundaciones en el sur del continente europeo.
Los autores concluyeron que las consecuencias derivadas del declive invernal demandan una atención equivalente a la otorgada al retroceso estival, aportando nuevos parámetros para evaluar la vulnerabilidad de las sociedades ante el avance del calentamiento global.
