Una planta capaz de crecer 10 metros de altura, resistir sequías, alimentar a una familia entera durante un año con solo 60 ejemplares y extenderse por gran parte del África subsahariana lleva siglos cultivándose en un rincón de Etiopía sin que el mundo lo advierta. Se llama enset, y los científicos que estudian sus propiedades señalan que su marginalidad global es tan desconcertante como su potencial.
A pesar de ser alimento básico para más de 20 millones de personas en el suroeste etíope, ocupa un lugar ínfimo en el mapa agrícola mundial, dominado por el trigo, el arroz y el maíz —los tres cultivos que proveen más de la mitad de las calorías globales—.
Investigadores del centro Royal Botanic Gardens, Kew, en el oeste de Londres, admitieron a CNN que ni siquiera conocían la planta cuando comenzaron a estudiarla en 2017, pese a que ese sitio alberga casi 17.000 especies vegetales.
La planta pertenece a la familia de las musáceas —la misma que la banana—, aunque su fruto es incomestible: está lleno de semillas duras y carece de pulpa aprovechable, lo que le valió el apodo de “falso plátano”.
Lo que sí se consume son su pseudotallo y su cormo, un tubérculo subterráneo carnoso. Ambos se pulverizan, fermentan en fosas durante entre tres meses y dos años, y dan lugar al kocho, un pan tradicional etíope, y a la bulla, un polvo blanco que se rehidrata para preparar albóndigas y gachas.
Sus atributos agronómicos son destacados. Es perenne —puede cultivarse más de dos años sin necesidad de replantarse—, tolera la sequía y las enfermedades, y ofrece alto rendimiento. Un estudio determinó que las áreas de cultivo actuales podrían ampliarse 12 veces para alimentar a hasta 111,5 millones de personas adicionales en el África subsahariana, región donde la inseguridad alimentaria crece pese al aumento de la producción agrícola global.
En abril de 2023, el falso plátano floreció por primera vez en el Invernadero Templado de Kew, una estructura de vidrio de 4.800 metros cuadrados, tras haber llegado al sitio como una plántula de apenas 30 centímetros cuatro años antes.
Una combinación de factores históricos, regulatorios y prácticos explica por qué la especie nunca cruzó las fronteras etíopes. El país regula de forma estricta la transferencia internacional de material vegetal para protegerse de la biopiratería.
Una disputa legal de alto perfil en 2019, relacionada con patentes neerlandesas sobre el teff —un grano nativo usado desde hace milenios para preparar injera, el pan plano característico del país—, tensó aún más la relación entre el Estado y la cesión de sus recursos botánicos.
Las variedades silvestres presentes en otros países africanos serían “bastante inútiles” para el consumo, frente a las domesticadas en Etiopía, según el equipo de Kew.
El Royal Botanic Gardens pudo importar dos ejemplares en 2019 gracias a cuatro décadas de vínculo con investigadores etíopes, una condición difícil de extender a terceros.
A eso se suma que la cosecha es físicamente extenuante —realizada en gran medida por mujeres— y que convertir el cultivo en alimento requiere conocimientos especializados desarrollados durante siglos. Las soluciones mecanizadas están en desarrollo en varias universidades etíopes, pero aún no se desplegaron a escala.
La paradoja es que, mientras el mundo desconoce la planta, dentro del propio país su cultivo retrocede. Un estudio de 2025 realizado por Kew y la Universidad Addis Abeba reveló que alrededor del 60% de más de 400 agricultores del suroeste entrevistados indicó que la superficie dedicada a la especie se redujo en las últimas décadas.
Muchos también registraron una baja pronunciada en el consumo doméstico, presionados por la urbanización y la globalización, que los empujan hacia variedades comerciales más rentables como el trigo, el maíz y la papa.
La dependencia de un conjunto reducido de cultivos vuelve a la agricultura más vulnerable ante plagas, enfermedades y variaciones climáticas. El falso plátano, por su amplio rango de tolerancia, está mejor posicionado que muchos cultivos mayores para enfrentar condiciones menos predecibles.
Con ese argumento, Kew lleva adelante proyectos que compensan a agricultores etíopes por mantener variedades en peligro, con el objetivo de preservar la diversidad genética de la especie.
