Medio Ambiente

El drama de los osos grizzly: una bióloga los monitoreó cinco años y descubrió por qué les cuesta sobrevivir

Ocho de cada diez osos grizzly o grises criados en cautiverio y liberados no logran sobrevivir hasta su primera hibernación.

Un seguimiento minucioso realizado por primera vez en Canadá arrojó que los programas de rehabilitación logran menos éxitos de los que se asumía y puso en evidencia las causas de este fenómeno.

La investigación identificó dos factores que limitaron la supervivencia: la habituación, es decir, la pérdida del miedo natural a los humanos, y una trampa metabólica, en la que un cuerpo demasiado grande resulta insostenible con los recursos alimenticios disponibles en libertad.

La investigación, liderada por Lana Ciarniello, de Aklak Wildlife Consulting, se publicó en la revista Frontiers in Conservation Science.

Cuando una cría de oso grizzly pierde a su madre, las opciones se reducen a unas pocas alternativas. En Columbia Británica, solo la Northern Lights Wildlife Society está autorizada en América del Norte para criar y devolver estos animales a la vida silvestre.

Hasta el momento, ningún programa había monitoreado con rigor el destino de los ejemplares liberados, ya que los collares de rastreo solían fallar y la ausencia de reportes de conflicto se interpretaba como éxito.

En 2019, el gobierno provincial consideró que los datos disponibles resultaban insuficientes para evaluar el programa, y así nació el Proyecto Rewild.

Su meta fue documentar el destino de cada oso liberado: supervivencia, muerte o desaparición del monitoreo. El estudio analizó variables como la edad de ingreso, el tiempo en cautiverio, el número de osos criados juntos y el peso al momento de la liberación.

La investigación puso a prueba la creencia de que mayor peso al liberar equivale a mayor probabilidad de supervivencia. Se comparó el desarrollo físico de los osos criados en cautiverio con osos silvestres de la misma edad en Columbia Británica y el noroeste de Estados Unidos.

A lo largo de cinco años (2019-2023), se admitieron 14 crías huérfanas; 13 fueron liberadas y 12 tuvieron un destino confirmado. Cada oso recibió collar GPS, marcas auriculares y chip subcutáneo.

Frente a los 36,1 kg de peso promedio de los osos silvestres, los criados en cautiverio alcanzaron 127,4 kg al momento de la liberación, es decir, 3,5 veces más.

Pese al mayor tamaño, el 83% de los osos con destino conocido murió, y el 75% no sobrevivió a su primera hibernación.

Los conflictos con humanos explicaron la mitad de los casos (cuatro osos fueron sacrificados por las autoridades tras ser clasificados como animales problema) y la depredación por otros osos representó el 30%. El resto correspondió a matanzas ilegales, detectadas por los dispositivos de rastreo.

El hallazgo más relevante en torno al peso fue que todos los osos liberados con más de 135 kg murieron en la primera etapa.

Los únicos sobrevivientes eran hermanos liberados con un peso por debajo de ese umbral y menos tiempo en cautiverio. Según la investigadora, superar ese umbral implica una trampa metabólica: un esqueleto grande exige recursos energéticos que un oso sin guía materna no consigue en primavera.

La investigadora concluyó que el fracaso responde a una cadena causal: la temporada de ingreso determina el tiempo en cautiverio y, en consecuencia, la exposición a humanos.

Los ejemplares ingresados en otoño, con mayor aprendizaje materno y menos días en cautiverio, sobrevivieron mejor que aquellos recibidos en primavera.

Como señaló Ciarniello, cuando los protocolos de cría se alejan de las condiciones naturales y facilitan la habituación, la rehabilitación se convierte en una forma de manejo compasivo antes que en una herramienta de conservación.

El estudio reconoció el tamaño reducido de la muestra (13 osos liberados), una limitación inherente a la disponibilidad biológica y logística, no a la metodología. La muestra representó la totalidad de crías elegibles en Columbia Británica durante el período analizado.

Para el futuro, la investigadora propuso protocolos de manejo sin contacto: recintos aislados acústicamente de otras especies y de la actividad humana, alimentación remota y metas de peso alineadas con las de un oso silvestre antes de la hibernación.

También recomendó una supervisión gubernamental más estricta, con estándares específicos para el oso grizzly, diferenciados de los del oso negro americano, una especie mucho más tolerante a la presencia humana cuyos protocolos de rehabilitación no deben extrapolarse al grizzly.

 

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