Medio Ambiente

Un estudio reconstruyó 10.000 años de incendios en la Amazonía: concluyó que casi nunca ocurren sin intervención humana

Los incendios en la Amazonía no son, en su mayoría, fenómenos naturales. Un estudio que reconstruyó 10.000 años de historia del fuego en la selva tropical más grande del mundo determinó que los incendios forestales de esa región casi nunca ocurren sin intervención humana.

Antes de la llegada de los primeros seres humanos al continente americano hace más 10.000 años, en el Pleistoceno tardío, el fuego era prácticamente inexistente en ese ecosistema. Las comunidades indígenas que habitaron la cuenca amazónica durante milenios fueron las responsables de introducir y extender el fuego en un ambiente que, desde el punto de vista evolutivo, nunca había estado expuesto a él.

La investigación, realizada por científicos del Instituto Tecnológico de Florida y la Universidad de Amsterdam, fue publicada en la revista científica Frontiers of Biogeography. Los investigadores analizaron 1.361 muestras de carbón vegetal y material arqueológico quemado (restos físicos que permiten datar con precisión cuándo hubo fuego en un lugar) provenientes de 303 puntos distintos de la cuenca amazónica.

Las reconstrucciones realizadas antes de la llegada humana al continente muestran que el fuego era extremadamente raro o directamente ausente en la Amazonía. Sitios como la Serra Sul dos Carajás, que es el sector más seco del este amazónico, carecían de evidencia de fuego hasta el inicio del Holoceno, hace unos 11.700 años tras el fin de la última glaciación, o lo contenían en cantidades mínimas. Lo mismo ocurrió en el Cerro de los Seis Lagos, donde el carbón vegetal hallado en sedimentos del período glacial fue significativamente menor al registrado en los últimos 10.000 años.

El caso más extremo proviene del núcleo de sedimentos de Campo Libre, en las laderas andinas orientales de Ecuador, a 2.700 metros sobre el nivel del mar: según el estudio, ese sitio no registró ningún incendio durante 30.000 años, hasta que la actividad humana comenzó hace aproximadamente 4.500 años. Para los autores, la llegada de una especie que usaba el fuego al paisaje amazónico, que era un ambiente que nunca había desarrollado adaptaciones evolutivas frente a las llamas, transformó de manera irreversible su configuración ecológica.

Las huellas físicas de esa transformación son variadas. El estudio menciona tres tipos de evidencia: fogones antiguos con restos de carbón y semillas quemadas; las llamadas Tierras Oscuras Amazónicas, que son suelos modificados por las comunidades indígenas mediante la incorporación de carbón y fragmentos de cerámica para mejorar su fertilidad; y montículos de tierra construidos por esas poblaciones que contienen grandes cantidades de carbón en su interior.

Para reconstruir la historia del fuego en la Amazonía, el equipo reunió 1.361 muestras de carbón vegetal y material arqueológico quemado de 303 sitios a lo largo de toda la cuenca. Cada muestra fue analizada mediante datación por radiocarbono, una técnica que mide el decaimiento de un isótopo del carbono presente en los restos orgánicos para determinar con precisión cuándo ocurrió un incendio.

De ese total, 32 muestras resultaron demasiado recientes para el análisis (posteriores a 1950) y quedaron fuera del estudio. El equipo envió 31 fragmentos de carbón recolectados en ocho sitios de tres regiones distintas a los laboratorios DirectAMS (Seattle) y Woods Hole NOSAMS (Boston) para su datación.

Con esas edades en mano, los investigadores calcularon con qué frecuencia hubo fuego en cada período y en cada zona de la cuenca, que dividieron en seis regiones geográficas: noroeste, suroeste, centro, este, sur y el Escudo Guayanés. Los análisis estadísticos permitieron identificar qué regiones se desviaban del patrón general y en qué momentos, lo que dio una imagen detallada de cómo el fuego se movió por la selva a lo largo de los milenios.

Los resultados del estudio muestran que el fuego en la Amazonía no se extendió de manera uniforme ni simultánea. Los primeros incendios humanos se concentraron en las áreas periféricas de la cuenca y a lo largo del canal principal del río Amazonas. Entre hace 6.000 y 4.000 años, el fuego y los sitios de ocupación humana se expandieron de forma acelerada en la mayoría de las regiones, en coincidencia con el inicio del cultivo de maíz en el noroeste y el suroeste amazónico.

La Amazonía central fue la última en incorporarse a ese proceso: permaneció como un refugio relativamente libre de fuego durante miles de años, hasta que la influencia humana llegó al corazón del bosque hace unos 2.000 años.

A partir de ese momento, la frecuencia del fuego alcanzó su pico máximo entre los años 700 y 1450 d.C.. Luego vino una caída en dos etapas. La primera ocurrió entre hace 600 y 700 años, varias décadas antes de que los europeos llegaran a la cuenca: los registros de sedimentos de lagos muestran un “auge del polen” en esa ventana temporal, señal de una reforestación masiva y un cambio profundo en el uso del territorio indígena. El estudio asocia este fenómeno a la hipótesis del “abandono temprano”, que postula que las poblaciones precolombinas redujeron o abandonaron el uso del fuego mucho antes del contacto europeo.

La segunda caída se produjo después de 1541 d.C., cuando la primera expedición europea descendió el río Amazonas. El llamado “Gran Morir” (la muerte estimada del 90 al 95% de la población indígena de las Américas como consecuencia de enfermedades, esclavitud y guerras) provocó que las igniciones desaparecieran junto con las comunidades que las producían, y el bosque entró en una segunda y más extensa fase de recuperación.

Las consecuencias ecológicas de esos 10.000 años de fuego humano persisten en los bosques actuales. La introducción regular del fuego en un ecosistema que no desarrolló adaptaciones evolutivas para sobrevivir a las llamas generó el reemplazo de unas especies de plantas por otras, comparable en magnitud a la de grandes eventos climáticos como la deglaciación, o a perturbaciones ecológicas como la extinción de la megafauna del Pleistoceno.

El impacto, aunque gradual, favoreció a las especies con mayor tolerancia al fuego, entre las que el estudio menciona a ciertas especies de palmeras, en detrimento de la vegetación más sensible. “La reestructuración de la pirogeografía amazónica durante los últimos 2.000 años probablemente jugó un papel importante en la configuración de los bosques modernos”, señala el equipo de investigadores en el artículo.

 

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