Opinión

Manuel Cotillo ¿Y si la inteligencia artificial enterrara a la derecha y a la izquierda?

Durante más de doscientos cincuenta años, desde que la Revolución Francesa dio origen a la división entre la derecha y la izquierda, la humanidad ha organizado prácticamente toda su vida política alrededor de esa confrontación. Gobiernos, revoluciones, guerras, partidos políticos, movimientos sociales, sistemas económicos e incluso la manera de interpretar la historia han estado condicionados por esa arquitectura ideológica.

Con el paso del tiempo aparecieron innumerables variantes: derecha liberal, derecha conservadora, derecha nacionalista; izquierda socialista, comunista, socialdemócrata, progresista. Cambiaron los nombres, evolucionaron las propuestas, pero el eje del debate siguió siendo el mismo.

Durante dos siglos y medio el mundo discutió quién debía tener el poder, quién debía controlar la economía, cuánto Estado era necesario y cuánta libertad debía concederse al mercado.

Pero quizá estemos viviendo el momento histórico en que ese debate comienza a perder sentido.

La irrupción de la inteligencia artificial representa un cambio civilizatorio de una magnitud comparable —o incluso superior— a la Revolución Industrial. No estamos simplemente frente a una nueva tecnología. Estamos frente a una inteligencia capaz de investigar, analizar millones de datos en segundos, descubrir patrones invisibles para el ser humano, diseñar medicamentos, optimizar ciudades, traducir idiomas, administrar sistemas productivos, asistir en diagnósticos médicos, resolver problemas científicos y acelerar el conocimiento a una velocidad nunca antes imaginada.

Por primera vez en la historia, la humanidad dispone de una herramienta capaz de ofrecer soluciones concretas a muchos de los problemas que durante siglos alimentaron las disputas ideológicas.

¿Cómo aumentar la producción de alimentos?

¿Cómo reducir la pobreza?

¿Cómo administrar mejor los recursos públicos?

¿Cómo prevenir epidemias?

¿Cómo disminuir la contaminación?

¿Cómo optimizar el transporte?

¿Cómo personalizar la educación?

¿Cómo mejorar la seguridad ciudadana?

En cada uno de esos campos, la inteligencia artificial comienza a ofrecer respuestas más eficaces que las discusiones políticas tradicionales.

Entonces aparece una pregunta inevitable.

Si las herramientas para resolver gran parte de nuestros problemas ya existen o están en proceso de desarrollo, ¿tiene sentido seguir atrapados en un debate político diseñado hace doscientos cincuenta años?

Quizá el gran conflicto del siglo XXI ya no sea entre derecha e izquierda.

Quizá el verdadero debate sea entre quienes desean utilizar la inteligencia artificial para resolver los grandes desafíos de la humanidad y quienes prefieren mantener las viejas estructuras políticas, económicas e ideológicas.

La nueva discusión podría ser completamente distinta.

No sería una confrontación entre capitalismo y socialismo.

Ni entre mercado y Estado.

Ni entre propiedad pública y propiedad privada.

El nuevo debate podría girar alrededor de preguntas mucho más profundas.

¿Qué decisiones deben seguir siendo exclusivamente humanas?

¿Cuánta autonomía podrán tener las máquinas?

¿Qué límites éticos deben imponerse a la inteligencia artificial?

¿Quién controlará los algoritmos?

¿Cómo evitar que una minoría concentre el poder tecnológico del planeta?

¿Cómo impedir que la inteligencia artificial se convierta en un instrumento de vigilancia o dominación?

¿Cómo garantizar que sus beneficios lleguen a toda la humanidad y no únicamente a las grandes corporaciones?

En otras palabras, el nuevo eje político podría dejar de ser ideológico para convertirse en tecnológico y ético.

Incluso podrían surgir nuevas corrientes de pensamiento.

Estarán quienes defiendan una implementación acelerada de la inteligencia artificial en todas las actividades humanas, convencidos de que cuanto más rápido avance la tecnología, mayores serán las oportunidades de bienestar.

Otros propondrán un proceso gradual, con controles democráticos y límites claramente definidos.

También existirán quienes desconfíen profundamente de entregar decisiones fundamentales a máquinas capaces de aprender por sí mismas y adviertan sobre los riesgos de dependencia tecnológica.

Y, por supuesto, estarán quienes consideren que la inteligencia artificial constituye un riesgo existencial para la propia especie humana, capaz incluso de poner en peligro nuestra supervivencia si su desarrollo escapa al control de las personas.

Paradójicamente, la tecnología más poderosa jamás creada puede convertirse en el mayor instrumento de liberación o en la mayor amenaza de nuestra historia.

La decisión sigue siendo humana.

Por eso, quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta.

En lugar de seguir preguntándonos si una propuesta pertenece a la derecha o a la izquierda, deberíamos preguntarnos si contribuye o no a construir una inteligencia artificial al servicio del ser humano.

Las prioridades también deberían cambiar.

Necesitamos invertir en infraestructura digital, computación de alto rendimiento, educación científica, investigación, desarrollo tecnológico, formación de talento, legislación moderna y cooperación internacional.

No para ganar una nueva carrera armamentista tecnológica, sino para garantizar que la inteligencia artificial se convierta en una herramienta destinada a erradicar la pobreza, combatir las enfermedades, proteger el medio ambiente, aumentar la productividad y ampliar las oportunidades para todos.

La política del futuro ya no debería consistir en administrar los conflictos heredados del siglo XIX.

Su misión será gobernar la mayor transformación tecnológica que haya conocido la civilización.

Quizá, dentro de algunas décadas, nuestros descendientes miren con sorpresa las viejas discusiones entre derecha e izquierda y se pregunten cómo la humanidad pudo dedicar tantos esfuerzos a enfrentarse entre sí cuando tenía frente a ella la posibilidad de resolver los problemas que la habían acompañado durante milenios.

La inteligencia artificial no eliminará los conflictos humanos. Pero puede cambiar profundamente su naturaleza. Tal vez el desafío ya no sea decidir quién tiene el poder, sino cómo utilizar el conocimiento para preservar nuestra libertad, nuestra dignidad y, en última instancia, nuestra propia supervivencia como especie.

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