Opinión

Perú: una historia de grandeza, un presente en disputa y un futuro por conquistar

Cada 28 de julio, el Perú se viste de rojo y blanco para celebrar su independencia, pero más allá del acto simbólico, esta fecha debería invitarnos a una reflexión profunda y sincera sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Perú no es simplemente un país. Es el territorio de una de las civilizaciones más admirables de la humanidad. Mucho antes del Tahuantinsuyo, florecieron culturas milenarias como Caral, Chavín, Paracas, Moche, Nazca, Wari y muchas más, que dominaron la ingeniería, la medicina, la astronomía, la agricultura y el arte, en contextos adversos, con creatividad y respeto por la naturaleza. Luego vino el Imperio Inca, una organización social y política sin parangón en América, que tejió un vasto sistema de caminos, redes de riego, almacenes, estructuras administrativas y religiosas, y un modelo económico comunitario que asombró a los cronistas europeos. Esa herencia no ha muerto: está viva en nuestras lenguas, en nuestros saberes, en nuestras comunidades, en nuestros rostros.

Durante la colonia, Perú volvió a ser un eje civilizacional. El Virreinato del Perú fue el centro del poder español en Sudamérica: capital cultural, económica y política de un inmenso territorio. Lima se convirtió en cuna de universidades, imprentas, arte barroco y mestizaje. Más allá de los abusos del sistema colonial, hubo también creatividad, resistencia, mestizaje y el surgimiento de una identidad que aún se forja.

Hoy, el Perú es dueño de una riqueza geográfica y natural que cualquier país desarrollado envidiaría: minerales, pesquerías, agua, biodiversidad, microclimas, energía solar, gas, petróleo, bosques, mar y una enorme reserva humana e intelectual dispersa por todo su territorio. Esta base sólida debería permitirnos construir un desarrollo sostenido, inclusivo y soberano.

Y aunque parezca contradictorio, en medio de la precariedad institucional, hay motores económicos que, al margen del Estado, han empezado a germinar con fuerza: la minería responsable, la agroindustria moderna, la pesca artesanal y de exportación, el turismo vivencial, las confecciones, la metalmecánica, la gastronomía, los desarrollos tecnológicos incipientes, los emprendimientos regionales. Todo esto crece con esfuerzo propio, en una dinámica interesante entre actores privados, técnicos y comunidades que creen en su trabajo. Si estos motores tuvieran una coordinación estratégica desde un Estado moderno, técnico y planificador, el salto sería enorme.

Lamentablemente, ese Estado aún está secuestrado. Nuestra clase política sigue siendo mediocre, cortoplacista y oportunista. La élite empresarial dominante, rentista y mercantilista, no apuesta por el desarrollo nacional sino por la ganancia fácil. No tenemos partidos políticos con visión, ni liderazgos con vocación de grandeza. Y la corrupción, como un virus resistente, ha invadido todos los espacios públicos y privados. A eso se suma una inestabilidad política crónica que, más que espontánea, parece promovida por intereses externos y locales que temen que el Perú despierte.

Pero el Perú profundo —ese que trabaja, que siembra, que cocina, que crea, que canta, que resiste— no ha muerto. En sus entrañas sigue viva la memoria de los pueblos originarios, el espíritu emprendedor del migrante, la creatividad del artesano, la mística del maestro y del científico, la fuerza de quienes no se rinden. Allí está la semilla de una nueva etapa de desarrollo, una nueva “época de oro” si sabemos reconectarnos con nuestras raíces y proyectarlas con inteligencia al futuro.

En este nuevo aniversario patrio, no celebremos solo una independencia declarada hace más de 200 años. Celebremos la posibilidad —y la responsabilidad— de iniciar la verdadera independencia: la de nuestro destino. Que el Perú no siga siendo solo un país de potenciales, sino una realidad vibrante, libre, justa, digna y soberana.

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