La visita del Papa León XIV a Perú en noviembre próximo es una oportunidad para mejorar como personas, como regiones y como país, a partir de la vida peruana del obispo y antes misionero Robert Prevost, en conjunción con las líneas centrales de su pontificado hasta este momento.
En efecto, son muchas las ciudades peruanas que guardan anécdotas del entonces obispo Robert Prevost. En Chiclayo, en Trujillo, en Jaén, en las comunidades campesinas de la sierra norte, se le recuerda como un pastor capaz de conocer por nombre a los barrios, a las familias, a los ancianos que pocos visitan. Fue un obispo de caminata, conversación y acogida. Quienes lo conocieron coinciden en que su sencillez antes que una estrategia pastoral, era su forma de estar en el mundo.
Una de esas anécdotas ocurrió en Huánuco en 2016, cuando Prevost llegó para la toma de posesión de monseñor Neri Menor Vargas como nuevo obispo de la diócesis. En ese contexto, el obispo Lino Palizza, que dejaba el cargo, lo invitó a la heladería artesanal Qasaj. Allí, el monseñor Palizza pidió helado de lúcuma con «Pericholi» — combinación de chirimoya y papaya silvestre de Tomayquichua—. Prevost pidió lo mismo: «si eso le gusta a Lino que es conocedor de helados, sirvamos lo mismo, nos adecuamos». Jaqueline Jara Villanueva, dueña de Qasaj, recordaría años después: «Desde Huánuco rezamos por él y esperamos ansiosos que su papado sea justo, empático y humano».
Esa humanidad es el eje de su pontificado, en continuidad con la de su antecesor, Francisco. Lo vemos en su encíclica Magnifica Humanitas, donde frente a los desafíos de la inteligencia artificial el Papa propone una regulación ética que desarme a dicha tecnología y asegure que la persona esté por encima de la inteligencia artificial. Lo vemos en sus reiteradas condenas al uso de la religión para justificar la violencia: bombardeos, guerras, atrocidades que manchan el nombre de Dios y que él ha denunciado con una valentía que le ha valido ataques hasta de Donald Trump y otros líderes globales. Lo vimos en los mensajes que ha dado en Turquía, Líbano, Mónaco, Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial, España y Francia, llevando siempre una palabra de aliento a las comunidades más necesitadas y un firme llamado contra la corrupción, del poder, el olvido de los más pobres y la promoción de la paz y la justicia. Su gira latinoamericana del 6 al 17 de noviembre de 2026 —con escalas en Uruguay, Argentina y Perú— es la continuación de un peregrinaje que busca sembrar conciencias, no cosechar aplausos.
Aunque la ruta oficial incluye Lima, Chiclayo, Cusco y Pucallpa, muchas otras ciudades donde Prevost dejó huella, ya están inscrita en la biografía afectiva del Papa. Como también lo está el contexto político de su país adoptivo: Las palabras del entonces obispo Robert Prevost sobre Alberto Fujimori resuenan aún con fuerza: «Alberto Fujimori pidió perdón en una forma genérica. (…) Tal vez sería mucho más eficaz pedir perdón más expresamente por algunas de las grandes injusticias que fueron cometidas y por las cuales fue juzgado y sentenciado. Hay que pedir perdón y reconocer por medio de un auténtico diálogo con la verdad que el dolor de muchas familias hasta ahora sigue muy fuerte». Hoy la hija del dictador asesino y ladrón tiene el poder presidencial. Y por ende, tiene la oportunidad de generar, desde el Estado, las condiciones para que la dignidad humana sea respetada en todo el territorio nacional. Su encuentro con León XIV podría llevarla a entender que el perdón genuino y las reformas profundas son el único camino para cerrar las heridas que su padre dejó abiertas.
Por nuestro lado, podemos aprovechar las semanas de preparación y la efervescencia de su visita, para apoyar sus esfuerzos en favor de que la paz prevalezca en el mundo, y en cada lugar donde estemos, respetemos a nuestro prójimo y compartamos el pan con él, siguiendo el mismo ejemplo de Jesús, el Galileo, como lo hace el Papa León XIV, mirando con compasión el rostro concreto del vecino, del migrante, del olvidado.
