Dicen los sabios que las civilizaciones no mueren,
solo duermen bajo la tierra como semillas,
esperando la estación propicia para renacer.
Hoy, en el rumor de los continentes,
se escucha el murmullo de gigantes que despiertan:
China convoca a sus emperadores y navega con ellos hacia las estrellas.
India, hija de los Vedas, danza con dioses antiguos en templos de silicio.
Persia abre otra vez las puertas de su jardín eterno.
Egipto habla con las piedras de sus pirámides.
México recuerda la voz de sus códices y guerreros.
Y yo me pregunto, hijo de los Andes:
¿por qué ha de callar el Tahuantinsuyo,
si en su tiempo cubrió medio continente con caminos,
si organizó montañas y valles como un inmenso tejido,
si habló con el sol y con la lluvia
como quien conversa con hermanos?
El imperio no murió de cansancio.
Fue interrumpido por el hierro extranjero,
por el fuego y la codicia.
Los quipus fueron desatados, pero no quemaron la memoria.
Los abuelos escondieron las palabras en la semilla,
y allí siguen, esperando.
Mas el retorno no será de piedras viejas ni coronas de oro.
El Inca que viene no lleva cetro, sino principios.
Volverá el ayllu como comunidad solidaria,
el ayni como pacto de reciprocidad,
la complementariedad como ley del cosmos.
El Qhapaq Ñan se alzará de nuevo,
no solo como camino de piedra,
sino como red que une pueblos y satélites,
como arteria que late en lo humano y lo digital.
El futuro será multipolar.
Ya no habrá un solo centro, sino muchos soles.
Y entre ellos, los Andes tienen derecho a brillar.
Porque el Inca no es pasado muerto:
es futuro interrumpido,
es llamado pendiente,
es voz que vuelve con fuerza de trueno y claridad de amanecer.
Yo, cronista de un tiempo que aún no existe,
digo que las montañas hablarán otra vez.
Y cuando lo hagan,
los hijos del sol reconocerán que nunca dejaron de ser,
solo esperaban el momento de levantarse.
