Nos acercamos a un nuevo aniversario de la guerra en Ucrania y la situación no solo no ha mejorado: es peor. El país sigue siendo devastado, miles de jóvenes mueren en ambos bandos y la destrucción avanza sin una salida visible. La guerra se ha convertido en una trampa mortal sin horizonte político, en la que las víctimas principales son los pueblos y no quienes toman las decisiones.
Para comprender este conflicto es imprescindible analizar su origen geopolítico. Ucrania no es únicamente un escenario de guerra: es una pieza en un tablero de ajedrez global. Las grandes potencias han utilizado a este país como un peón en una estrategia más amplia destinada a desgastar y debilitar a la Federación Rusa. Desde la caída de la URSS, Occidente ha avanzado en un cerco político, militar y estratégico que encendió las alarmas en Moscú.
Resulta revelador que incluso Boris Yeltsin, un dirigente claramente prooccidental, reaccionara —aunque de forma tímida— frente a ese proceso. Yeltsin permitió una penetración sin precedentes de Estados Unidos en estructuras sensibles del Estado ruso, incluso con presencia de la CIA en ámbitos militares, pero aun así percibió los riesgos de una expansión sin límites. Aquellas advertencias fueron ignoradas.
A esta dimensión externa se suma un factor interno decisivo: el cambio en la correlación de fuerzas políticas dentro de Ucrania. El ascenso de grupos ultranacionalistas y neonazis —como el batallón Azov y sectores inspirados en el banderismo— ha contribuido a una polarización extrema con Rusia. Estos grupos, hoy con fuerte influencia en la política ucraniana, han bloqueado desde el inicio cualquier salida negociada, apostando a una confrontación total, incluso al precio de sacrificar a su propia población.
No se trata solo de una guerra territorial, sino también ideológica. Para estos sectores, la guerra es un fin en sí mismo. No buscan una solución realista ni un compromiso viable, sino la derrota absoluta del adversario, sin medir consecuencias humanas ni materiales.
Desde una perspectiva racional, Europa debería desempeñar un papel distinto. Lo sensato sería impulsar un cambio político en Ucrania, promoviendo un liderazgo más dialogante, menos extremista, que apueste por la neutralidad del país y permita avanzar hacia un acuerdo de seguridad colectiva. Un pacto que contemple los intereses de Ucrania, de Europa y de Rusia, y que se base en reglas compartidas y comportamientos civilizados.
La alternativa es un conflicto permanente, con el riesgo constante de una escalada mayor, incluso de dimensiones continentales. Más aún cuando en Europa proliferan líderes abiertamente belicistas que ya hablan, sin pudor, de fechas para un posible enfrentamiento directo con Rusia. La política y la diplomacia han sido abandonadas, sustituidas por una narrativa de guerra presentada como inevitable y hasta deseable.
Occidente parece haber regresado a una mentalidad de cruzadas, a una lógica casi medieval, mientras Estados Unidos transforma su dominio tradicional —basado en la diplomacia y el poder blando— en una postura cada vez más grosera, prepotente y agresiva, propia de una cultura de intimidación.
Rusia, por su parte, dice apostar por un mundo multipolar y por nuevos equilibrios globales. Ojalá no recaiga en una mentalidad imperial, sino que avance hacia relaciones de respeto y cooperación con sus vecinos. Porque si se impone definitivamente la lógica de las “zonas de influencia” al estilo norteamericano, el resultado será catastrófico, especialmente para los países que viven junto a las grandes potencias.
Mientras tanto, el coste humano y económico es devastador. Ucrania destina más del 30 % de su PIB al esfuerzo militar. Un solo día de guerra cuesta cientos de millones de dólares. La reconstrucción del país requerirá cerca de 600.000 millones de dólares en la próxima década, una cifra que supera ampliamente su capacidad económica. Más del 14 % de las viviendas han sido dañadas o destruidas, millones de personas han sido desplazadas y la infraestructura energética está al borde del colapso.
La guerra ya no solo se libra en las trincheras, sino en los balances financieros internacionales. Sin ayuda externa, Ucrania no puede sostener el conflicto. Y sin una solución política, ninguna reconstrucción será suficiente.
Esta guerra es, ante todo, el fracaso de la política, de la diplomacia y de la razón. Persistir en el camino militar no traerá estabilidad ni justicia, solo más muerte y destrucción. Si no se recupera el diálogo, el mundo se encamina hacia un escenario de consecuencias incalculables.
