El Perú es una tierra bendecida. Allí donde miremos, hay recursos: minerales estratégicos, biodiversidad única, culturas originarias milenarias, una geografía plural con mar, costa, sierra y selva, paisajes de asombro, y una riqueza arqueológica de proporciones mundiales. Donde toquemos, hay potencial. Pero esa bendición no ha sido convertida en desarrollo sostenido. Seguimos siendo un país con riquezas, pero sin proyecto.
Durante décadas, la economía nacional ha sido sostenida por dos grandes pilares tradicionales: la minería y la pesca. Actividades que, pese a sus altos costos ambientales y sociales, han garantizado rentas importantes para el Estado. En las últimas décadas, han surgido nuevos motores económicos, como la agroexportación —especialmente la frutícola—, que ha revolucionado la productividad en la costa peruana. Otro fenómeno notable ha sido el surgimiento de la gastronomía como emblema de identidad y orgullo nacional, capaz de posicionar al país en el mundo.
Sin embargo, hay motores que no despegan, como el turismo. A pesar de nuestra riqueza cultural, natural y humana, esta actividad sigue siendo un “motorcito” apagado, cuando podría ser un generador inmenso de empleo, inclusión, divisas y descentralización.
¿Y qué otros motores podríamos encender?
El Perú no puede depender de uno o dos sectores. Debemos diversificar nuestra matriz productiva y pensar estratégicamente qué nuevas industrias pueden surgir a partir de los recursos que ya poseemos:
Confecciones e industria textil, aprovechando la tradición andina y fibras como el algodón pima y la alpaca.
Industria metalmecánica, basada en nuestros minerales y una demanda creciente en América Latina.
Producción de acero, tierras raras y metales estratégicos, esenciales para la transición energética global.
Industria maderera y sus derivados, con enfoque sostenible desde la Amazonía.
Industria del plástico, fertilizantes y derivados del gas natural.
Desarrollo de la ictiología, aprovechando ríos, lagos, lagunas y una de las costas más ricas del planeta.
Biotecnología, salud natural y farmacología basada en biodiversidad, con plantas como la maca, la uña de gato, el camu camu, entre muchas otras.
Todo esto no es una utopía, es una realidad posible. Contamos con lo más valioso: la materia prima. Lo que nos falta es visión, planificación, inversión en ciencia y tecnología, y políticas públicas audaces.
Un Estado miope y una élite sin proyecto
La raíz del problema no es técnica, sino política. El Estado peruano carece de visión de largo plazo. Las universidades siguen formando profesionales para una realidad que ya no existe, sin vinculación real con las necesidades productivas del país. La academia duerme; la política improvisa.
Y nuestras élites —políticas, económicas, académicas— no tienen grandeza ni visión nacional. Son en su mayoría mediocres, atrapadas en intereses patrimonialistas y de corto plazo. No existe una clase dirigente capaz de construir un horizonte común, de impulsar reformas estructurales, de apostar por la innovación, el conocimiento y la industrialización de nuestras riquezas.
Es tiempo de despertar
No hay otro camino: o despertamos colectivamente, o seguiremos siendo un país con recursos dormidos y oportunidades desperdiciadas. Necesitamos líderes nuevos, pensamiento estratégico, inversión en educación técnica y científica, políticas públicas inteligentes, articulación territorial y visión de futuro.
El Perú no está condenado al subdesarrollo. Está atrapado en la falta de decisiones valientes. Pero el potencial está allí, esperando. Y quienes lo vemos con claridad, tenemos la responsabilidad de decirlo. Alto y claro.
