En el Perú, las elecciones suelen ser una radiografía de nuestra precariedad institucional. Lo que pudo ser una oportunidad para ordenar la oferta electoral y darle al ciudadano una papeleta más clara y coherente, terminó, como tantas veces, en un laberinto de logos y candidatos.
El Jurado Nacional de Elecciones confirmó que solo tres alianzas lograron inscribirse oficialmente: Fuerza y Libertad, Unidad Nacional y Venceremos. Apenas tres acuerdos en medio de un universo de 36 partidos inscritos. En total, serán 39 agrupaciones las que competirán el 12 de abril de 2026.
Es decir, lo que pudo ser un proceso simplificado y menos confuso para la ciudadanía, será otra vez una contienda desordenada, donde la mayoría de partidos prefirió correr solos antes que sumar fuerzas según afinidades ideológicas o programáticas.
Fujimorismo: variantes de una misma apuesta
El caso más evidente de dispersión controlada es el del fujimorismo. En vez de presentarse como un bloque único, lo hará con varias variantes, confiado en que, con el apoyo de ciertos medios, al menos una de sus facciones logre colocarse a la cabeza de la competencia. En la práctica, las elecciones podrían terminar disputándose entre dos candidaturas de raíz fujimorista, un escenario que ya hemos visto antes.
La derecha en su laberinto
La derecha tradicional tampoco logró consolidarse. Sus múltiples expresiones competirán entre sí, pero sin mucho atractivo para un electorado que busca novedades. Quienes podrían captar más atención son los grupos de extrema derecha, los llamados fachosaurios, que, pese a sus posturas radicales y discursos incendiarios, se presentan como los abanderados de ese sector.
La izquierda fragmentada
En la izquierda, el panorama es similar. Aunque surgió la alianza Venceremos, el bloque progresista sigue marcado por la incapacidad de unirse en torno a un proyecto común. Eso abre la posibilidad de que destaque alguna candidatura provinciana, o un outsider sin vínculos con el establishment, que logre capitalizar el voto de la protesta y el descontento popular. La experiencia de Pedro Castillo pesa como un espejismo: muchos creen que todavía existe espacio para el “golpe de suerte” de un candidato sorpresa.
Ambición sin realismo
La gran lección no aprendida por la mayoría de partidos es que la ambición desmedida los desconecta de la realidad. Al priorizar egos, caudillismos y cálculos pequeños, pierden la oportunidad de construir bloques sólidos capaces de dar gobernabilidad. El resultado, como advierten varios analistas, será una cédula electoral kilométrica, que terminará confundiendo más que orientando a los ciudadanos.
Lo que se viene
Todo indica que, como en procesos anteriores, solo un puñado de candidatos logrará concentrar la atención y el voto. Los demás desaparecerán en el camino, confirmando que en el Perú muchos partidos existen únicamente como vehículos de coyuntura y no como proyectos políticos sostenibles.
En lugar de un tablero político más claro y competitivo, tendremos una disputa fragmentada donde las grandes fuerzas buscarán imponerse sobre el ruido. Y en medio de esa dispersión, el ciudadano volverá a enfrentarse a la pregunta de siempre: ¿a quién darle un voto que no se pierda en el vacío?
