Lamentablemente, la cultura política en el Perú sigue siendo baja. No es un fenómeno casual ni reciente, sino el resultado acumulado de una mala educación cívica, de un sistema educativo que ha relegado la formación ciudadana y de un ecosistema mediático que, en gran medida, ha optado por el entretenimiento de bajo nivel antes que por la información de calidad.
En ese contexto, el inicio de la franja electoral —que desde este 11 de febrero permitirá a los partidos difundir sus propuestas en radio, televisión y plataformas digitales— aparece como una oportunidad formal para fortalecer la democracia. Sin embargo, también corre el riesgo de convertirse en una vitrina más de manipulación, superficialidad y reciclaje político.
Buena parte de los medios masivos y de los conglomerados mediáticos no han contribuido a elevar el nivel del debate público. Por el contrario, han desarrollado una notable capacidad para manipular la opinión pública, distorsionar los hechos y vender apuestas políticas disfrazadas de información objetiva. El resultado es un electorado inducido a repetir los mismos errores elección tras elección.
La franja electoral, financiada por el Estado y concebida para garantizar igualdad de condiciones entre las organizaciones políticas, no escapa a este problema estructural. Treinta segundos de mensajes, en un escenario de alta fragmentación y con 36 candidatos presidenciales, difícilmente permitirán discutir propuestas de fondo. En muchos casos, veremos slogans vacíos, rostros “lavados”, promesas genéricas y narrativas diseñadas más para el impacto emocional que para la reflexión racional.
La experiencia demuestra que, con una adecuada estrategia de marketing político, actores responsables de crisis pasadas logran reinventarse ante la opinión pública. Se cambia el discurso, se suaviza la imagen y se ocultan antecedentes. Así, no resulta exagerado afirmar que, si esta lógica se impone nuevamente, una parte importante del mismo sector político que ha llevado al país a la inestabilidad podría volver a sentarse en el Parlamento Nacional.
El problema, entonces, no es la franja electoral en sí misma, sino el entorno en el que opera. Sin ciudadanía informada, sin medios responsables y sin una educación que fomente el pensamiento crítico, cualquier herramienta democrática puede ser vaciada de contenido y utilizada para fines opuestos a los que la justifican.
El Perú enfrenta desafíos enormes: inseguridad, desigualdad, debilidad institucional, servicios públicos colapsados y un profundo descrédito de la política. Nada de eso se resolverá con spots bien producidos ni con frases ensayadas frente a una cámara.
Si la franja electoral no va acompañada de un esfuerzo real por elevar el nivel del debate público, seguirá siendo solo una puesta en escena más. Y la democracia, una vez más, terminará pagando el precio de nuestra pobreza política.
