Hay momentos en los que la política revela su pobreza moral y su alarmante falta de memoria. Convertir la prisión política durante una dictadura militar en un motivo de sospecha no es solo un error: es una injusticia histórica y una torpeza política mayúscula.
Haber sido encarcelado cuando no había libertades, cuando los partidos estaban suspendidos, cuando no existían elecciones, cuando pensar distinto era motivo de persecución, no deshonra a nadie. Al contrario: enaltece.
Dictadura: cuando disentir era un delito
Durante el régimen militar de Juan Velasco Alvarado, el Perú no vivía en democracia. Vivía bajo un poder autoritario que:
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reprimía la disidencia,
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encarcelaba opositores,
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expropiaba medios de comunicación,
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cerraba revistas y diarios,
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perseguía dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles,
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y castigaba el pensamiento libre.
En ese contexto, haber ido a prisión no significaba haber cometido un crimen, sino haber tenido coraje. Coraje para oponerse cuando hacerlo no daba likes, ni cámaras, ni protección legal. Coraje cuando no había garantías, ni jueces independientes, ni derechos asegurados.
Prisión política como credencial democrática
Que Alfonso López-Chau haya estado detenido en ese periodo no debería ser tratado con silencios incómodos ni explicaciones defensivas. Debería ser dicho con la frente en alto.
Porque haber sido preso político significa:
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haber defendido la democracia cuando no existía,
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haber luchado por libertades que hoy muchos dan por sentadas,
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haber asumido riesgos personales por principios colectivos.
En cualquier país con memoria democrática, eso no se oculta.
Se reivindica.
El error imperdonable: no entender el símbolo
Aquí no falló la ley.
Falló el olfato político.
Los estrategas de Ahora Nación no entendieron —o no supieron explicar— algo elemental: la prisión política es una medalla moral, no una ignominia.
En lugar de decir con claridad:
“Sí, fue preso. Y lo fue por enfrentarse a una dictadura”,
optaron por respuestas tibias, técnicas, defensivas, dejando el terreno libre para que la mala fe y la política carroñera hicieran su trabajo.
Ese vacío narrativo permitió que el ataque prosperara.
Lo que debió decirse sin titubeos
Debió decirse fuerte y claro:
En el Perú, quienes fueron perseguidos por dictaduras no deben rendir cuentas.
Deben recibir respeto.
Periodistas, dirigentes sociales, intelectuales, estudiantes, políticos de todas las corrientes pasaron por cárceles, exilios y persecuciones. Eso no los descalifica. Los honra.
Confundir prisión política con antecedente penal es pensar como dictadura, no como democracia.
La verdadera vergüenza
La vergüenza no es haber estado preso sin juicio justo.
La vergüenza es usar ese pasado para difamar.
La vergüenza es carecer de memoria histórica.
La vergüenza es no saber distinguir entre delito y dignidad.
En una democracia madura, los políticos no esconden haber sido perseguidos por dictaduras.
Lo dicen con orgullo sereno.
Porque sin gente que se atrevió a disentir cuando disentir costaba la libertad, no habría democracia que hoy defender.
Haber sido preso en una dictadura militar no es una mancha.
Es una medalla democrática.
Y no entender eso no es solo un error político.
Es una señal alarmante de cuán poco hemos aprendido como país.
