Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, el régimen bolivariano ha sido blanco de un asedio constante por parte de Estados Unidos. No porque Venezuela haya roto las reglas democráticas —como insisten los medios internacionales—, sino porque su modelo político y su control soberano de los recursos no son del agrado de la superpotencia del norte.
Hoy, en un contexto marcado por la guerra en Ucrania y los conflictos en Medio Oriente, el tablero geopolítico muestra que ya no existe un solo centro de poder. Estados Unidos busca recuperar control en su “patio trasero” y para ello necesita debilitar al gobierno de Nicolás Maduro. Así surge la narrativa del “Cártel de los Soles”, una construcción que lo asocia con el narcotráfico internacional, aun cuando las propias fuentes reconocen que no hay pruebas concluyentes de su presencia en el Perú y que muchas de esas acusaciones se sustentan en hipótesis y “conexiones indirectas”.
La estrategia no es nueva: ya se aplicó en Irak con las “armas de destrucción masiva” que nunca existieron, en Libia con la excusa humanitaria, y en Afganistán con la “guerra contra el terrorismo”. En todos esos países, el resultado fue devastador: Estados destruidos, millones de muertos y pueblos condenados al caos permanente.
El riesgo es claro. Si la narrativa se impone, Venezuela podría convertirse en la próxima ficha de ese tablero, con el pretexto de “restaurar la democracia” o “combatir el narcotráfico”. Pero a diferencia de otros países intervenidos, Venezuela es una nación armada, con estructuras militares sólidas y un pueblo que ya ha resistido sanciones y bloqueos. Nada garantiza que una aventura intervencionista termine en una transición ordenada; lo más probable es un escenario de guerra prolongada e inestabilidad regional.
Los medios y especialistas que repiten sin cuestionar esta narrativa ayudan a legitimar la injerencia. Pero los pueblos latinoamericanos deberíamos tener claridad: lo que está en juego no es la lucha contra el narcotráfico, sino el principio de soberanía y autodeterminación.
Aceptar un nuevo hegemon mundial es aceptar que nuestras democracias y nuestros destinos serán decididos desde fuera.
