La monstruosa cédula que veremos en las Elecciones 2026 no es fruto del azar ni de una pluralidad democrática vibrante. Es la consecuencia directa de la contrarreforma política aprobada por el Congreso, que entre otras cosas suprimió las elecciones primarias. Lo reconocen incluso algunos de sus autores: fue un grave error.
Pero el asunto es aún más feo: este error no fue solo torpeza, fue en parte premeditación. Algunos políticos sabían perfectamente que abrir la compuerta a una avalancha de partidos y alianzas improvisadas terminaría embarrando el campo de juego electoral. Y eso, en un país sin cultura de partidos sólidos, favorece siempre a los mismos: a los más conocidos, los más mencionados en encuestas y en los grandes medios de comunicación.
Votar en río revuelto
La proliferación de siglas y logos condena al ciudadano a simplificar. En medio de una sábana interminable, pocos tendrán la paciencia de buscar a fondo. Por economía mental, muchos terminarán eligiendo al “más sonado”, aunque no lo compartan del todo. Ese es el río revuelto en el que los pescadores de siempre esperan ganar.
Una trampa sin salida inmediata
Hoy ya casi nada se puede hacer para corregir este error. La maquinaria electoral está en marcha y la reforma no llegará a tiempo. Nos queda la realidad cruda: una elección con más confusión que claridad.
Por eso, la responsabilidad recae ahora en la ciudadanía. Será indispensable concentrar el voto en opciones claras: la extrema derecha, la derecha, la extrema izquierda o la izquierda democrática. Solo así se podrá definir con mayor nitidez el panorama político.
De lo contrario, el resultado será un Congreso y un gobierno dominados por fuerzas vinculadas al delito, la corrupción y redes delincuenciales que han aprendido a disfrazarse de partidos políticos. Y eso, lamentablemente, sería el entierro definitivo de nuestra ya frágil democracia.
