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Ecuador: un Ministerio Publico y Justicia tomada, se convierten en instrumento de persecución política

La detención de Luisa González y la exclusión electoral de Revolución Ciudadana encienden las alarmas sobre la salud democrática de Ecuador. Las acusaciones deben investigarse, pero ninguna investigación debería convertirse en un instrumento para silenciar a la oposición.

Hay noticias que obligan a detenerse y mirar más allá de los hechos inmediatos. La detención de Luisa González, excandidata presidencial ecuatoriana y figura destacada del movimiento Revolución Ciudadana, es una de ellas. No se trata solamente de la situación judicial de una dirigente política. Lo que está en juego es la confianza de los ciudadanos en sus instituciones, el derecho de las fuerzas opositoras a participar en la vida democrática y la posibilidad de que el poder político termine imponiendo sus condiciones sobre la competencia electoral.

La información publicada por BBC News Mundo el 22 de octubre de 2026 señala que González fue detenida en el marco de una investigación por presuntas irregularidades en el financiamiento de su campaña presidencial de 2023. La Fiscalía ecuatoriana atribuye al denominado caso Caja Chica posibles delitos relacionados con el lavado de dinero y la delincuencia organizada. González, por su parte, ha rechazado las acusaciones y sostiene que su organización presentó la documentación correspondiente sobre los gastos de campaña.

Estamos, por tanto, ante acusaciones que deben ser investigadas y esclarecidas mediante un proceso judicial con garantías. Pero también ante una situación que merece una mirada política más amplia: la investigación ha coincidido con la suspensión de Revolución Ciudadana, que quedó impedida de presentar candidatos en las elecciones locales previstas para noviembre.

Esta coincidencia plantea una interrogante inevitable: ¿cómo garantizar que la lucha contra los delitos no termine restringiendo los derechos políticos de sectores importantes de la ciudadanía?

Cuando las decisiones judiciales tienen consecuencias políticas

En una democracia, nadie debe estar por encima de la ley. Ni los presidentes, ni sus adversarios, ni los partidos que cuentan con millones de simpatizantes. Las investigaciones sobre el financiamiento electoral deben desarrollarse con rigor, especialmente cuando existen sospechas sobre el ingreso de dinero de procedencia ilícita.

Sin embargo, el principio de legalidad exige algo más que investigar y acusar. También demanda pruebas, procedimientos transparentes, decisiones debidamente fundamentadas y respeto al derecho de defensa.

La gravedad de las consecuencias obliga a extremar las garantías. Cuando una investigación no solo afecta a una persona, sino que también puede impedir que una organización política participe en las elecciones, el debate deja de ser exclusivamente judicial y adquiere una dimensión democrática de primer orden.

La suspensión de un partido político tiene efectos que van mucho más allá de sus dirigentes. Afecta a sus militantes, a sus candidatos potenciales y, sobre todo, a los ciudadanos que desean votar por esa opción. Por ello, una medida de semejante alcance debe estar sometida a controles rigurosos y ser proporcional a los hechos que se pretenden sancionar.

No es necesario afirmar que existe una persecución política para reconocer que hay motivos suficientes para exigir explicaciones. Pero tampoco corresponde dar por demostrada una persecución sin contar con evidencias concluyentes. Lo que sí resulta indispensable es que las autoridades despejen las dudas mediante actuaciones transparentes y decisiones que puedan ser examinadas públicamente.

¿Y si la oposición se convierte en el objetivo?

El correísmo ha denunciado que las actuaciones contra Luisa González y Revolución Ciudadana forman parte de una estrategia para excluirlos de la competencia electoral. El Gobierno de Daniel Noboa y las autoridades judiciales deben responder a las interrogantes que plantea esta denuncia con hechos, fundamentos jurídicos y garantías verificables.

El problema de fondo no se limita a Ecuador. En distintas partes del mundo, las democracias enfrentan una tensión peligrosa: los instrumentos legales creados para proteger el orden institucional pueden perder legitimidad cuando la ciudadanía percibe que se aplican de manera selectiva o que sus consecuencias favorecen sistemáticamente a quienes gobiernan.

La democracia no consiste únicamente en organizar elecciones. También requiere que las distintas corrientes políticas puedan competir en condiciones razonables, que los ciudadanos dispongan de alternativas reales y que quienes ejercen el poder acepten la posibilidad de ser reemplazados.

Cuando una organización política queda fuera de una elección, es legítimo preguntar si la medida está debidamente justificada, si existen vías efectivas de impugnación y si las restricciones se encuentran dentro de los límites que impone el Estado de derecho.

Lo que no puede aceptarse como normal es que la exclusión de una fuerza política se convierta en un asunto secundario, como si los derechos de sus votantes tuvieran menos importancia que los de quienes respaldan al Gobierno.

Los intereses del poder y el papel de los actores internacionales

La historia latinoamericana está llena de episodios en los que las disputas políticas internas se han entrelazado con intereses económicos, estratégicos e internacionales. Por eso, los acontecimientos ecuatorianos deben observarse también dentro del contexto regional, sin atribuir responsabilidades a actores extranjeros cuando no existen pruebas que las acrediten.

Los gobiernos de las grandes potencias suelen mantener relaciones privilegiadas con determinadas administraciones y respaldar orientaciones políticas que consideran compatibles con sus intereses. Esa realidad hace necesario examinar con atención las relaciones diplomáticas y económicas, pero no autoriza a concluir que una detención concreta responde a órdenes externas sin evidencias que lo demuestren.

La pregunta relevante es otra: ¿existe una defensa coherente de los principios democráticos, independientemente de quién gobierne y de la orientación ideológica de los afectados?

Si se condena la persecución de un dirigente aliado, pero se guarda silencio cuando las restricciones afectan a un adversario, la defensa de la democracia pierde consistencia. Los derechos políticos no pueden depender de la simpatía que despierte una persona en Washington, Bruselas o cualquier otra capital.

Tampoco puede exigirse a los países latinoamericanos que acepten como legítima cualquier decisión de sus autoridades solo porque estas mantienen buenas relaciones con determinadas potencias. La soberanía democrática supone que cada país resuelva sus controversias con instituciones independientes, procedimientos transparentes y respeto a los derechos fundamentales.

La democracia debe ser defendida incluso cuando resulta incómoda

Uno de los grandes desafíos de América Latina es impedir que la polarización convierta al adversario en un enemigo al que se debe eliminar de la vida pública.

Quien gobierna tiene derecho a investigar posibles delitos y a exigir responsabilidades. Pero también tiene la obligación de demostrar que no utiliza los instrumentos del Estado para debilitar a quienes podrían disputarle el poder.

De igual manera, los dirigentes opositores deben responder ante la justicia cuando existan acusaciones sustentadas. La condición de opositor no otorga inmunidad frente a la ley, así como la condición de gobernante tampoco concede impunidad.

La diferencia entre una democracia sólida y un sistema que se deteriora está en la existencia de garantías efectivas, instituciones capaces de actuar sin subordinación política y mecanismos que permitan corregir decisiones arbitrarias.

Por eso, el caso de Luisa González merece seguimiento. Es necesario conocer los fundamentos de su detención, el desarrollo de la investigación, las pruebas presentadas y las vías de defensa disponibles. También es indispensable esclarecer los fundamentos y el alcance de la suspensión de Revolución Ciudadana, así como las posibilidades de revisión judicial de esa medida.

La transparencia no debilita a las instituciones. Por el contrario, es la mejor manera de fortalecer su legitimidad.

Nuestra solidaridad con Luisa González y con el pueblo ecuatoriano

En Mudo Social, pocas veces expresamos solidaridad política con dirigentes concretos. Sin embargo, consideramos necesario hacerlo cuando están en juego principios que trascienden las diferencias partidarias.

Nuestra solidaridad con Luisa González no significa declarar su inocencia judicial ni desconocer la obligación de investigar las presuntas irregularidades que se le atribuyen. Significa defender su derecho a un proceso justo, a ejercer su defensa y a no ser privada de sus derechos políticos fuera de los procedimientos y garantías establecidos por la ley.

También significa expresar nuestra preocupación por los efectos que la suspensión de Revolución Ciudadana puede tener sobre la representación política de una parte de la sociedad ecuatoriana.

Nos preocupa que la confrontación entre el Gobierno y sus adversarios termine profundizando la desconfianza ciudadana y debilitando los espacios de participación democrática. Nos preocupa, asimismo, que la exclusión de organizaciones políticas se convierta en una respuesta recurrente a los conflictos entre quienes ejercen el poder y quienes aspiran a reemplazarlos.

Ecuador merece algo mejor que una democracia reducida a la confrontación permanente. Merece instituciones confiables, justicia independiente, seguridad para sus ciudadanos y elecciones en las que las diferencias se resuelvan mediante el voto y no mediante la eliminación de alternativas políticas.

La ciudadanía ecuatoriana tiene derecho a conocer la verdad, a exigir responsabilidades cuando correspondan y a decidir libremente quiénes deben representarla.

La justicia debe investigar los delitos, no fabricar culpables. Y la democracia debe garantizar que la ley se aplique a todos, sin privilegios ni persecuciones.

Esa es la razón de nuestra solidaridad. No se trata de defender a una persona por encima de las instituciones, sino de defender instituciones que estén por encima de los intereses particulares de cualquier persona o grupo de poder.

Lo que sucede en Ecuador debe servir como advertencia para toda América Latina. Cuando los derechos políticos se debilitan, cuando la confianza en la justicia se deteriora y cuando la oposición pierde espacios legítimos de participación, toda la sociedad termina pagando las consecuencias.

Defender la democracia exige hacerlo también cuando resulta incómodo para quienes gobiernan.

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