Ya no hace falta estudiar viejos manuales, ni buscar documentos desclasificados, ni debatir definiciones académicas para explicar qué es el imperialismo. Ahora basta con observar los hechos. El mundo ha entrado en una fase en la que el poder hegemónico impone reglas, procesos y tiempos, y no existe —al menos por ahora— una fuerza real que se le oponga.
Estados Unidos ha dejado de disimular. Actúa, declara y ejecuta como centro indiscutido del poder global, y los demás actores —incluidas grandes potencias— se mueven dentro del escenario que Washington les ha concedido.
Rusia y China: poder regional, permiso imperial
La reacción contenida de Rusia frente a la incautación de buques, sanciones extraterritoriales y persecuciones en aguas internacionales no es casual. Todo indica que Moscú acepta un reparto tácito del mundo: puede avanzar en sus objetivos estratégicos en Ucrania, siempre que no altere el núcleo del sistema económico global dominado por EE.UU.
Lo mismo ocurre con China. Potencia económica, sí; potencia militar, también. Pero con una línea roja clara: no interferir con la arquitectura financiera, comercial y monetaria que sostiene la hegemonía estadounidense. Mientras eso se respete, no habrá confrontación directa.
El mensaje es brutalmente simple:
pueden disputar territorios, no el sistema.
Venezuela: el ejemplo que disciplina
Es en Venezuela donde este nuevo orden se muestra con mayor crudeza. No como excepción, sino como ejemplo pedagógico para el resto del mundo.
El plan presentado ante el Congreso estadounidense por el secretario de Estado Marco Rubio no deja margen a la interpretación. No se trata de acompañar a los venezolanos, sino de dirigir el proceso completo:
-
Estabilización:
EE.UU. impone una “cuarentena”, incauta entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano, los vende en el mercado internacional y administra directamente los ingresos, decidiendo cómo y para qué se usan. -
Recuperación:
Reintegración de Venezuela al mercado global bajo una condición explícita: acceso preferente para empresas estadounidenses y occidentales, con un marco político diseñado desde fuera. -
Transición:
Rediseño del sistema político interno, con reconciliación, amnistías y reconstrucción institucional según los parámetros del hegemon.
Todo esto fue ratificado por el propio presidente Donald Trump, quien afirmó sin rodeos que será EE.UU. quien “gobierne” Venezuela hasta que se complete una transición “segura y juiciosa”.
Gobernar otro país.
Decidir su petróleo.
Administrar sus ingresos.
Definir su sistema político.
Sin guerra formal. Sin ONU. Sin mediación multilateral.
¿Quién manda el mundo?
La pregunta ya no es retórica. En la práctica, EE.UU.:
-
define qué es legal y qué no,
-
decide quién viola normas,
-
ejecuta sanciones, incautaciones y procesos políticos,
-
y establece planes de “cambio” por fases, como si se tratara de un manual de gestión empresarial.
No hay división de poderes a nivel global.
No hay juez independiente.
No hay fiscal imparcial.
Hay concentración absoluta del poder, lo que en cualquier Estado se llamaría dictadura. A escala planetaria, se le llama “liderazgo”.
El nuevo orden ya está aquí
Pensamos que no viviríamos algo así. Que el imperialismo era un concepto histórico, una categoría de análisis. Hoy es una práctica visible, explícita y documentada, relatada incluso por medios como BBC News Mundo sin necesidad de adjetivos.
Venezuela no es solo Venezuela.
Es el mensaje.
Es la advertencia.
Es el laboratorio.
El mundo ha sido notificado:
habrá orden, pero no será negociado. Será impuesto.
Y cuando el imperio pone las reglas y nadie puede oponerse, lo que queda no es un sistema internacional, sino una jerarquía global donde obedecer es la única opción permitida.
