Tecnología

Antes en las reuniones del G7 los focos eran para los líderes mundiales. Ahora los protagonistas son Amodei, Altman y Hassabis

 

Esta semana se ha celebrado la edición número 52 de la cumbre del G7, donde los representantes de las siete mayores potencias económicas y políticas del mundo debatieron asuntos tradicionales como la situación en Ucrania, el conflicto en Oriente Medio o el acceso a tierras raras, tal como se esperaba. Sin embargo, lo que resultó sorprendente fue que los verdaderos protagonistas del encuentro no fueron únicamente los jefes de Estado, sino los directivos de empresas líderes en inteligencia artificial como Anthropic, OpenAI, Google o Mistral, que participaron en lo que se ha convertido en el gran debate estratégico de nuestro tiempo: el futuro, el control y el uso de esta tecnología. Jessica Brandt, experta del Consejo de Relaciones Extranjeras, definió este cambio con una frase contundente: “Estamos viendo un cambio en quién consigue un asiento en la mesa, y una señal clara de dónde se asienta el poder hoy en día”. Su presencia confirma que los gobiernos necesitan contar con estas compañías como aliadas, tal como demuestran hechos recientes como las negociaciones entre Anthropic y el Pentágono o la restricción impuesta a su modelo Claude Fable 5, situaciones que han dejado patente que la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta de alcance estratégico equiparable a un activo militar, del que ningún país quiere prescindir. Por ello, figuras como Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI; Dario Amodei, máximo responsable de Anthropic; Demis Hassabis, al frente de Google DeepMind; Arthur Mensch, de la startup francesa Mistral, o Alexandr Wang, encargado de inteligencia artificial en Meta, fueron invitados de excepción y recibieron una atención especial: el primer ministro de la India, Narendra Modi, se reunió con Mensch; el presidente francés, Emmanuel Macron, mantuvo conversaciones con Amodei; y Hassabis, Altman y Amodei participaron en una comida de trabajo a la que también asistieron líderes como Donald Trump y el propio Macron.

 

Esta nueva dinámica revela una realidad cada vez más evidente: aunque los países del G7 acuerdan normas y estrategias geopolíticas, dependen por completo de la infraestructura, el hardware y el software desarrollados por empresas privadas, por lo que mantener una relación fluida con ellas es ahora una prioridad. No obstante, el equilibrio de poder sigue siendo delicado, como se ha visto con la decisión de Estados Unidos de restringir el acceso a Claude Fable 5, lo que plantea una pregunta clave: ¿hasta qué punto pueden los gobiernos controlar o apropiarse de la tecnología que desarrollan estas compañías? La preocupación ha crecido aún más con la aparición de modelos avanzados como Claude Mythos Preview, Mythos 5 o GPT‑5.5 Cyber, diseñados para tareas de ciberseguridad y defensa, algo que ha generado inquietud incluso entre aliados: Europa, por ejemplo, ya se ha quejado de haber quedado excluida cuando Anthropic permitió el uso de su modelo más potente solo a empresas seleccionadas. Según Emerson Brooking, analista del Atlantic Council, las nuevas normas de control de exportaciones impuestas por Washington “han cambiado por completo el panorama”, y advierte que, aunque varios países del G7 han hablado de desarrollar sus propias capacidades soberanas en inteligencia artificial, siempre se daba por hecho que contarían con el acceso a la tecnología estadounidense; ahora Estados Unidos ha dejado claro que está dispuesto a cortar ese acceso incluso a sus socios más cercanos. De este modo, los modelos de IA avanzados se sitúan como un recurso estratégico sin precedentes, en una situación que recuerda al desarrollo de la energía nuclear: solo unos pocos actores tienen la capacidad real de crear y gestionar las versiones más potentes. A diferencia de las armas nucleares, la inteligencia artificial es más difícil de controlar porque sus códigos, especialmente en modelos abiertos, pueden difundirse y adaptarse, pero existe un factor determinante: los grandes centros de datos donde se ejecutan funcionan mayoritariamente bajo el control de empresas de Estados Unidos y China. Si la energía nuclear sirvió para establecer una disuasión mutua, la inteligencia artificial podría generar una brecha tecnológica enorme entre quienes tienen el control total de esta herramienta y quienes solo pueden acceder a ella de forma limitada o condicionada.

 

 

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