El debate sobre el uso de la inteligencia artificial en el cine divide al sector entre quienes la rechazan por principio y quienes la integran con cautela. Una de las voces más destacadas es la de Ben Affleck, quien ha incorporado IA en su nueva película para Netflix, ‘Animals’, aunque bajo unas condiciones muy concretas. El actor y director explica que la ha utilizado como una herramienta de postproducción más, sin sustituir el trabajo de los creadores y sin revelar exactamente en qué partes aparece, porque su criterio es sencillo: si el espectador percibe dónde está la IA, es que se ha hecho mal, igual que ocurre con un efecto visual deficiente.
Affleck ha sido claro al marcar sus límites: no usaría sistemas entrenados con obras protegidas sin autorización. Para evitarlo, creó su propia empresa, InterPositive, que desarrolla herramientas de IA entrenadas con material propio y de código abierto, respetando los derechos de autor. La compañía fue adquirida por Netflix en marzo de este año por unos 600 millones de dólares. Aun así, su postura no está exenta de polémica: aunque afirma que nunca usaría la IA para escribir guiones ni reemplazar a profesionales, la propia plataforma ha publicado ofertas para especialistas en IA justo en medio de las huelgas de guionistas y actores del sector. Su reflexión más sensata quizá sea restarle dramatismo a la tecnología: opina que dentro de unos años nos reiremos de la expectación que genera hoy en día, igual que vemos películas antiguas y nos parecen exageradas ciertas preocupaciones que en su momento se tenían.
Mientras tanto, el entusiasmo por la IA llega a extremos llamativos. El nuevo director general de la BBC llegó a afirmar tras ver un episodio generado con IA que cualquiera podría crear contenido al nivel de un estudio de Hollywood. La realidad suele ser menos espectacular: en este caso se trataba de un vídeo de fans de ‘Doctor Who’ lleno de imperfecciones y planos muy breves, creado seguramente con modelos entrenados en material ajeno sin autorización. La IA avanza rápido, pero como señala Affleck, sigue siendo una herramienta. Lo que decide si una película conmueve o no al público no es el algoritmo, sino quién lo usa y con qué criterio. Eso, por ahora, todavía no se puede automatizar.
