Estados Unidos no está dispuesto a ceder terreno en la carrera por dominar la computación cuántica frente a China, considerando esta tecnología tan estratégica como los semiconductores o la inteligencia artificial, e incluso con un potencial de impacto aún mayor si en el futuro logran desarrollarse máquinas capaces de corregir sus propios errores de funcionamiento. La comunidad científica coincide en que los sistemas de cifrado tradicionales serán vulnerables mucho antes de que existan ordenadores cuánticos de gran escala plenamente operativos; de hecho, el equipo de investigación de computación cuántica de Google advierte que un equipo con menos de medio millón de cúbits físicos podría descifrar en cuestión de minutos los algoritmos que protegen actualmente a las criptomonedas y a gran parte de las comunicaciones digitales, lo que pone en riesgo la seguridad de información sensible de todo tipo. En este contexto de gran apuesta tecnológica y de seguridad nacional, el presidente Donald Trump ha firmado recientemente dos decretos ejecutivos que elevan la computación cuántica a la categoría de prioridad máxima para el Estado: el primero establece como meta el desarrollo y puesta en marcha del primer ordenador cuántico con potencia suficiente para impulsar investigaciones científicas complejas antes del año 2028, mientras que el segundo obliga a todos los sistemas civiles del Gobierno federal a adaptarse a nuevos sistemas de protección de datos conocidos como criptografía postcuántica antes de 2031, adelantando en cuatro años el plazo que había fijado la administración anterior. Las autoridades estadounidenses confían plenamente en que ese salto tecnológico se producirá en esa fecha límite y marcará el inicio de una nueva etapa con aplicaciones comerciales, científicas y estratégicas nunca antes vistas, por lo que han puesto en marcha una coordinación conjunta entre los departamentos de Energía, Defensa y Comercio, la NASA y las agencias de inteligencia, con el objetivo claro de mantener el liderazgo mundial frente a su principal competidor. Además, el decreto incluye un mandato para que el Pentágono despliegue sensores cuánticos antes de 2028, dispositivos con usos militares muy avanzados que permiten guiar aeronaves en zonas donde las señales de navegación convencionales como el GPS están bloqueadas, o instalarse en satélites para detectar construcciones subterráneas como túneles o silos de misiles.
El segundo de los decretos aprobados se considera incluso más urgente, ya que busca proteger de forma preventiva todos los sistemas gubernamentales, financieros y de infraestructura crítica ante la amenaza que supondrá la llegada de equipos cuánticos capaces de romper los códigos de seguridad actuales. Al fijar el año 2031 como fecha límite para la migración total a algoritmos de cifrado postcuántico reconocidos y validados por el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos, se reduce considerablemente el margen de tiempo previsto anteriormente, y se establece que cualquier agencia que no logre cumplir este plazo deberá presentar un informe detallado ante la Oficina de Presupuestos de la Casa Blanca explicando los motivos y las medidas que tomará para ponerse al día. En este punto, el desafío ya no es técnico, ya que los estándares de seguridad postcuántica ya están definidos y aprobados; ahora la carrera se centra en la gestión administrativa y la implementación práctica, para garantizar que todos los sistemas estén actualizados antes de que exista la posibilidad real de que alguien aproveche la vulnerabilidad que, según los expertos, es un cambio inevitable en el futuro de la tecnología.
