Estamos atravesando una intensa ola de calor y en muchísimos hogares los aparatos de aire acondicionado funcionan sin descanso para mantener una temperatura adecuada; aunque su uso repercute directamente en el aumento del consumo eléctrico y de la factura correspondiente, estos equipos generan también un recurso valioso que la mayoría de las personas desecha sin pensarlo: agua. La cantidad que se obtiene varía según el modelo del aparato, el tamaño de la estancia o la humedad ambiente, pero se calcula que puede situarse entre uno y dos litros por hora de funcionamiento, lo que suma un volumen considerable si tenemos en cuenta las horas que permanecen encendidos durante estos días; a modo de ejemplo, basta con colocar un recipiente de cinco litros bajo la salida de desagüe para comprobar cómo se llena en pocas horas, lo que supone decenas de litros que se pierden cada semana en una sola vivienda. Esta agua se genera por el proceso de condensación del aire que atraviesa el sistema, por lo que en su origen es agua pura, desmineralizada y exenta de sales, con características muy parecidas a las del agua destilada, una propiedad que la hace muy adecuada para determinadas aplicaciones domésticas, aunque no sirva para todo lo que podríamos imaginar.
Al no contener minerales ni restos de cal, resulta ideal para tareas de limpieza: si se utiliza para lavar cristales, espejos o cualquier superficie brillante, se evitan por completo esas rayas o manchas blancas que suelen quedar al secarse el agua corriente. También es muy útil a la hora de planchar, ya que al verterla en el depósito de la plancha de vapor no deja ningún residuo sólido que pueda obstruir los orificios ni manchar las prendas, permitiendo incluso ahorrar dinero al no tener que comprar agua destilada específicamente para este fin. Otra alternativa muy práctica es reservarla para el mantenimiento del vehículo, sirviendo tanto para rellenar el depósito del líquido limpiaparabrisas como para realizar el enjuague final tras lavar el coche a mano, consiguiendo que la carrocería quede brillante sin las típicas marcas de las gotas al secarse al sol.
Sin embargo, esas mismas características —la ausencia total de minerales y nutrientes—, sumadas al hecho de que el líquido recorre filtros y conductos donde pueden acumularse polvo, suciedad o bacterias, implican que hay usos que debemos descartar por completo. No se recomienda utilizarla como única fuente de riego para las plantas, ya que estas necesitan elementos que este agua no posee para desarrollarse, aunque se podría mezclar con abonos o fertilizantes si se quiere aprovecharla; queda totalmente descartada para el consumo humano o de animales domésticos, así como para cocinar, pues aunque su apariencia es limpia, no cumple con las condiciones sanitarias necesarias para entrar en contacto con alimentos o ser ingerida, ni siquiera tras hervirla.
Lo que a escala particular son unos cuantos recipientes llenos, se convierte en un recurso estratégico cuando se aplica a grandes instalaciones, hasta el punto de reducir de forma muy notable el consumo de agua potable de una ciudad. La Universidad de Rice, en Houston, puso en marcha hace más de quince años un sistema centralizado que recoge toda el agua generada por su climatización para reutilizarla en los circuitos de refrigeración de su planta energética, logrando ahorrar más de 45 millones de litros anuales. Experiencias similares se han llevado a cabo en edificios públicos como el centro federal Ralph H. Metcalfe de Chicago, donde se recuperan medio millón de litros cada año, o en cadenas hoteleras que conectan estos desagües directamente con las cisternas de los baños, demostrando que una gestión sencilla puede transformar lo que consideramos un residuo en una fuente de ahorro y sostenibilidad.
