Hace aproximadamente sesenta y seis millones de años, un asteroide de dimensiones colosales impactó contra la región de Chicxulub, en lo que hoy es la península de Yucatán, desencadenando la catástrofe biológica más famosa de la historia de la Tierra. El choque levantó una inmensa nube de ceniza, polvo y partículas que envolvió la atmósfera y bloqueó la luz del sol durante meses e incluso años, deteniendo la fotosíntesis, marchitando bosques enteros, alterando el clima de forma drástica y sumiendo al planeta en un prolongado invierno global. La consecuencia más conocida fue la extinción de los grandes dinosaurios no avianos, junto con innumerables especies de animales y plantas que no lograron adaptarse a un mundo tan transformado. Sin embargo, en medio de esa devastación hubo un grupo de seres que no solo sobrevivió, sino que con el paso de las eras llegó a convertirse en el linaje que dominaría el planeta: los pequeños mamíferos. Durante décadas, la ciencia ha buscado la razón profunda de esta diferencia, el factor que inclinó la balanza a nuestro favor, y hoy una de las teorías más completas y respaldadas no se centra en el tamaño, la capacidad de esconderse o la rapidez de reproducción, sino en los hongos y en una característica biológica que hoy damos por absolutamente natural: la sangre caliente. Se trata de la hipótesis FIMS, un planteamiento científico que ha cobrado fuerza en los últimos años y que reescribe de manera sorprendente la historia de nuestra supervivencia.
Para comprender esta teoría es necesario imaginar con claridad cómo quedó el mundo inmediatamente después del impacto. Al faltar la luz solar, la vegetación se secó y murió a escala planetaria; los animales que dependían de ella perecieron poco después, y la superficie de la Tierra se cubrió de una inmensa cantidad de materia orgánica en descomposición: troncos, hojas, cuerpos y restos de todo tipo de seres vivos. En ese entorno, los hongos encontraron las condiciones más favorables que jamás hubieran existido para su expansión, ya que son organismos que se alimentan precisamente de lo que ya no tiene vida. Los registros geológicos confirman este fenómeno de forma inequívoca: en la capa que separa el periodo Cretácico del Paleógeno, la frontera cronológica que marca el momento de la extinción, los científicos han encontrado una concentración abrumadora de esporas fúngicas, lo que se conoce como el “pico fúngico”, una señal de que el aire, el suelo y el agua estaban saturados de estos organismos. Un estudio publicado este mismo año, tras analizar detalladamente los sedimentos de la cuenca de Denver, en Norteamérica, ha añadido un hallazgo revelador: detectó no solo la proliferación masiva de hongos tras el impacto de Chicxulub, sino un pico anterior provocado por las inmensas erupciones volcánicas de las Traps del Decán, lo que sugiere que el ambiente ya venía cargado de esporas antes del cataclismo principal, y que el impacto terminó de crear un entorno casi letal para seres vulnerables a infecciones de este tipo.
La pregunta que durante mucho tiempo no tuvo respuesta fue la siguiente: si el mundo estaba tan lleno de hongos capaces de causar enfermedades graves, ¿cómo es posible que los mamíferos sobrevivieran sin sucumbir a infecciones generalizadas? La clave que propone la hipótesis FIMS reside en la temperatura corporal. A diferencia de los dinosaurios no avianos, que dependían en gran medida del calor del entorno para mantener su temperatura interna o poseían metabolismos intermedios menos eficaces, los mamíferos ya eran en aquella época seres de sangre caliente, capaces de generar su propio calor y mantenerlo estable independientemente de la temperatura exterior. Esto no es un detalle sin importancia, sino una barrera defensiva extraordinariamente poderosa. En 2009, el microbiólogo Arturo Casadevall publicó un estudio en el que analizó cerca de cinco mil cepas de hongos y demostró algo fundamental: la inmensa mayoría de estas especies no pueden crecer ni reproducirse bien a temperaturas elevadas. Por cada grado centígrado que sube la temperatura entre los treinta y los cuarenta grados, aproximadamente un seis por ciento de las especies fúngicas pierde capacidad para desarrollarse. Mantener el cuerpo caliente no era entonces un lujo ni un gasto innecesario: era una protección biológica natural contra la mayor amenaza que el ambiente podía lanzar contra los seres vivos en aquellos momentos.
Sin embargo, ser de sangre caliente tiene un costo altísimo: exige consumir mucha más cantidad de alimentos para mantener ese funcionamiento constante, lo que en condiciones de escasez podría parecer una desventaja insalvable. Un modelo matemático desarrollado por Bergman y Casadevall y publicado en la revista científica mBio en 2010 ofreció la explicación a este equilibrio: la temperatura corporal de unos treinta y siete grados, característica de los mamíferos, no es un número al azar, sino el punto exacto de equilibrio evolutivo. Es lo suficientemente alta para repeler a prácticamente todos los patógenos fúngicos más peligrosos, pero no tan alta como para exigir un gasto energético imposible de sostener con los recursos disponibles. Cuando el cielo se oscureció y las temperaturas globales cayeron bruscamente, los grandes dinosaurios, sin capacidad de generar calor interno suficiente, se enfriaron junto con el entorno. Sus sistemas inmunológicos se debilitaron, y sus cuerpos, ahora más fríos, se convirtieron en lugares propicios para que las esporas que respiraban arraigaran y se desarrollaran. Los mamíferos, en cambio, mantuvieron encendido su escudo térmico: por muy frío que hiciera afuera, por muy escasa que fuera la comida, su interior seguía siendo demasiado cálido para la mayoría de los hongos, y eso los protegió.
Para completar este razonamiento hacía falta una prueba directa de que los dinosaurios eran realmente vulnerables a estas infecciones, y esa prueba llegó a través de un fósil extraordinario conocido cariñosamente como “Dolly”. Se trata de un saurópodo que vivió millones de años antes del impacto, durante el Jurásico tardío, y cuyos restos mostraron lesiones óseas en las vértebras cervicales idénticas a las que producen las infecciones respiratorias fúngicas en las aves actuales, como la aspergilosis. Esto confirma que los dinosaurios no eran inmunes: su sistema respiratorio, complejo y formado por sacos aéreos conectados, los hacía especialmente sensibles a los agentes patógenos que circulaban en el aire. Si un dinosaurio sano, en un clima estable y con el mundo aún intacto, podía verse afectado gravemente por una infección de este tipo, es posible imaginar sin dificultad lo que ocurrió cuando todo el planeta se sumió en crisis, la atmósfera se saturó de esporas y la temperatura bajó de forma drástica.
La hipótesis FIMS nos ofrece así una nueva y profunda comprensión de nuestro pasado: no heredamos la Tierra solo porque fuéramos pequeños, porque pudiéramos escondernos en madrigueras o porque tuviéramos una dieta más variada. Sobrevivimos porque llevábamos nuestro propio calor dentro, porque esa calidez cotidiana que a veces ni siquiera notamos actuó como un escudo inmunológico frente a un mundo en descomposición. Mientras el resto del entorno se enfriaba y se llenaba de organismos que devoraban lo que ya no vivía, nosotros mantuvimos la llama encendida, y ese fue el verdadero superpoder que nos permitió cruzar la frontera de la extinción y empezar a construir, poco a poco, el mundo que hoy conocemos.
