Han pasado ocho años en los que la ingeniería no ha dejado de afanarse, corrigiendo cada tropiezo y cada debilidad que acompañó al nacimiento de esta categoría. Samsung presentó su primer Galaxy Fold en febrero de 2019 y tuvo que retirarlo y retrasar su lanzamiento cuando las unidades de prueba enviadas a periodistas fallaron antes de llegar a las tiendas, una humillación pública que, vista con perspectiva, resultó ser también la lección más valiosa: era relativamente sencillo fabricar una pantalla capaz de doblarse; lo difícil era conseguir que sobreviviera a que alguien la abriera y la cerrara todos los días durante años. Aquel camino lo había iniciado antes incluso Royole, que en noviembre de 2018 puso en China el primer móvil plegable de la historia, un dispositivo que hoy casi nadie recuerda, que costaba más de 1.300 dólares y que resultaba tosco y frágil: la pantalla se doblaba hacia afuera, el software iba con dificultad y daba la impresión de que podía romperse al cerrarlo. La empresa terminó en bancarrota en 2024, pero la idea que se atrevió a probar primero ha sobrevivido y ha madurado hasta dejar atrás sus debilidades más evidentes. Hoy la arruga central es casi imperceptible, las bisagras cierran sin dejar huecos y los grosores han descendido a niveles sorprendentes: el Galaxy Fold8 Ultra mide apenas 4,1 milímetros desplegado y pesa solo 215 gramos, de modo que abierto resulta más fino que cualquier iPhone convencional. Un problema que durante años parecía casi irresoluble está, en esencia, resuelto.
Sin embargo, saber quién manda realmente en este segmento depende de desde dónde se mire. Huawei ocupa el primer puesto a nivel mundial con cerca del 48 % de la cuota de mercado, impulsado por modelos como el Pura X Max y su enorme fortaleza en la gama alta dentro de su país, aunque esa posición de liderazgo se sostiene casi por completo en un solo territorio. Fuera de China, quien domina es Samsung, que ha conseguido crecer un 25 % interanual gracias a su generación Z Fold7 y Z Flip7. En la práctica parecen coexistir dos mercados que apenas se tocan, que han evolucionado por caminos separados, con sistemas operativos distintos e incluso con concepciones diferentes sobre para qué debe servir un teléfono que se dobla. Esa divergencia se refleja claramente en los formatos que han terminado imponiéndose o quedándose por el camino: el modelo tipo concha, que se cierra hacia abajo y evoca los teléfonos clásicos, ha quedado principalmente como un producto de estilo y moda, muy popular entre público joven y especialmente femenino; el formato que se abre como un libro, en cambio, ha acaparado la preferencia general y representa ya el 69 % de las ventas totales. Por el contrario, el pliegue triple, que en su momento se presentó como el siguiente gran salto adelante, ha tenido una trayectoria muy breve: Samsung lo anunció en diciembre, lo puso a la venta en Estados Unidos en enero por 2.900 dólares y lo retiró de los catálogos en marzo, habiendo permanecido disponible apenas dos meses.
En julio, Samsung dio un paso que dice mucho de lo que se espera que ocurra en breve, al presentar el Galaxy Z Fold8 con una nueva relación de aspecto, pasando a 4:3 para ofrecer una pantalla más ancha y cuadrada, relegando el diseño más alargado tradicional a la versión etiquetada como Ultra. Es muy probable que ese cambio se haya producido anticipadamente, adaptándose al formato que desde hace tiempo se atribuye al futuro plegable de Apple según las filtraciones y los analistas más respetados del sector. En otras palabras: el líder establecido de la categoría ha rediseñado su producto estrella acomodándose a las características de un dispositivo que oficialmente todavía no existe, lo que ofrece una imagen muy clara del momento que estamos viviendo.
Según las previsiones que se han ido confirmando, el dispositivo que Apple presentará será más contenido que lo que estamos acostumbrados a ver en la competencia: se espera una pantalla externa de unas 5,5 pulgadas y una interna de unas 7,8, unas dimensiones más cercanas al Oppo Find N2 que a las de los grandes modelos desplegables de Samsung. Por limitaciones de espacio dentro del cuerpo plegable, prescindirá de FaceID y recuperará el lector de huellas integrado en el botón lateral; tampoco contará con cámara teleobjetivo. Será, en definitiva, un teléfono compacto que se transforma en una pequeña tableta al abrirse, y todo apunta a que su precio estará por encima de los 2.000 euros, probablemente acercándose más a los 2.500 que a la cifra inferior. Lo más interesante, sin embargo, es la estrategia: Apple no llega ofreciendo especificaciones superiores en todo, sino haciendo elecciones que otros no se atrevieron a tomar, eliminando aquello que considera prescindible para ofrecer una experiencia más centrada y coherente. Es la misma lógica que se vio con el primer iPod frente a los reproductores MP3 de su época o con el primer Apple Watch frente a alternativas sobrecargadas de funciones sin sentido claro: ofrecer menos en apariencia para lograr algo mejor definido y más unificado.
Los analistas ya han empezado a hacer sus cálculos y las proyecciones son muy favorables para la llegada de Apple: la consultora Counterpoint estima que podría capturar un 29 % del mercado en su primer año comercial, mientras que otra firma, SAG, va más allá y prevé que podría convertirse en el líder del segmento ya en 2027. Esas cifras no responden tanto a las cualidades de un dispositivo que nadie ha visto todavía, sino al poder de distribución, a la fidelidad de su base de usuarios y a la confianza que la marca ha conseguido construir. Ocho años después de aquel primer intento lleno de carencias, la industria ha demostrado que sabe fabricar pantallas que se doblan y que cada vez lo hace mejor. Lo que todavía no ha conseguido demostrar de forma concluyente es que exista una razón tan poderosa como para justificar el sobreprecio y los inconvenientes que esta forma implica, al menos lo suficientemente grande como para convertirse en algo más que una categoría de nicho. Si Apple consigue convencer de lo contrario, dentro de muy poco tiempo dejaremos de hablar de él como un teléfono plegable y empezaremos a llamarlo simplemente el iPhone más avanzado. Y ese será el momento en que esta tecnología dejará de ser una categoría aparte para convertirse en algo normal.
