Tecnología

En 2024, las Vision Pro parecían la apuesta más fuerte de Apple en muchos años. Hoy sobreviven con respiración asistida

 

 

Lo que está ocurriendo con las Vision Pro no es simplemente un lanzamiento con resultados por debajo de lo esperado, sino el choque entre una visión tecnológica extraordinariamente ambiciosa y la realidad de lo que la gente está dispuesta a llevar puesta, pagar y utilizar de forma habitual. Cuando llegaron al mercado en 2024, causaron admiración por su capacidad visual, la fluidez de su sistema y la inmersión que conseguían, reconocidas incluso por quienes han sido más críticos con ellas, pero esa excelencia técnica venía acompañada de lastres que el paso del tiempo no ha suavizado: un peso notable que cansa tras poco tiempo de uso, una batería externa que hay que llevar colgada y un precio que supera con creces lo que la mayoría considera razonable para un dispositivo complementario. La expectativa era que, como ocurre con otros productos pioneros, cada nueva generación recortaría peso, mejoraría la autonomía y ajustaría el coste, pero la primera actualización apenas aportó cambios en esos frentes, y las ventas no han despegado: hay establecimientos que, con suerte, despachan una unidad al mes, y el propio equipo interno de Apple las describe como si estuvieran «en soporte vital», esperando una decisión que defina su futuro.

 

El problema no ha sido falta de ideas, sino la dificultad para encontrar una fórmula que mantenga lo esencial sin los inconvenientes que alejan a los usuarios. Desde que salieron, se han sucedido los proyectos: uno buscaba ofrecer prestaciones parecidas a menor precio y con menos peso; otro trasladaba procesador y batería a la unidad externa para aligerar las gafas; un tercero exploraba un diseño más ligero con un chip menos potente que abaratara el conjunto. Ninguno de esos prototipos pasó a la fase de producción; todos quedaron archivados, y el equipo de desarrollo sufrió recortes en áreas clave. A esto se suma un factor determinante: el nuevo director general, John Ternus, nunca mostró entusiasmo por el producto, consideraba que eran demasiado caras y pesadas, y aunque en público habla de un futuro brillante, internamente no ha dado la señal de confianza que impulsaría una apuesta decidida. La tecnología demostró funcionar, pero la dirección que debe marcar el rumbo no ha terminado de creer en ella.

 

Mientras Apple revisa sus planes, Meta ha tomado la delantera con una propuesta que ataca exactamente los puntos débiles que han frenado a las Vision Pro. Sus nuevas Meta VR Glasses cuestan un tercio menos y pesan apenas 100 gramos frente a los más de 600 de las de Apple, una diferencia que cambia por completo la experiencia de uso. La clave de esa reducción ha sido concentrar procesador y batería en la unidad externa, dejando en las gafas solo pantallas, cámaras, sensores y altavoces; en especificaciones puras se quedan por detrás en algunos aspectos, pero en lo que importa para que alguien se las ponga a diario —ligereza, comodidad y precio— van por delante. Incluso en funciones que parecían dominio de las Vision Pro, como el escritorio virtual, las de Meta plantean una alternativa práctica, con el teclado proyectado sobre una mesa real en lugar de flotando en el aire, demostrando que se puede ofrecer gran parte del valor principal sin exigir al usuario que acepte todos los sacrificios que imponía el diseño de Apple.

 

La respuesta de Apple no llegará pronto, y mientras tanto está redefiniendo qué quiere construir. El proyecto que ahora centra la atención, conocido como N224, está en fase de exploración y contempla hasta cuatro caminos distintos: algunos siguen la senda de Meta, separando electrónica y batería para aligerar las gafas; otros buscan la solución más ambiciosa, todo integrado sin cables ni unidad externa y sin renunciar a la ligereza. De concretarse, no saldrían al mercado antes de finales de 2028 o principios de 2029, un retraso considerable en un sector que avanza a toda velocidad. Mientras tanto, la compañía está desviando recursos hacia otro tipo de dispositivo: unas gafas sin pantalla que competirían directamente con las Ray-Ban Meta, un terreno donde los retos son distintos —la desconfianza por la cámara siempre lista y la privacidad están en el centro— pero donde la barrera de precio y uso es mucho menor.

 

Lo que este momento revela es que la realidad aumentada y virtual no se detendrá, pero la forma en que llegará a la gente no será la que se imaginaba hace unos años. Apple demostró que la tecnología es posible, pero también que la perfección técnica no basta si no va acompañada de comodidad y coste asumible. Meta ha aprovechado esa lección para plantear una alternativa más accesible, y ahora Apple se encuentra en la posición de quien ha abierto camino pero ve a otro aprovecharlo mejor. El reto para los próximos años no será construir el dispositivo más capaz del mundo, sino el que la gente quiera llevar puesto, y esa carrera está ahora mucho más abierta de lo que parecía.

 

 

 

 

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