Cada vez que iniciamos una conversación con una inteligencia artificial, el contexto lo es todo: para que sus respuestas sean útiles, precisas y se ajusten a lo que realmente necesitamos, solemos empezar explicando de qué forma queremos que trabaje, qué tono usar, qué rigor aplicar o qué fuentes consultar. Repetir estas indicaciones una y otra vez resulta pesado, innecesario y hace que perdamos tiempo que podríamos dedicar a lo verdaderamente importante. La buena noticia es que no tenemos por qué hacerlo: todos los grandes modelos actuales, desde ChatGPT hasta Claude, cuentan con mecanismos para dejar establecidas de forma permanente nuestras preferencias, de modo que cada diálogo empiece ya sobre la base de cómo queremos que se desarrolle.
La diferencia fundamental entre una instrucción puntual y una persistente es que la primera dice qué hacer en ese mensaje concreto, mientras que la segunda define cómo trabajar contigo en todos los mensajes sucesivos. Para que sea eficaz, debe incluir información que no cambie con frecuencia: quién eres, qué conocimientos tienes, en qué ámbitos te mueves, qué intereses guían tus consultas y cualquier dato personal que condicione las respuestas, como tu profesión, nivel de formación, idiomas que dominas o incluso circunstancias relevantes como alergias o condiciones de salud. No conviene sobrecargarla con detalles que quedarán obsoletos en poco tiempo; lo ideal es que recoja aquello que te define de forma estable y que ayuda a que la IA entienda desde qué perspectiva lees y juzgas lo que te dice.
La parte más importante de estas instrucciones no es lo que le cuentas sobre ti, sino lo que le pides a ella. Aquí es donde se establecen las reglas del juego: si prefieres respuestas breves o desarrolladas, si exiges respaldo con fuentes, si quieres que evite repeticiones, si debe explicarte todo como si no supieras nada o, por el contrario, puede usar vocabulario técnico sin rodeos. Una indicación clara y directa marca una diferencia enorme en la calidad de lo que recibes. Igualmente valioso es decirle cómo actuar cuando no sepa algo: en lugar de inventar datos o dar respuestas vagas, puede comprometerse a admitir que desconoce la información, a pedirte aclaraciones o a exponer abiertamente que hay varias interpretaciones posibles sin presentarlas todas como verdades absolutas.
No hace falta redactar un texto interminable: unas pocas frases bien escogidas son suficientes para marcar la pauta. Podría decirse así: «Soy ingeniera de sistemas, con conocimientos avanzados de Python, Java y C#; me interesa la astrofísica y tomo decisiones basándome siempre en evidencia científica. Hablo español, inglés y francés. Sé concisa, rigurosa, no repitas ideas y cita fuentes fiables cuando sea posible. Si no tienes información suficiente, pregúntame lo que necesites en lugar de suponer. Si hay distintas interpretaciones, expónmelas claramente». Eso es todo lo que hace falta para que cada conversación comience con el pie derecho.
Cada plataforma tiene su propio nombre y su propio lugar para introducir estas preferencias. En ChatGPT se llaman «instrucciones personalizadas» y se encuentran en el menú de configuración, dentro del apartado de personalización. En Claude reciben el nombre de «preferencias de perfil» y se gestionan desde la ruta de configuración con ese mismo nombre. Además, ambos sistemas incorporan memoria: si en medio de una conversación surge algo nuevo que quieres que la IA recuerde siempre, puedes pedírselo en cualquier momento y lo añadirá a tu perfil sin que tengas que volver a escribirlo la próxima vez. El resultado final es que dejas de enseñar a la IA cómo tratarte y pasas directamente a aprovechar lo que sabe.
