El 23 de abril me puse un anillo en el dedo índice de la mano derecha. Cuatro semanas después nació mi primera hija. Y es que, por más que lo intente, no hay forma de separar esos dos momentos: los casi cuatro meses que llevo usando el Oura Ring 4 coinciden minuto a minuto con la etapa más intensa, más feliz y con menos horas de sueño de toda mi vida. Cualquier experiencia con este dispositivo iba a quedar inevitablemente marcada por este contexto, y la mía lo está por completo. Sin embargo, precisamente ahí, en medio de todo ese cambio y ese cansancio, fue cuando el anillo dejó de parecerme un simple juguete lleno de números para convertirse en la única herramienta que me daba información fiable sobre un cuerpo que yo mismo ya no sabía interpretar. Pero antes de entrar en todo eso, hay que hablar de dinero, porque es el factor que más condiciona la decisión de comprarlo y el que las marcas suelen dejar siempre para el final.
El precio es el primer obstáculo y hay que mirarlo con claridad. El Oura Ring 4 tiene un precio oficial de partida de 379 euros, aunque ahora que ha salido su sucesor ya se puede encontrar en sitios como Amazon por unos 265 euros. El nuevo Oura Ring 5, presentado a finales de mayo, arranca en 429 euros y puede llegar hasta los 529 euros según el acabado que elijas. Y a eso hay que sumar un gasto recurrente que no se puede pasar por alto: la suscripción cuesta 5,99 euros al mes o 69,99 euros al año, con el primer mes gratis. Y lo importante que hay que decir aquí es que no es una suscripción opcional en el sentido práctico de la palabra: si no la contratas, la aplicación solo te deja ver las tres puntuaciones diarias —sueño, actividad y preparación— y el nivel de batería del anillo, y poco más. Todo lo que realmente da valor al producto —el análisis detallado de cada fase del sueño, la frecuencia cardíaca medida de forma continua, el control de la temperatura corporal, la saturación de oxígeno en sangre, los niveles de estrés a lo largo del día, los informes completos y la posibilidad de conectarlo con otras aplicaciones— deja de estar disponible. Es decir: compras el anillo, pero todo aquello por lo que realmente quieres tenerlo tienes que pagarlo mes a mes.
Hagamos las cuentas completas para verlo con perspectiva: mantener el Oura Ring 5 durante tres años supone invertir unos 640 euros en total, y si lo usas durante cinco años la cifra sube a unos 780 euros. Para ponerlo en contexto, mi reloj deportivo Garmin Forerunner 970, que registra con la misma precisión el sueño, el ritmo cardíaco, la variabilidad de la frecuencia cardíaca y la carga de entrenamiento sin pedirme ni un euro extra, me costó prácticamente lo mismo que esos cinco años de uso del anillo, además de tener pantalla propia y ser mucho más versátil en el día a día. El plan de suscripción de Garmin es algo totalmente prescindible y no afecta para nada a las funciones principales del dispositivo. Mientras tanto, Oura ya ha vendido cerca de cinco millones y medio de anillos y va camino de superar los cinco millones de personas que pagan su cuota mensual; más del ochenta por ciento de los usuarios renueva su suscripción pasado el primer año, y en mayo la empresa presentó los documentos necesarios para salir a bolsa, en una operación que se espera que valore la compañía en unos dieciséis mil millones de dólares. Cuando compras un Oura no estás solo comprando un aparato: estás entrando en un sistema diseñado para mantenerte vinculado económicamente. El anillo es el precio de entrada, y tú eres el ingreso mensual que esperan obtener año tras año. No es mi intención juzgarlo moralmente, simplemente describir el acuerdo real que aceptas al darle a comprar, porque creo que es importante tenerlo muy claro antes de decidirse. Existen alternativas que no cobran ninguna cuota mensual, como el RingConn o el Galaxy Ring de Samsung, y precisamente esa es una de sus principales ventajas a la hora de elegir.
Dicho esto, hay que reconocer que el producto funciona bien y está muy cuidado. Vamos a ello. Antes que un dispositivo lleno de sensores, es ante todo un anillo, y eso es algo que se nota mucho al principio. Yo soy una persona que casi nunca lleva joyas más allá de mi alianza de casado, así que ponerme otro anillo —más grueso, brillante y que está ahí todo el rato— no fue algo que me pasara desapercibido. Los primeros días era consciente de él a cada instante: lo notaba al cerrar la mano, al rascarme la cara, al fregar los platos o al lavarme y secarme las manos con agua. Esa sensación desaparece con el tiempo, sí, pero al principio está ahí y hay que saberlo. No es solo un aparato tecnológico, también es un accesorio que llevas puesto todo el día, y eso para quien no está acostumbrado requiere cierto periodo de adaptación. Lo llevo en el dedo índice derecho porque es donde la propia marca recomienda usarlo para que las lecturas sean más precisas, aunque no me termina de convencer del todo esa posición; mucha gente prefiere llevarlo en el dedo corazón y también funciona perfectamente. Lo que sí me pareció un gran acierto es el sistema para saber tu talla exacta: antes de enviarte el anillo real te mandan unos de plástico de todas las medidas posibles para que los lleves puestos un día entero y compruebes cuál te va mejor, y solo entonces fabrican el definitivo. No recomiendo en absoluto elegir la talla a ojo ni guiarte por la medida de otros anillos que tengas, porque este se lleva las veinticuatro horas y los dedos cambian de grosor con el calor, el ejercicio físico o lo que comemos y bebemos. Vale la pena probar los modelos de plástico unos días y asegurarse bien. Por otro lado, una diferencia útil si estás decidiendo entre modelos: el Ring 5 es notablemente más fino —2,28 milímetros frente a los 2,88 del modelo anterior— y también más ligero, aunque solo está disponible en tallas de la seis a la trece, mientras que el Ring 4 cubre desde la cuatro hasta la quince. Si tienes las manos muy pequeñas o grandes, eso ya decide gran parte de la elección por ti.
Lo que más me gusta de todo el sistema no está en el anillo sino en el teléfono móvil: su aplicación es, sin duda, su mejor cara. Tiene solo tres pestañas principales y puedes ver toda la información más importante de un solo vistazo, y si quieres profundizar más tienes todos los datos y gráficos que necesitas ordenados de forma clara y sencilla. Es sobria, elegante y está diseñada con un criterio que echo de menos en muchas otras aplicaciones de salud: parece que alguien ha pensado en cómo organizar la información para que sea fácil de entender y no simplemente ir añadiendo gráficos y funciones uno encima de otro. Se puede mejorar, claro que sí: hay algunas métricas que no se explican con claridad y a veces cuesta encontrar datos que deberían estar más a mano. Pero la calidad general de su diseño es algo que justifica parte de su diferencia de precio frente a competidores que miden lo mismo por menos dinero y sin cuotas mensuales. Destacan también los widgets que puedes poner en la pantalla de bloqueo del teléfono, donde ves de un vistazo tu nivel de preparación, la calidad del sueño, la actividad diaria, tu frecuencia cardíaca en reposo, la variabilidad y los cambios de temperatura respecto a tus valores normales. Son muy prácticos y están muy bien presentados. Como el anillo no tiene pantalla, la del teléfono termina siendo realmente la interfaz principal del producto.
Lo que menos esperaba encontrar y lo que más me ha sorprendido ha sido ver en tiempo real lo que en fisiología deportiva se conoce como supercompensación. Llevaba meses sin descansar de verdad: entre enero y abril estuve metido en dos proyectos grandes que me consumían casi toda mi energía mental, a la vez que entrenaba entre ocho y diez veces a la semana combinando gimnasio y carreras, muchas veces haciendo las dos cosas el mismo día. Durante esos meses apenas pasé uno o dos días al mes sin hacer deporte, algo que se puede comprobar perfectamente en mi perfil público de Strava. Y de pronto todo se detuvo a la vez: terminaron los trabajos, nació mi hija, empecé mi permiso de paternidad y estuve seis días sin poder entrenar absolutamente nada. De la noche a la mañana desapareció el estrés laboral, dejaron las prisas y el deporte, pero las noches se volvieron cortas y el sueño irregular y fragmentado. Daba por hecho que todos mis indicadores empeorarían: menos sueño y cambios tan grandes suelen traducirse en una frecuencia cardíaca en reposo más alta y una variabilidad más baja. Lo esperaba con calma, sin darle mayor importancia, pero lo que ocurrió fue justo lo contrario: mi ritmo cardíaco en reposo bajó y la variabilidad aumentó. Lo que estaba viendo con mis propios ojos y con datos reales era precisamente ese fenómeno: tras meses acumulando carga física y mental, esos días de descanso —aunque fuera un descanso impuesto por la llegada de una hija y no unas vacaciones tranquilas— permitieron que mi cuerpo asimilara todo el trabajo realizado y mostrara su verdadera forma física mejorada, por encima incluso de lo que yo sentía. La base aeróbica construida a base de kilómetros y meses de entrenamiento pesó más en esos marcadores que el cansancio y las pocas horas de sueño de las primeras semanas de paternidad. Esa contradicción entre lo que yo sentía y lo que decían los datos ha sido lo más valioso que me ha dado el anillo, y creo que resume perfectamente para qué sirve realmente este tipo de tecnología. En la semana con menos sueño de mi vida, mi propia intuición sobre cómo estaba mi cuerpo falló por completo: me sentía feliz pero absolutamente agotado, y sin embargo los marcadores mostraban que estaba físicamente mejor que en meses. Ninguna de las dos cosas era mentira: estaba cansado y al mismo tiempo mi cuerpo estaba más fuerte y adaptado que nunca. Sin el anillo y sus datos solo habría contado una parte de la historia, y probablemente la que no reflejaba la realidad completa. La conclusión que saco no es que haya que hacerle caso ciegamente a las cifras por encima de todo, sino que hay momentos en la vida en los que uno deja de ser un observador fiable de sí mismo, y en esos casos tener un registro externo y objetivo, aunque no sea perfecto, aporta algo que nuestra propia sensación y percepción no pueden darnos.
