Jensen Huang es una de las figuras más visiblemente optimistas del panorama actual de la inteligencia artificial, una postura que no resulta casual: Nvidia se ha convertido en el verdadero pilar tecnológico y económico sobre el que se apoya gran parte de esta industria, por lo que su voz goza de enorme peso —hasta el punto de que sus declaraciones son escuchadas incluso por los líderes del G20— y, al mismo tiempo, le une un interés directo y muy claro en que el avance de la IA se presente como imparable y cada vez más cercano a su forma definitiva. Por eso ha llamado especialmente la atención su reacción ante la llegada de GPT‑6 Astra, al afirmar con rotundidad que con este modelo ya hemos alcanzado la tan esperada inteligencia artificial general; sin embargo, no es la primera vez que Huang hace una afirmación de este tipo antes de tener pruebas concluyentes, lo que empieza a convertir sus anuncios en una especie de repetición que recuerda al conocido cuento de “Pedro y el lobo”.
El entusiasmo del fundador de Nvidia responde a una realidad empresarial que ha transformado a su compañía en el proveedor indispensable de todo el sector: ha logrado que prácticamente todos los grandes actores tecnológicos del mundo dependan de sus chips y su infraestructura, situándose además como cliente prioritario de las mayores fundiciones de semiconductores del planeta, una posición que le garantiza suministro incluso cuando hay escasez global. En este contexto, Huang declaró recientemente que con GPT‑6 Astra —entrenado, según él, con más de cien mil unidades del sistema Grace Blackwell de Nvidia— ya tenemos ante nosotros la inteligencia artificial general, repitiendo prácticamente lo mismo que ya había dicho en marzo de este año, cuando señaló que la AGI ya estaba aquí basándose en ejemplos tan sorprendentes como que existían sistemas capaces de alimentar un Tamagotchi de forma automática o crear personajes influyentes digitales. Aquella comparación ya generó escepticismo entre expertos y observadores, y esta nueva afirmación ha hecho crecer aún más las dudas, porque lo que define teóricamente a la AGI —una inteligencia capaz de igualar o superar al ser humano en todas las áreas del conocimiento, razonar con autonomía, crear nuevas tecnologías, poner en marcha empresas y gestionar procesos complejos sin necesidad de indicaciones paso a paso— sigue siendo, por ahora, un objetivo a largo plazo y no una realidad consolidada.
La falta de respaldo a estas afirmaciones salta a la vista cuando se analiza quién las confirma y quién no: OpenAI, la empresa creadora de GPT‑6 Astra, no ha utilizado en ningún momento el término “inteligencia artificial general” para describir su nuevo modelo ni ha respaldado las declaraciones de Huang, y tampoco ningún organismo independiente o científico ha certificado que se haya alcanzado ese hito. Gary Marcus, investigador especializado en inteligencia artificial y uno de los analistas más respetados del sector, ha recordado precisamente esto en sus publicaciones recientes, señalando que no existe evidencia alguna que respalde que hayamos llegado a la AGI y que, por muy avanzado que sea el nuevo sistema de OpenAI, lo que vemos es una mejora importante respecto a modelos anteriores —algo en línea con la evolución que también se observa en propuestas como Fable 5.1 de Anthropic— pero no un cambio radical de paradigma que nos sitúe ante una inteligencia de naturaleza totalmente distinta. La propia definición de lo que supone dar ese salto confirma que todavía estamos lejos: la verdadera AGI implicaría comprender el mundo físico y social tal como lo hacemos nosotros, planificar acciones con horizontes a largo plazo, adaptarse a entornos nunca vistos y generar conocimientos originales sin depender casi exclusivamente de patrones extraídos de grandes cantidades de textos existentes, capacidades que los modelos actuales no han demostrado poseer en su conjunto.
El resto de la industria tampoco comparte el optimismo absoluto de Huang; al contrario, las voces más autorizadas suelen ser mucho más prudentes. Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft —empresa que invierte miles de millones en OpenAI y en infraestructura de IA, por lo que tiene tanto o más interés que Nvidia en que la tecnología avance— ha manifestado públicamente que todavía estamos muy lejos de poder hablar de inteligencia artificial general. En la misma línea se ha expresado Dario Amodeo, responsable de Anthropic, quien estima que aún pasarán varios años antes de que podamos plantearnos seriamente si nos aproximamos a ese umbral. Incluso figuras fundamentales en el desarrollo moderno de la IA como Yann LeCun han señalado que los grandes modelos de lenguaje que usamos hoy son esencialmente “teclados predictivos muy potentes”, pero que carecen de comprensión real de la realidad física, de la causalidad y de la capacidad de construir representaciones estables del mundo: elementos fundamentales para que una inteligencia pueda considerarse general.
Al final, como advierten tanto expertos como analistas, cuando la verdadera inteligencia artificial general llegue, no será un anuncio que haya que interpretar o en el que “creer”, sino algo que saltará a la vista de todo el mundo sin necesidad de que nadie tenga que convencer a nadie de ello. Y mientras eso no ocurra, las declaraciones de Jensen Huang deben leerse también teniendo en cuenta su posición: como líder de la empresa que suministra la potencia informática sin la que nada de esto sería posible, su misión pasa también por mantener viva la expectativa y el crecimiento de todo el ecosistema que construyen sus productos. De hecho, en el mismo mensaje en el que celebró la llegada de la supuesta AGI, Huang ya avanzó que hay otras cuatrocientas mil unidades de su arquitectura en fabricación para los próximos desarrollos, una cifra que confirma que, independientemente de dónde estemos realmente en el camino hacia la AGI, la maquinaria industrial y económica que mueve todo esto sigue avanzando a toda velocidad.
