Tecnología

Microsoft prometió un ordenador cuántico para 2029. Nature publica una crítica que pone en duda su promesa

Microsoft lleva casi veinte años centrada en demostrar la existencia de los llamados modos de Majorana, unas cuasipartículas que aparecen en determinados materiales superconductores y que se comportan según lo que describió matemáticamente el físico Ettore Majorana en 1937: entidades que actúan al mismo tiempo como partícula y como su propia antipartícula. Aunque no se trata de partículas fundamentales, sino de fenómenos que surgen en la materia condensada, su valor es inmenso porque permitiría construir cúbits mucho más estables y resistentes a las interferencias que afectan a todos los ordenadores cuánticos actuales, superando el principal obstáculo que frena esta tecnología. Sobre esta base la compañía ha presentado a principios de junio el procesador cuántico Majorana 2, que utiliza nuevos materiales para consolidar una fase topológica más segura y se apoya en un estudio publicado en febrero de 2025 en la revista Nature; gracias a estos avances, su responsable técnico Chetan Nayak ha anunciado que han reducido a la mitad su hoja de ruta, fijando para 2029 la llegada de un ordenador cuántico totalmente operativo.

 

Sin embargo, esa misma publicación científica se ha convertido ahora en el centro de un intenso debate, ya que la propia revista ha editado una evaluación firmada por el investigador Henry Legg que plantea dudas profundas sobre los pilares del trabajo, y no solo sobre detalles secundarios. La situación se complica por los antecedentes de la empresa: ya hubo dos artículos anteriores respaldados por ella que tuvieron que ser retirados, además de advertencias sobre otros dos estudios similares en revistas de referencia, lo que convierte al texto de 2025 en el quinto puesto bajo escrutinio, aunque por el momento no se ha retirado. Mientras que Microsoft defiende sus resultados y compara la discusión científica con debatir si se puede volar cuando ya existe un avión, otros expertos señalan que aún falta evidencia sólida y repetible que respalde esta línea, algo que sí han conseguido otros competidores que no dependen de estos fenómenos. A esto se suma la presión geopolítica: la administración estadounidense ha destinado miles de millones a este campo y ha establecido como meta disponer de un sistema funcional en 2028, lo que convierte también en una carrera por la supremacía tecnológica la confirmación de si esta apuesta científica es realmente viable.

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