Opinión

EL NEGOCIO SEXUAL MASCULINO: MIGRACIÓN, SUPERVIVENCIA Y LAS HUELLAS DE UNA GENERACIÓN

La crisis venezolana abrió una de las mayores experiencias migratorias de nuestra región. En el Perú, sus consecuencias no se limitaron al empleo informal, la precariedad y la búsqueda de vivienda. Para algunos jóvenes, el mercado sexual se convirtió en una alternativa económica que plantea interrogantes sobre la salud, la dignidad, los vínculos afectivos y el futuro de las nuevas familias.

Cuando sobrevivir se convierte en un negocio

Las grandes crisis humanitarias no terminan cuando las personas cruzan una frontera. En muchos casos, es precisamente después de llegar al país de destino cuando comienza otra lucha: encontrar trabajo, pagar una habitación, alimentarse, enviar dinero a los familiares que quedaron atrás y reconstruir una vida con recursos que casi nunca son suficientes.

La migración venezolana hacia el Perú ha dejado numerosas historias de sacrificio, emprendimiento, integración y superación. Pero también ha expuesto situaciones de vulnerabilidad que merecen una mirada más profunda. Entre ellas se encuentra el crecimiento de distintas modalidades de comercio sexual en las que participan personas migrantes, incluidas algunas que encontraron en esta actividad una salida frente a la falta de ingresos y de oportunidades laborales.

El fenómeno tiene múltiples rostros. Las mujeres migrantes han sido objeto de investigaciones sobre sexualización, discriminación y explotación. Sin embargo, la participación de hombres jóvenes en el mercado sexual merece también una reflexión propia, sin prejuicios y sin convertir sus experiencias en una categoría uniforme.

En determinados casos, la oferta de servicios sexuales masculinos encontró espacios de difusión en páginas de internet, redes sociales y plataformas de contacto. Lima, por su tamaño y concentración de población, ofrece un mercado amplio, con dinámicas que pueden alcanzar distintos distritos y sectores sociales.

No obstante, conviene establecer una precisión: no contamos con cifras suficientemente sólidas para afirmar cuántos jóvenes venezolanos se incorporaron a esta actividad, cuánto representa económicamente el mercado masculino ni en qué medida su participación fue superior a la de otros grupos. La visibilidad en internet puede revelar una tendencia, pero no constituye por sí sola una medición estadística del fenómeno.

Lo que sí merece atención es la pregunta social que hay detrás: ¿qué ocurre cuando una persona joven, sin redes de apoyo, con dificultades para acceder a un empleo y urgida por obtener ingresos, descubre que puede ganar en una noche lo que difícilmente conseguiría en varios días de trabajo informal?

Para algunos, la respuesta pudo representar una oportunidad económica inmediata. Para otros, una decisión condicionada por la necesidad, con riesgos que no siempre eran visibles al comenzar.

El cuerpo como recurso económico

El mercado sexual tiene una característica que lo diferencia de muchas otras actividades informales: convierte la intimidad, la apariencia física y la disponibilidad sexual en recursos susceptibles de generar ingresos.

En una economía donde el acceso al empleo formal está condicionado por la experiencia, la documentación, las redes de contacto y las posibilidades de movilidad social, algunos jóvenes pueden percibir esta actividad como una alternativa más rentable que otras ocupaciones a las que tienen acceso.

Pero la rentabilidad inmediata no debe confundirse con estabilidad económica ni con bienestar personal.

El ingreso puede ser irregular, depender de la demanda y estar expuesto a cambios en las plataformas digitales, a la competencia y a la capacidad de negociar condiciones seguras. Además, existen riesgos de violencia, extorsión, exposición de datos personales y dependencia de intermediarios.

Hay una diferencia fundamental entre quien decide libremente ofrecer servicios sexuales y quien lo hace porque siente que no dispone de otras alternativas viables. La frontera entre elección y necesidad no siempre es sencilla: una persona puede conservar capacidad de decisión y, al mismo tiempo, encontrarse sometida a circunstancias económicas profundamente restrictivas.

Por eso, describir a todos los participantes como víctimas sería desconocer su autonomía; presentarlos a todos como empresarios exitosos sería ignorar sus vulnerabilidades.

La realidad humana es más compleja que ambas interpretaciones.

Una crisis migratoria que también transformó la sexualidad

La migración no modifica solamente la situación económica de una persona. También transforma sus relaciones sociales, sus vínculos afectivos y su manera de comprender la intimidad.

En enero de 2026, una investigación publicada en el International Journal of Intercultural Relations examinó las experiencias sexuales posteriores a la migración de hombres venezolanos gais y bisexuales residentes en Lima. El estudio se basó en cinco grupos focales con 42 participantes y analizó cómo el nuevo entorno podía ampliar ciertos espacios de libertad sexual, al tiempo que persistían situaciones de vulnerabilidad.

Es importante no confundir ese trabajo con una investigación específica sobre prostitución masculina: estudia experiencias sexuales y no permite concluir que sus participantes se dedicaran al comercio sexual. Sin embargo, ayuda a comprender una cuestión más amplia: migrar puede cambiar las oportunidades, las prácticas y las formas de vivir la sexualidad.

En el caso de quienes ingresan al mercado sexual, esos cambios pueden adquirir una dimensión adicional. La separación de la familia, la distancia de los afectos, la necesidad de adaptarse a un entorno desconocido y la urgencia de obtener dinero pueden influir en la manera de establecer relaciones y de separar, o intentar separar, la intimidad personal de la actividad económica.

Algunas personas consiguen establecer límites claros entre su trabajo y su vida privada. Otras pueden experimentar conflictos relacionados con la identidad, la autoestima, la confianza o la expectativa de construir una relación estable.

No existe un desenlace psicológico predeterminado. El ejercicio del trabajo sexual no destruye automáticamente la capacidad de amar, formar pareja o constituir una familia. Pero tampoco sería responsable ignorar las tensiones que pueden surgir cuando una actividad económica involucra el cuerpo, la intimidad y la exposición a situaciones de riesgo.

La dimensión médica: más allá del VIH y las infecciones sexuales

Una de las limitaciones de las respuestas institucionales frente al comercio sexual consiste en reducir el problema a la prevención de infecciones de transmisión sexual.

La prevención del VIH, la sífilis, la gonorrea, la clamidia y otras infecciones es fundamental. El uso de preservativos, las pruebas periódicas, el acceso oportuno a tratamiento y, cuando corresponda, la profilaxis preexposición al VIH (PrEP) y la profilaxis posexposición (PEP) forman parte de las herramientas preventivas disponibles. La Organización Mundial de la Salud recomienda un enfoque integral de salud pública que también aborde la violencia, el estigma y las barreras de acceso a los servicios sanitarios.

Sin embargo, la salud sexual no es el único aspecto que merece atención.

La atención médica integral también debe considerar la salud mental, el sueño, el consumo problemático de alcohol u otras sustancias cuando exista, las lesiones físicas, las consecuencias de la violencia y las necesidades de orientación psicológica. No debe suponerse que todos los trabajadores sexuales presentan estos problemas; se trata de riesgos que deben evaluarse individualmente, sin estigmatizar.

También importa la posibilidad de recibir atención sin temor a la discriminación, a la exposición pública o al trato humillante. Cuando alguien evita acudir a un establecimiento de salud por miedo a ser juzgado, una condición prevenible o tratable puede agravarse.

La evidencia peruana permite observar algunas de estas dificultades, aunque no debemos extrapolar automáticamente los resultados de estudios sobre mujeres a los hombres.

Una investigación publicada en julio de 2026, basada en 34 entrevistas a mujeres venezolanas que ejercían el trabajo sexual en Lima, encontró barreras económicas y administrativas para acceder a servicios integrales de salud sexual y reproductiva. Las participantes describieron una atención frecuentemente concentrada en el VIH y otras infecciones, mientras otras necesidades preventivas y de salud general quedaban desatendidas.

Aunque esa investigación no estudió a hombres, deja una enseñanza relevante: atender a una población vulnerable exige mucho más que distribuir preservativos o realizar pruebas. Se necesita una atención médica completa, confidencial, accesible y libre de discriminación.

La salud mental de una generación bajo presión

La experiencia migratoria puede incluir pérdidas acumuladas: separación de los padres y hermanos, ruptura de relaciones sentimentales, pérdida de estatus profesional, incertidumbre económica y sensación de no pertenecer plenamente al país de origen ni al de acogida.

Cuando a esas circunstancias se suman la precariedad laboral, el rechazo social y los riesgos de una actividad sexual comercial, algunas personas pueden experimentar ansiedad, agotamiento emocional, aislamiento o síntomas depresivos.

Pero es necesario evitar otra simplificación: no todo migrante experimenta un trauma, ni toda persona que ejerce el trabajo sexual desarrolla un trastorno psicológico. La capacidad de adaptación depende de numerosos factores, entre ellos las redes afectivas, las condiciones de trabajo, la autonomía para tomar decisiones, la seguridad económica y el acceso a servicios de apoyo.

El problema aparece cuando las dificultades se acumulan y la persona carece de espacios donde procesarlas.

Un joven puede mostrar una imagen de seguridad y desenvolvimiento en sus interacciones comerciales, mientras mantiene en privado preocupaciones relacionadas con su familia, su futuro o su situación económica. También puede sentirse satisfecho con su decisión y considerar que ha encontrado una manera legítima de ganarse la vida.

Ambas experiencias son posibles. La investigación social debe escuchar a las personas involucradas, en lugar de atribuirles sentimientos que no han expresado.

¿Qué ocurrirá cuando estos jóvenes quieran formar una familia?

Esta es, quizá, una de las preguntas más interesantes y menos exploradas del fenómeno.

¿Qué sucede cuando una persona que ha participado durante años en el comercio sexual decide establecer una relación monógama? ¿Cómo negocia los límites de la intimidad? ¿Cómo comunica su pasado a una pareja? ¿Qué papel desempeñan la confianza, la salud sexual, las expectativas culturales y el temor al rechazo?

No hay una respuesta universal.

Algunas personas pueden integrar esa experiencia en su biografía sin que determine sus relaciones posteriores. Otras pueden preferir mantenerla en privado. También pueden aparecer conflictos cuando existen diferencias entre los valores personales, las expectativas de la pareja y las experiencias previas.

Desde la psicología de las relaciones, lo importante no es etiquetar a una persona por su pasado, sino comprender cómo construye confianza, comunica sus necesidades y establece acuerdos con su pareja.

El riesgo de convertir una experiencia laboral en una marca permanente de identidad es que la sociedad termine negando a las personas la posibilidad de cambiar. Un joven no debería quedar condenado a ser definido durante toda su vida por una actividad que ejerció en un periodo determinado, cualquiera que haya sido su motivación.

Tampoco debemos suponer que el pasado carecerá siempre de consecuencias. Las experiencias difíciles, los conflictos no resueltos y las situaciones de violencia pueden requerir acompañamiento. La clave consiste en reconocer las necesidades concretas de cada persona, no en anticipar su fracaso afectivo.

Los hijos y las nuevas familias: una pregunta que exige prudencia

La preocupación por las futuras generaciones es legítima, pero debe plantearse con rigor.

No existe fundamento para afirmar que los hombres que ejercieron el trabajo sexual serán necesariamente peores padres, tendrán familias menos estables o transmitirán un daño psicológico a sus hijos. Tampoco se puede establecer que esa experiencia, por sí misma, determine la forma en que criarán a sus familias.

La estabilidad familiar depende de múltiples variables: la disponibilidad afectiva, los ingresos, la salud, las condiciones de vivienda, la calidad de la relación de pareja y las redes de apoyo, entre otras.

Lo que sí puede preocupar es el efecto de la precariedad persistente. Cuando una persona vive durante años con inseguridad económica, exposición a la violencia o temor a la discriminación, esas condiciones pueden repercutir en sus relaciones y en su bienestar familiar.

Por eso, si queremos comprender el impacto de esta etapa histórica, necesitamos estudios longitudinales que acompañen a los participantes a lo largo del tiempo, con su consentimiento y respetando su privacidad. Habría que examinar sus trayectorias laborales, su salud, sus relaciones de pareja y sus proyectos familiares, sin dar por sentados los resultados.

La investigación debe permitir que estas personas hablen de sus experiencias con su propia voz. No sería justo convertirlas en objeto de sospecha por su nacionalidad o por su pasado sexual.

El negocio detrás de las plataformas

El comercio sexual contemporáneo no puede comprenderse sin analizar el papel de internet.

Las plataformas digitales reducen las barreras de entrada, facilitan el contacto entre proveedores y clientes y permiten organizar la oferta sin depender necesariamente de establecimientos físicos. Para algunos participantes, esa autonomía puede representar una ventaja. Para otros, la exposición digital genera riesgos adicionales.

Las fotografías pueden circular fuera del contexto original, los datos personales pueden quedar expuestos y las interacciones pueden derivar en amenazas, chantajes o extorsiones. También puede existir una relación desigual entre quienes ofrecen servicios y quienes controlan las plataformas o intermedian en las transacciones.

En ese escenario, la aparente autonomía digital no elimina las relaciones de poder. Es necesario preguntarse quién obtiene mayores beneficios, quién asume los riesgos y qué mecanismos existen para denunciar abusos.

También debe distinguirse entre la actividad sexual comercial consentida entre adultos y la explotación sexual, la coacción o la trata de personas. Estas últimas situaciones requieren respuestas de protección y justicia específicas. La necesidad económica, por sí sola, no demuestra que exista trata; pero tampoco debe utilizarse el consentimiento aparente para descartar automáticamente posibles situaciones de explotación.

Una sociedad responsable necesita mecanismos para identificar estas diferencias y actuar de acuerdo con cada situación.

La sociedad peruana también forma parte de esta historia

La presencia de migrantes venezolanos en actividades económicas informales no puede analizarse al margen de las condiciones del país receptor.

El Perú mantiene un amplio sector de empleo informal, y la población migrante puede enfrentar obstáculos adicionales relacionados con la documentación, la contratación, la discriminación y la falta de redes familiares. En esas circunstancias, algunas personas terminan concentradas en actividades donde las condiciones laborales son inestables y la protección institucional es limitada.

Esto no significa que la sociedad peruana sea responsable de cada decisión individual, ni que todos los migrantes hayan atravesado las mismas dificultades. Significa que las oportunidades disponibles influyen en las alternativas que una persona considera posibles.

También debemos examinar los prejuicios que convierten a determinados grupos en objeto de sospecha. La investigación académica sobre mujeres venezolanas en el Perú ha documentado procesos de hipersexualización y estigmatización vinculados tanto con su nacionalidad como con su género.

En el caso de los hombres, las experiencias pueden ser diferentes y no deben deducirse automáticamente de las vividas por las mujeres. Sin embargo, el principio es el mismo: la nacionalidad no determina la conducta, y la participación en una actividad económica no define por completo a una persona.

El debate público debe evitar tanto la idealización de la migración como la construcción de un estereotipo que convierta a toda una comunidad en responsable de un fenómeno social.

El futuro de una generación no está escrito

La crisis venezolana obligó a millones de personas a reorganizar sus vidas. En ese proceso, algunos jóvenes encontraron oportunidades que nunca habían imaginado; otros aceptaron trabajos precarios, y algunos recurrieron al comercio sexual como una forma de obtener ingresos.

El impacto de esas decisiones no puede medirse únicamente en dinero ni juzgarse exclusivamente desde la moral. Debe analizarse desde la economía, la medicina, la psicología, la sociología y el derecho.

La pregunta de fondo no es si quienes participaron en el mercado sexual podrán construir una familia, sino bajo qué condiciones podrán hacerlo si así lo desean. Tampoco es si su pasado los condenará, sino si la sociedad les permitirá desarrollar nuevos proyectos de vida sin convertir su experiencia en un estigma permanente.

Para responder necesitamos datos, testimonios, investigaciones y políticas públicas que reconozcan la dignidad de las personas. Necesitamos servicios de salud que atiendan sin discriminar, oportunidades laborales que amplíen las alternativas económicas y mecanismos eficaces para prevenir la violencia y la explotación.

La historia de la migración venezolana en el Perú todavía está escribiéndose. Dentro de algunos años podremos comprender mejor cómo evolucionaron las trayectorias de quienes llegaron siendo jóvenes, qué decisiones tomaron, cómo reconstruyeron sus vínculos y qué lugar ocuparon en la sociedad que los recibió.

No corresponde anticipar una generación perdida ni proclamar una integración sin dificultades. Corresponde reconocer que detrás de cada fenómeno económico hay personas con historias distintas y futuros todavía abiertos.

El verdadero desafío de una sociedad no consiste en juzgar a quienes tuvieron que sobrevivir en circunstancias difíciles, sino en comprender esas circunstancias, proteger sus derechos y ampliar las posibilidades de que cada persona pueda elegir su propio futuro.

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