Estados Unidos atraviesa un declive relativo como imperio, pero sería un error —grave— confundir ese declive con debilidad. A pesar de sus crisis internas, polarización política y desgaste internacional, sigue siendo una potencia de primer nivel en lo económico, militar, tecnológico, financiero y cultural.
Bajo la conducción de Donald Trump, Estados Unidos busca recuperar preeminencia, no solo en términos de poder duro, sino también en el plano simbólico, político y de opinión pública. Su prioridad estratégica vuelve a ser el continente americano, con especial énfasis en América Latina, concebida históricamente como su zona natural de influencia.
América Latina: advertida, presionada y alineada
Los países latinoamericanos han recibido un mensaje claro: no es conveniente confrontar abiertamente a Estados Unidos. Washington actuará con firmeza frente a cualquier actividad que considere contraria a sus intereses geopolíticos, económicos o estratégicos. La tolerancia será mínima cuando se trate de seguridad, recursos, alineamientos internacionales o presencia de potencias rivales en la región.
En este contexto, no es casual que hayan ganado terreno gobiernos que se autodefinen como “amigos de Estados Unidos”. Sin embargo, para Trump esa amistad es relativa y condicional. No se basa en afinidades ideológicas ni en lealtades retóricas, sino en sumisión práctica a los intereses estadounidenses.
Muchos de estos gobiernos operan con una mentalidad colonial, creyendo que el alineamiento automático les garantiza estabilidad o protección. La realidad es otra: Estados Unidos actuará exclusivamente en función de sus propios intereses, incluso si eso implica presionar, desplazar o sacrificar a sus aliados circunstanciales.
Perú: alineamiento pragmático sin subordinación
Para Perú, el margen de maniobra es limitado pero no inexistente. No queda otra que mantener buenas relaciones con Estados Unidos, alinearse en varios aspectos clave —comercio, estabilidad macroeconómica, cooperación— y sostener una relación funcional.
Sin embargo, ese vínculo no debe ir más allá de una relación comercial y diplomática racional. Perú no gana nada entrando en juegos geopolíticos, militares o estratégicos que no le corresponden ni le benefician. El objetivo debe ser comerciar con todos, mantener relaciones abiertas con múltiples países y evitar cualquier forma de dependencia política o estratégica profunda.
Pragmatismo, no subordinación. Relación, no alineamiento ciego.
El retorno de la Doctrina Monroe y un mundo más peligroso
El relanzamiento implícito de la Doctrina Monroe marca una nueva etapa en el sistema internacional. Al reafirmar su control sobre el hemisferio occidental, Estados Unidos abre la puerta para que otras potencias hagan lo mismo en sus propias zonas de influencia.
El resultado es preocupante:
el lenguaje de la fuerza vuelve a imponerse sobre el derecho internacional, el multilateralismo y las reglas compartidas. Cada potencia cuidará su patio, y lo hará sin demasiados escrúpulos.
Este escenario no favorece a los países débiles, fragmentados o dependientes.
Unidad, inteligencia y creatividad para los países débiles
Frente a un mundo más rudo y menos predecible, los países con menor poder relativo deben actuar con unidad, pragmatismo e inteligencia estratégica. No se trata de elegir bandos, sino de evitar caer en zonas de influencia rígidas, dependencias peligrosas o juegos de poder ajenos.
La clave está en:
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diversificar relaciones,
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proteger márgenes de soberanía,
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fortalecer capacidades internas,
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y actuar con creatividad política y diplomática.
En tiempos donde la fuerza vuelve a mandar, la debilidad no se sobrevive con discursos, sino con estrategia.
