Desde la publicación del Libro Blanco de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, los países de América Latina lo saben —a las buenas o a las malas—: en materia militar, de seguridad y de relaciones estratégicas, no hay margen real para la autonomía plena. Las orientaciones están dadas y los Estados periféricos deben tomar nota.
El Perú no es la excepción.
Salvo en el terreno económico, donde aún existe cierto margen de maniobra, en lo militar y geopolítico el país termina alineándose con las políticas de Washington, muchas veces sin que Estados Unidos tenga siquiera que pedirlo. Los propios dirigentes peruanos se anticipan, movidos por una mentalidad colonial profundamente arraigada, que no solo aceptan, sino que defienden con orgullo.
El desaire a China no es casual, es simbólico
En ese contexto, el retroceso del Gobierno de José Jerí al retirar el proyecto que autorizaba el ingreso de un buque hospital chino al puerto del Callao no sorprende. Pero sí avergüenza.
No se trataba de una base militar, ni de una operación encubierta, ni de una maniobra estratégica. Era una visita humanitaria, médica y académica, con protocolos conocidos y tiempos acotados. Si el Estado peruano consideraba inconveniente esa presencia, lo responsable era no iniciar el proceso.
Lo que resulta inadmisible es retroceder, y hacerlo con excusas endebles, improvisadas y poco convincentes. Esa no es diplomacia prudente. Es torpeza institucional.
Las “razones técnicas” como coartada política
Los informes del Ministerio de Defensa y del Ministerio de Salud, que aluden a dengue, influenza y lluvias intensas, funcionan más como coartada política que como justificación real. Ninguna emergencia sanitaria se agrava por la presencia de un buque hospital; por el contrario, ese tipo de cooperación suele aliviar presiones sobre sistemas de salud colapsados.
El problema no es sanitario. Es político y geopolítico.
La coincidencia temporal con los cuestionamientos al Ejecutivo por sus vínculos con un empresario chino revela que el Gobierno eligió el camino más fácil: desmarcarse públicamente de China para calmar presiones internas y externas.
Un Estado sin espalda estratégica
El Perú no tiene hoy la fuerza política, diplomática ni militar para plantarse con firmeza frente a las grandes potencias. Esa es la verdad incómoda. Pero una cosa es reconocer los límites y otra muy distinta es actuar con sumisión acrítica.
Un Estado serio cuida las formas, mide los gestos y evita humillaciones innecesarias. Aquí ocurrió lo contrario: se dio una señal de debilidad, de improvisación y de falta de autonomía en la toma de decisiones.
En política internacional, los símbolos pesan. Y este retroceso pesa mal.
El destino no está escrito, pero el rumbo es preocupante
Nada de esto es nuevo. Es el resultado de décadas de élites sin proyecto nacional, sin visión estratégica y sin voluntad de ejercer soberanía más allá del discurso.
Hasta que el Perú no cuente con un liderazgo fuerte, democrático y con conciencia de país —no de tutela—, seguirá reaccionando, retrocediendo y acomodándose. No por imposición directa, sino por obediencia anticipada.
Ese no es un destino inevitable.
Pero hoy, lamentablemente, es el rumbo que se ha elegido.
Y cada gesto de subordinación, por pequeño que parezca, nos aleja un poco más de la idea de un país soberano que decide por sí mismo, con dignidad y sentido estratégico.
