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Autoridades serviles y con mentalidad colonial: ¿una carta de Washington por los trenes donados?

La política peruana vuelve a mostrar su rostro más penoso: la dependencia de voces extranjeras para resolver disputas internas. El alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, declaró que el Departamento de Estado de Estados Unidos enviará una carta de queja al Perú por la demora en poner en marcha los trenes donados por la empresa Caltrain. Los vehículos permanecen almacenados en la capital desde junio, sin uso ni destino claro.

Lo más grave no es la falta de gestión para dar operatividad a la donación, sino la actitud colonial que destilan nuestras autoridades. En lugar de resolver los problemas mediante la institucionalidad nacional, se enarbola el nombre del “país poderoso del norte” como árbitro, como si Washington fuese el tutor de la república.

La vieja costumbre colonial

El Perú independiente nació hace más de dos siglos, pero gran parte de su clase política sigue comportándose como en los tiempos del Virreinato: pidiendo permiso, buscando aprobación externa o suplicando que alguien más ponga orden. En este caso, un alcalde que utiliza a EE.UU. como bastón de legitimidad y un Ejecutivo que responde con titubeos y negaciones, incapaz de fijar una posición firme y soberana.

El primer ministro Eduardo Arana intentó corregir el desatino señalando que cualquier comunicación entre países debe darse a través de las cancillerías. Pero el daño ya está hecho: la opinión pública volvió a ver a un país gobernado por autoridades que prefieren hablar de cartas de queja extranjeras antes que asumir sus responsabilidades.

¿Diálogo o chantaje político?

Más allá del espectáculo de declaraciones cruzadas, lo que está en juego es un proyecto ferroviario clave para Lima y el oriente de la capital. La discusión técnica se diluye en medio de ataques personales, suspicacias sobre mafias y la incapacidad del Ejecutivo y la Municipalidad de Lima de articular un plan común.

En lugar de fortalecer la institucionalidad, el conflicto se convierte en arma política. López Aliaga golpea al gobierno de Dina Boluarte, y el Ejecutivo responde minimizando el tema. Mientras tanto, los trenes permanecen inmóviles, símbolo perfecto de un Estado que no se mueve porque está atrapado en la corrupción, la improvisación y la servidumbre mental.

La pregunta de fondo

El episodio revela algo más que un pleito sobre trenes. Nos enfrenta al espejo de un país que todavía no asume plenamente su soberanía. Mientras las autoridades se muestren dispuestas a poner a Estados Unidos o cualquier otro país como árbitro de sus incapacidades, el Perú seguirá pareciendo un virreinato disfrazado de república.

El reto es claro: romper con esa mentalidad colonial, fortalecer las instituciones y exigir a los gobernantes que actúen como líderes soberanos, no como funcionarios serviles que se escudan en cartas extranjeras para tapar sus propias deficiencias.

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