Este martes 17, el presidente encargado deberá presentarse ante el Congreso de la República para rendir cuentas frente a diversas mociones de censura y vacancia. Los cuestionamientos son graves y abarcan conductas que se mueven en un terreno ambiguo entre lo irregular, lo inmoral y lo presuntamente ilícito. Como corresponde en un Estado de derecho, tales hechos deberán ser investigados y corroborados para determinar responsabilidades reales.
No obstante, centrar el debate únicamente en la censura o eventual vacancia del mandatario sería un error. El verdadero problema es más profundo y estructural, y no se resolverá simplemente cambiando de nombre a quien ocupa el cargo.
Lo que hoy presenciamos es el resultado de una grave crisis de la ética pública y de una preocupante precariedad en la formación profesional, humana y moral de muchos de los líderes que llegan al poder. Se ha perdido el sentido de los límites entre lo privado y lo público; se gobierna como si el Estado fuera una extensión de intereses personales, y no un espacio de servicio a la ciudadanía.
Esta deformación de valores ha deteriorado casi por completo la confianza ciudadana. El respeto por la función pública se ha erosionado, y con ello, la credibilidad de nuestros actores políticos. Hoy asistimos a un escenario donde la improvisación, el oportunismo y la falta de integridad parecen haberse normalizado, mientras la ética es tratada como un obstáculo y no como un principio esencial.
En este contexto, una censura o una vacancia pueden ofrecer una sensación momentánea de corrección política, pero no garantizan una mejora real. Incluso existe el riesgo de reemplazar a una figura cuestionada por otra de igual o menor calidad, perpetuando así el círculo vicioso de la mediocridad. La experiencia reciente demuestra que el problema no es solo quién cae, sino quiénes están disponibles para reemplazarlo.
La responsabilidad, por tanto, no recae únicamente en el Congreso ni en el Ejecutivo. También interpela directamente a la ciudadanía. Debemos elegir mejor a nuestros representantes. No siempre quien más invierte en publicidad es el más preparado. No siempre quien habla más fuerte o aparece más en los medios es el más idóneo. La política requiere seriedad, formación, vocación de servicio y, sobre todo, respetabilidad.
Para fortuna del país, existen personas valiosas, capaces y honestas, aunque muchas veces no son las más visibles ni las más estridentes. Apostar por ellas implica un ejercicio de reflexión y madurez democrática que aún nos cuesta como sociedad.
El debate de este martes, impulsado por el presidente del Congreso Fernando Rospigliosi y que involucra al mandatario José Jerí, debe servir no solo para evaluar responsabilidades individuales, sino para abrir una discusión más amplia y urgente: ¿qué tipo de liderazgo estamos permitiendo que gobierne el Perú?
Sin una reconstrucción profunda de la ética pública y sin una ciudadanía más exigente, cualquier censura será apenas un parche. Y el problema de fondo seguirá intacto.
