No hace falta ser brujo para anticiparlo: Argentina va a crecer. Después del reajuste brutal —socialmente costoso y políticamente traumático— que aplicó el gobierno de Javier Milei, el rebote económico es prácticamente una consecuencia lógica. La historia económica lo demuestra: tras ajustes incluso más severos, el crecimiento suele aparecer. El problema nunca fue si se crece, sino para quiénes.
El propio debate en Argentina ya no gira en torno a la posibilidad de expansión, sino a su magnitud: algunos proyectan entre 2,5 % y 3 %, otros hablan de hasta 5 %. Pero la discusión verdaderamente relevante es otra: ¿ese crecimiento llegará a la mayoría de la sociedad o se concentrará en pocos sectores?
Crecimiento en “K”: ganadores claros, perdedores persistentes
Todo indica que la economía argentina evolucionará con una forma de “K”: sectores como agro, minería y energía —especialmente Vaca Muerta— crecerán con fuerza, atraerán inversiones y generarán divisas. Pero también es claro que generan poco empleo y tienen escaso efecto derrame.
Del otro lado de la “K” quedan la industria manufacturera, el comercio, el consumo masivo y los sectores intensivos en mano de obra, golpeados por la apertura, la caída de márgenes y el estancamiento de ingresos. En 2025, Argentina creció cerca de 4,5 %, pero el empleo formal cayó y los salarios reales apenas se movieron. Ese dato debería ser una alerta temprana.
El espejismo del “modelo peruano”
Desde ciertos círculos económicos argentinos se mira al Perú como un ejemplo a seguir: estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal, inflación controlada, reglas claras para el capital. Todo eso es cierto. Pero lamentablemente hay que aguar la fiesta.
El modelo peruano es muy exitoso en lo macro, pero profundamente fallido en lo micro. En la vida cotidiana, el Perú es un país con servicios públicos precarios, informalidad masiva, desigualdad estructural y un Estado ausente para millones. En términos sociales, es —sin exagerar— un país de cuarto mundo.
Crecimiento sostenido durante años no se tradujo en bienestar generalizado, ni en cohesión social, ni en ciudadanía plena. La macroeconomía ordenada convivió con transporte caótico, salud colapsada, educación desigual y una democracia frágil. Ese es el costo de un modelo que prioriza indicadores antes que personas.
Ajuste, rebote y límites
Argentina probablemente encadene varios años de crecimiento. Incluso podría lograr algo que no consigue hace dos décadas: continuidad. Pero si ese crecimiento se construye sobre salarios deprimidos, consumo estancado y Estado reducido a su mínima expresión social, el resultado será estabilidad sin desarrollo.
El riesgo no es económico en el corto plazo, sino político y social en el mediano. La experiencia regional muestra que modelos que funcionan solo para algunos terminan erosionando legitimidad, alimentando frustración y preparando nuevas crisis.
Crecer no es suficiente
Argentina necesita crecer, sí. Pero también necesita integrar, incluir y reconstruir tejido social. Si el espejo elegido es el Perú, conviene mirarlo completo, no solo el reflejo macro que entusiasma a los mercados.
Porque el verdadero desafío no es volver a crecer después del ajuste.
El desafío es no convertir el crecimiento en una nueva forma de exclusión.
