Las sequías drenan ríos, alimentan incendios y reconfiguran el mapa de las enfermedades infecciosas en humanos y animales, con brotes más frecuentes de cólera y virus del Nilo Occidental como señales de advertencia. Así lo revela un estudio publicado en la revista Trends in Ecology & Evolution, a cargo de investigadores de la Universidad de Colorado en Boulder.
El trabajo, una revisión de casi 100 estudios previos, fue liderado por Pieter Johnson, ecólogo y profesor distinguido del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de CU Boulder, junto a Tara Stewart Merrill, del Instituto Cary de Estudios de Ecosistemas.
Según detalla el reporte, las condiciones más secas hacen a las poblaciones humanas y a la fauna silvestre más expuestas a ciertos patógenos, a pesar de que muchos parásitos y vectores de enfermedades dependen del agua para sobrevivir.
“El cambio climático no se limita a calentar o secar la Tierra”, afirmó Johnson en declaraciones recogidas por CU Boulder. “También provoca sequías más variables e impredecibles. Esta imprevisibilidad se está convirtiendo en uno de los principales desafíos para comprender y gestionar las enfermedades en los ecosistemas naturales”, agregó.
A primera vista, la relación parece contradictoria: si el agua escasea, ¿cómo pueden prosperar enfermedades que dependen de ella? La clave está en la concentración. A medida que los cuerpos de agua se reducen, los animales se ven forzados a congregarse en torno a las pocas fuentes disponibles, lo que convierte esos puntos en focos de transmisión de parásitos.
Johnson identificó este patrón en el estado de California durante la sequía de 2014, mientras estudiaba parásitos que provocan el desarrollo de extremidades adicionales en ranas infectadas.
Al disminuir los estanques, los anfibios quedaron hacinados en los cuerpos de agua restantes y registraron infecciones más severas y tasas de contagio más altas. “Parecía que los efectos de la sequía en los patrones de enfermedades no eran lineales”, sostuvo el investigador según el reporte de CU Boulder.
Otro mecanismo relevante involucra la cadena alimentaria acuática. En Norteamérica, la disminución de los niveles de agua redujo la población de larvas de libélula y otros organismos que se alimentan de larvas de mosquito.
Con menos depredadores naturales, los mosquitos proliferan, lo que contribuyó al aumento de enfermedades como el virus del Nilo Occidental y el de la encefalitis de San Luis. Este último se volvió más frecuente durante sequías periódicas en Florida, donde los mosquitos infectados transmitieron el patógeno a personas.
A eso se suma la fiebre del valle, una infección fúngica que llega a humanos y animales a través del polvo contaminado. Con suelos más secos y vientos más activos, la sequía multiplica la exposición a este hongo. No todos los patógenos se benefician de las condiciones áridas: el hongo quítrido, responsable en parte del declive mundial de los anfibios, tiende a propagarse con dificultad cuando el agua escasea.
La revisión subraya que la sequía no implica simplemente más o menos enfermedades, sino una redistribución del perfil de patógenos dominantes en cada ecosistema.
El contexto internacional amplifica la urgencia del hallazgo. Según un informe de las Naciones Unidas (ONU), más del 77% de la superficie terrestre experimentó condiciones de sequía en las últimas décadas.
En el oeste de Estados Unidos, la peor megasequía en 1.200 años redujo embalses como el lago Mead a apenas un tercio de su capacidad. El cambio climático está haciendo que estos fenómenos sean más frecuentes, más intensos y más generalizados, desde el continente americano hasta Europa.
Ante ese escenario, Johnson y Stewart Merrill proponen un marco para anticipar qué patógenos podrían ganar terreno. Los que infectan a múltiples especies huésped, como la gripe aviar, tienen más probabilidades de prosperar que los especializados en un único hospedador. Los organismos capaces de sobrevivir fuera de ambientes acuáticos llevan ventaja sobre los que dependen exclusivamente del medio hídrico.
“Dado que el cambio climático trae consigo sequías más frecuentes y extremas, queremos anticipar cómo cambiará la transmisión de enfermedades para poder pronosticar mejor los brotes y prepararnos para ellos”, señaló Johnson al equipo de CU Boulder. “En otras condiciones, la transmisión puede volverse tan intensa que compense la pérdida de infección en otros sitios”, advirtió el ecólogo.
