Economía

Malacalza: «Milei representa a las élites y está dispuesto a entregar todo porque cree que eso nos va a salvar»

El Economista dialogó con Bernabé Malacalza, autor de «Las Cruzadas del Siglo: Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando a América Latina (y nosotros no nos enteramos)», de Siglo XXI.

Cuarenta y dos veces. Esa es la cantidad de veces, como mínimo, en las que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, aseguró o sugirió que la guerra con Irán estaba cerca de terminar. 

Sin embargo, el conflicto, que comenzó allá a finales de febrero, hoy esta más vigente que nunca: pese a que Washington habría utilizado ‘prácticamente todos’ sus misiles de precisión de largo alcance, esta misma semana Trump amenazó a Irán con golpearlo «muy duramente» si el Estrecho de Ormuz permanece cerrado.

Pero, más allá de las amenazas, la realidad demuestra que la resistencia iraní es un duro problema de resolver para Estados Unidos, además de que deja en evidencia que ni el propio Trump tiene en claro cómo terminar la guerra ni qué significa eso.

En paralelo, la guerra en Ucrania ya atraviesa su quinto año y, aunque la cercanía de Trump con su par ruso Vladimir Putin hacía cree que el conflicto podía llegar a resolverse, la situación está lejos de ese escenario.

En realidad, Kiev ha incrementado sus ataques contra Rusia, incluso llegando a impactar en Moscú y, prácticamente, cercando la península de Crimea, mientras que el Kremlin incrementa, día a día, sus ataques con misiles contra las principales ciudades ucranianas, dejando en evidencia que un alto el fuego es solo un sueño muy lejano.

Así, más allá de cada conflicto en particular, la realidad deja en evidencia que los conflictos bélicos han regresado para quedarse, incluso con la posibilidad de expandirse (al pequeño conflicto entre India y Pakistán del año pasado o la situación en la Franja de Gaza, debemos sumar asuntos complejos que siempre están a punto de estallar como son la cuestión de Taiwán o la disputa en la península de Corea).

Y, mientras las grandes potencias parecen estar volviendo a relacionarse como históricamente lo hicieron, a través del conflicto, los países más pequeños se encuentran ante una gran encrucijada: escoger un bando o mantenerse lo más neutrales posibles sin pagar grandes consecuencias (en el caso de Argentina, la decisión del gobierno nacional parece más que obvia).

Por ello, ante el complejo escenario, e intentando profundizar en estos y otros temas, El Economista dialogó en exclusiva con Bernabé Malacalza, investigador independiente del CONICET, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, Doctor en Ciencias Sociales y autor de «Las Cruzadas del Siglo: Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando a América Latina (y nosotros no nos enteramos)», de Siglo XXI.

-Desde hace años, el Orden Liberal está en crisis. Sin embargo, con el regreso de Trump, el proceso final de su descomposición parece haber comenzado. ¿Cree que es posible revertir esta situación? ¿Hacia qué mundo nos dirigimos? 

-Creo que lo que se llamó «orden internacional liberal» fue más una promesa —o un relato— que una realidad plenamente existente. Tras la caída del Muro de Berlín sí hubo un orden internacional, con una posición preponderante de EE.UU. Pero el proyecto de expandir un internacionalismo liberal, basado en la paz, la democracia, los derechos humanos, la economía de mercado y el multilateralismo bajo liderazgo estadounidense, fue un suspiro brevísimo de la posguerra fría.

En 1999, durante la guerra de Kosovo, la OTAN, encabezada por EE.UU., intervino militarmente sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Un año antes, en 1998, Washington había firmado el Estatuto de Roma que creaba la Corte Penal Internacional, pero nunca lo ratificó y, en 2002, Bush retiró formalmente la firma para evitar la jurisdicción de la Corte sobre ciudadanos estadounidenses.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, estos estados de excepción se volvieron cada vez más la norma. La intervención en Afganistán contó con amplio respaldo internacional y se fundamentó en el derecho de legítima defensa reconocido por el Consejo de Seguridad, pero la invasión a Irak en 2003 se realizó sin autorización expresa del Consejo y marcó un punto de inflexión en la erosión del derecho internacional.

De algún modo, la idea soñada por Washington de un orden internacional liberal articuló dos tradiciones distintas: el legado de la Paz de Westfalia de 1648, basado en la soberanía e igualdad jurídica de los Estados, y la tradición de la Ilustración del siglo XVIII que inspiró las declaraciones modernas de derechos y, posteriormente, el régimen internacional de derechos humanos.

Esa síntesis funcionó durante décadas como un gran tabú: las grandes potencias podían violar derechos humanos y estar exentas de las reglas mientras los Estados más débiles seguían apostando por la ilusión de que existía un orden basado en normas, soberanía y derechos universales. Era una hipocresía, sí, pero una hipocresía que imponía cierta ficción o cierto atisbo de legalidad. Poco, muy poco.

Las guerras de Ucrania, Gaza y la escalada con Irán parecen haber terminado de quebrar esa ficción. Estados Unidos camina a un Warfare State, donde la cruzada con China y la preparación permanente para la guerra reorganizan la economía, la innovación tecnológica y la política exterior.

Las nuevas élites que articulan Silicon Valley, el Pentágono y Wall Street —impulsadas por los llamados «nuevos reaccionarios»— ya no parecen sentirse cómodas ni por el universalismo ilustrado ni por las restricciones westfalianas. El mundo que comienza a verse es un mundo de guerras permanentes, empresas tecnológicas desarrollando inteligencia artificial aplicada a drones y sistemas autónomos de combate sin regulaciones internacionales y una creciente naturalización del conflicto como forma de interacción del sistema internacional. Un mundo sin necesidad de eufemismos. El fin del tabú.

-⁠Una de las características del «nuevo mundo» es el regreso de los conflictos bélicos tradicionales, como son los casos de las guerras en Ucrania e Irán. Sin embargo, en ambos casos, los conflictos parecen estar lejos de terminar e incluso no está claro cómo sucedería esto. ¿Cómo asocia esto a la idea de «guerra sin victoria» que usted ha desarrollado?

-Ucrania, Gaza e Irán muestran algo importante: son guerras que no terminan porque, y esta es la cuestión principal: no están hechas para terminar. Cuando se habla de derrota» o «victoria» es algo forzoso. En el terreno los conflictos no se ganan ni se pierden —se pausan, se desplazan, se reanudan—, vemos treguas moribundas. Irán y Estados Unidos escalan. En Ucrania, la guerra ya superó en extensión a la Primera Guerra Mundial, y nadie discute seriamente un final cercano. Israel sigue sus ataques devastadores en Medio Oriente.

Mi hipótesis es que no hay vencedores ni vencidos porque no hay únicamente Estados peleando: hay dueños de las guerras. La Casa Blanca, el Pentágono, Silicon Valley y Wall Street tienen razones propias —y distintas entre sí— para que estos conflictos se prolonguen y se multipliquen. 

Palantir y Anduril desarrollan los sistemas de inteligencia artificial que procesan los datos de satélites, drones y radares; los megafondos como BlackRock, Vanguard y State Street son accionistas de las empresas de defensa y financian, indirectamente, a las startups militares; y el Pentágono compra esa tecnología con contratos que se renuevan sin importar qué partido gobierna ni cómo termine cada guerra. Ese kill chain es un negocio, sí. Pero también, y más importante, es un complejo con poder suficiente para decidir qué futuros son pensables y cuáles no. Trump acá es un puesto menor.

Por eso hablo de «guerra sin victoria». El ecosistema financiero necesita retornos extraordinarios, las empresas fósiles ganan con la suba del petróleo, y los contratos del Pentágono son la única forma de garantizar demanda estable, más allá de cualquier resultado militar, a las big tech de Silicon. Cuanto más se prolonga un conflicto, más contratos se renuevan, más sube el valor de las acciones de defensa, y más se benefician los fondos de pensión de millones de personas que ni siquiera saben que están invirtiendo en eso. Como dice el propio Peter Thiel: los tiempos malos son tiempos buenos para Palantir.

⁠-Más allá de cómo será el mundo que se viene, es una realidad que la era unipolar terminó hace rato. Sin embargo, nuestro actual presidente está completamente alineado detrás de Estados Unidos. ¿Qué opina de la política exterior del actual gobierno argentino? Parece no ser consciente de que Washington ya no es el único país que impone las reglas de juego

-Para las élites de la gran mayoría de los países latinoamericanos, el dilema pareciera ser hoy algo absurdo: elegir entre la nostalgia por un orden liberal que nunca existió y la adhesión entusiasta a las nuevas cruzadas geopolíticas de Washington contra Pekín. 

Y no, la cosa no pasa por ahí. La verdadera pregunta es cómo construimos nuevas formas de gobernanza global (Estados y sociedad civil global) capaces de ponerle límites al poder, en un contexto donde el poder ya no está solamente en los Estados, sino también en las grandes corporaciones tecnológicas, los complejos militares y las élites transnacionales.

Quizás el cambio más profundo de nuestra época no sea el pasaje de la unipolaridad a la multipolaridad —dos viejas metáforas de la física newtoniana que se intentaron trasplantar forzadamente a las Relaciones Internacionales—, sino una transformación en la naturaleza misma del poder: cada vez menos definida por polos estatales, y cada vez más determinada por la convergencia entre élites políticas, militares, financieras y tecnológicas que capturan a los Estados.

El caso de Milei es paradigmático. Es un representante de esas élites, y está dispuesto a entregar todo —cuando digo todo, es todo— porque cree que el aterrizaje de esas élites en la Argentina es lo que va a traer la salvación, el milagro. Es un discurso de tinte supremacista-religioso, pero en los hechos habilita la captura regulatoria del Estado por parte de esas élites.

Proyectos como Prospera, en Honduras, buscan replicarse en la Patagonia. Mientras tanto, además de haber secuestrado un mandatario, ya van 221 asesinatos de tripulantes de embarcaciones por parte de EE.UU. en el Caribe y el Pacífico, y un silencio absoluto frente a violaciones flagrantes de soberanía territorial.

Seamos claros: hay una guerra invisibilizada en nuestra región, no hay que irse a Medio Oriente para hablar de guerras. Hay que ver la matanza del pescador colombiano Carranza por ejemplo que esta denunciada en la CIDH. Con gobiernos dispuestos a entregar lo que sea, la señal es preocupante: quizás estemos ante el comienzo del fin de la soberanía tal como la conocimos desde Westfalia, ya sea con neoprotectorados impuestos caso Venezuela o con neoprotectorados habilitados por gobiernos cruzados.nald Trump

⁠-En sintonía con la pregunta anterior: ¿cómo se logra mantener buenos vínculos con China, uno de los principales socios comerciales de la región, sin «hacer enojar» a Estados Unidos? Hoy en día parece difícil poder mantener buenos vínculos con ambos países en simultáneo, principalmente por las preocupaciones en términos de seguridad de Estados Unidos-

-Algo que abordo en mi libro Las Cruzadas del Siglo XXI es que las cruzadas son, ante todo, narrativas cuasi religiosas que apelan a las emociones: discursos binarios que polarizan, que dividen entre Dios y el Diablo, pero que sobre todo se sostienen en teorías conspirativas del tipo «si autorizas tal proyecto, todo el infierno va a caer sobre tu país». Hay que preguntarse cuán real es eso. En los temas económicos, comerciales, y en la mayoría de los temas científicos, esa realidad no existe.

El problema aparece con las tecnologías duales, las que pueden tener uso militar. Ahí la pregunta que tenemos que hacernos no es «cómo hago para no enojar a Estados Unidos», sino cómo preservo mi soberanía y mi autonomía frente a cualquier potencia. Esa es la pregunta. El corazón del asunto es la autonomía, y autonomía es la capacidad de delinear nuestro propio futuro. No que venga Estados Unidos, o China, a decirnos cuáles son nuestras prioridades de desarrollo

 -⁠En Estados Unidos, republicanos y demócratas difieren en casi todo, exceptuando que China es el principal desafío de su país. ¿Cree que EE.UU. está gestionando de manera correcta la competencia con Pekín? ¿O, a largo plazo, el conflicto es inevitable?

-No, lo está gestionando mal, y el conflicto no es inevitable. EE.UU. y China tienen niveles de interdependencia económica, tecnológica y financiera que no existían entre las potencias de la Guerra Fría: esto no es bipolaridad, es otra cosa. 

Lo que hay, más que una competencia racional entre potencias es una cruzada —una narrativa cuasi religiosa que necesita creyentes para sostenerse, y que republicanos y demócratas comparten precisamente porque les conviene a ambos tener un enemigo civilizatorio en común—.

Y conviene recordar cómo terminaron las cruzadas en la Edad Media: fracasaron. Por eso la tarea no es prepararse para un choque inevitable, sino desmontar la cruzada misma. ¿Cómo? Dejando de creer que hay un solo camino posible.

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