Hasta hace poco, cuando veíamos a un presidente hablando frente a una cámara, partíamos de una premisa bastante sencilla: si lo estamos viendo y escuchando, ocurrió.
Esa seguridad acaba de desaparecer.
El caso del falso video atribuido a Javier Milei y Jaime Bayly debería servirnos como una llamada de atención. La entrevista existió. Milei estuvo realmente frente a Bayly. La conversación sobre homosexualidad también ocurrió. Pero la supuesta confesión que comenzó a circular en redes fue fabricada mediante manipulación digital e inteligencia artificial.
Y aquí aparece una pregunta que puede definir el periodismo de los próximos años:
¿Qué ocurrirá cuando ya no podamos confiar ni siquiera en nuestros propios ojos?
Antes preguntábamos quién lo dijo. Ahora debemos preguntar si realmente lo dijo
La mentira política no nació con la inteligencia artificial.
Desde siempre se han inventado declaraciones, fotografías, documentos y testimonios para perjudicar adversarios. Lo nuevo es que la tecnología ha conseguido algo extraordinariamente peligroso: darle apariencia de evidencia a una mentira.
Antes alguien podía escribir:
«El presidente dijo esto».
Podíamos pedirle la grabación.
Hoy pueden mostrarnos la grabación.
Podemos ver el rostro.
Podemos escuchar la voz.
Podemos observar el escenario.
Y aun así puede ser falso.
Ese es el salto cualitativo.
Los llamados deepfakes ya pueden fabricar o modificar imágenes, voces y videos políticos con un grado de realismo que dificulta enormemente su identificación. Investigaciones recientes advierten que el problema no consiste solamente en que algunas personas crean una falsedad: también puede producirse algo todavía más peligroso, la pérdida general de confianza en aquello que vemos.
El caso Milei-Bayly es una advertencia perfecta
¿Por qué funcionó tan bien el montaje?
Porque utilizó elementos verdaderos.
La entrevista era verdadera.
Los protagonistas eran verdaderos.
El escenario era verdadero.
El tono de la conversación era verdadero.
Lo falso estaba escondido dentro de lo verdadero.
Esa es precisamente la sofisticación de la nueva desinformación.
Ya no necesariamente necesitamos inventar una escena completa. Podemos tomar una entrevista real, modificar una respuesta, agregar una voz sintética y construir una declaración que el entrevistado jamás pronunció.
El espectador no recibe una falsedad evidente.
Recibe una falsedad disfrazada de documento audiovisual.
Y eso cambia completamente las reglas.
El morbo es el combustible
Hay otra razón por la que estas falsificaciones funcionan tan bien: las emociones viajan más rápido que la información.
Una noticia sobre el déficit fiscal puede interesarnos.
Una investigación sobre productividad puede ser importante.
Un análisis sobre empleo puede ser decisivo.
Pero una supuesta confesión sexual de un presidente genera inmediatamente curiosidad, indignación, burla, rechazo o morbo.
La gente comparte primero y verifica después.
Y muchas veces verifica cuando ya es demasiado tarde.
El propio caso Milei-Bayly demuestra cómo una pieza manipulada puede aprovechar una conversación real y un personaje público polémico para resultar creíble.
La inteligencia artificial aporta la tecnología.
La emoción aporta la velocidad.
Y las redes sociales hacen el resto.
El próximo deepfake puede ser mucho más peligroso
Imaginemos por un momento algo que ya no pertenece a la ciencia ficción.
Un candidato presidencial aparece en televisión y anuncia que renuncia.
Otro anuncia que se retira de una elección.
Un ministro admite haber recibido dinero.
Un presidente declara la guerra a otro país.
Un jefe militar anuncia un golpe de Estado.
Un candidato ordena a sus seguidores desconocer los resultados electorales.
Todo parece auténtico.
La voz es idéntica.
El rostro es idéntico.
Los gestos parecen naturales.
La escena parece real.
Y el video comienza a circular millones de veces.
Cuando llegue la desmentida oficial, quizá millones de personas ya lo hayan visto.
Pero aquí aparece algo todavía peor.
¿Qué pasaría si el video fuera verdadero y el político dijera que es falso porque fue creado con inteligencia artificial?
Ese fenómeno ya es conocido como el «dividendo del mentiroso»: a medida que los deepfakes se vuelven comunes, una persona realmente grabada diciendo algo comprometedor puede intentar desacreditar la evidencia alegando que es una falsificación.
Es decir, la inteligencia artificial puede servir para fabricar mentiras.
Pero también puede proporcionar una excusa para negar verdades.
La democracia entra en un terreno desconocido
Esto deja de ser un problema tecnológico.
Es un problema democrático.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre hechos, opiniones, propaganda y mentiras.
Necesita periodistas que verifiquen.
Necesita instituciones confiables.
Necesita medios que puedan demostrar de dónde obtuvieron una información.
Pero, sobre todo, necesita una ciudadanía que no convierta cada video viral en una verdad automática.
Un informe reciente de Full Fact en el Reino Unido encontró que el 80% de los encuestados está preocupado por la desinformación política y apenas un 3% considera muy fácil distinguir un video auténtico de uno generado por IA.
No es un problema británico.
Es un problema mundial.
Y América Latina, con sus sociedades profundamente polarizadas y sus campañas políticas cada vez más agresivas, no está fuera de ese riesgo.
Argentina ya tiene experiencia
El caso Milei-Bayly no es un episodio aislado.
Durante las elecciones argentinas de 2025 circularon varios videos políticos falsos generados mediante inteligencia artificial. Incluso hubo denuncias ante la Justicia Electoral vinculadas con contenidos falsos creados con IA.
Es decir, ya estamos viendo el fenómeno en nuestra propia región.
Y las elecciones peruanas no están inmunizadas.
Al contrario.
En un país donde las redes sociales tienen un peso enorme en la formación de opinión, donde abundan las campañas de desprestigio y donde la polarización política puede ser intensa, un video falso podría tener consecuencias importantes antes de que alguien consiga desmentirlo.
Ya no basta con enseñar a leer
Durante décadas les dijimos a los ciudadanos que tenían que aprender a leer los periódicos, contrastar fuentes y desconfiar de las cadenas anónimas.
Ahora tendremos que enseñar algo adicional:
aprender a desconfiar de la evidencia audiovisual.
Eso no significa desconfiar de todo.
Sería igualmente peligroso.
Si terminamos pensando que ninguna fotografía, ninguna grabación y ningún documento puede ser verdadero, habremos destruido una de las herramientas fundamentales del periodismo.
Lo que necesitamos es algo diferente:
verificar.
¿Quién publicó originalmente el video?
¿Existe la entrevista completa?
¿Coincide el audio con el registro original?
¿Otros medios independientes tienen la misma información?
¿Existe una fuente primaria?
¿La persona realmente dijo eso?
¿El fragmento está fuera de contexto?
¿Hay una versión anterior del material?
Son preguntas sencillas.
Pero serán cada vez más importantes.
El periodismo tendrá que recuperar una vieja costumbre
La tecnología más avanzada puede obligarnos a recuperar una práctica bastante antigua:
ir a la fuente original.
No conformarnos con el video de 20 segundos.
Buscar la entrevista completa.
Escuchar la pregunta.
Escuchar la respuesta.
Revisar el contexto.
Comparar versiones.
Consultar documentos.
Hablar con fuentes.
Y, si no podemos comprobarlo, tener el valor profesional de decir:
«No lo sabemos».
Eso también es periodismo.
La gran paradoja
Hay una paradoja extraordinaria en todo esto.
Durante años se pensó que la tecnología iba a democratizar la información.
Y en buena medida lo hizo.
Pero ahora esa misma tecnología puede democratizar también la capacidad de fabricar falsedades convincentes.
Antes fabricar una mentira audiovisual sofisticada requería estudios, equipos, especialistas y dinero.
Hoy una persona con un teléfono y acceso a determinadas herramientas puede producir contenidos capaces de engañar a miles o millones.
La mentira se ha vuelto barata.
Y extraordinariamente rápida.
El desafío para Mudo Social
Para medios independientes como Mudo Social, esto plantea una responsabilidad todavía mayor.
No podemos competir con las grandes plataformas en velocidad.
Pero sí podemos competir en algo mucho más importante:
credibilidad.
Publicar menos, pero verificar mejor.
No compartir una información simplemente porque es impactante.
No convertir un rumor en titular.
No publicar un video solamente porque está circulando.
Y cuando una información sea falsa, decirlo claramente.
Porque en el nuevo ecosistema informativo la credibilidad será probablemente el activo más valioso de un medio.
La frase que deberíamos recordar
Hasta ayer, cuando veíamos a un político hablando en un video, nuestra pregunta era:
«¿Qué dijo?»
Desde ahora tendremos que formular una pregunta anterior:
«¿Realmente lo dijo?»
Y hay una pregunta todavía más profunda.
Porque la inteligencia artificial no solamente puede hacernos creer una mentira.
Puede llegar a conseguir algo mucho más peligroso:
que dejemos de creer incluso en la verdad.
Ese será el verdadero campo de batalla del periodismo y de la democracia en los próximos años.
No será solamente la lucha contra las noticias falsas.
Será la lucha por conservar algo mucho más elemental:
la posibilidad de saber qué ocurrió realmente.
