Economía

¿Será Polonia la nueva Alemania del Este? Crece más, debe menos y emplea mejor

Polonia crece a un ritmo del 3,4%, mientras España lo hace al 2,8% e Italia apenas roza el 0,4%. El contraste es evidente. En la Europa del sur se teme la desaceleración, en el centro se respira dinamismo. A Varsovia le basta mirar sus últimos treinta años para constatar que la transformación es profunda y que la convergencia con el oeste ya no es una aspiración, sino un proceso en marcha.

El país que en 1990 arrastraba una hiperinflación superior al 600% y una economía planificada al borde de la bancarrota se ha convertido en una potencia de rango medio alto. La receta fue dura. La llamada terapia de choque del ministro de Finanzas Leszek Balcerowicz liberalizó precios, abrió fronteras comerciales, privatizó empresas estatales y estabilizó las cuentas públicas.

La producción se contrajo en un inicio, el desempleo se disparó y la pobreza se hizo visible, pero la semilla estaba plantada. Tres décadas más tarde, el resultado es un PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo cercano a los 47.000 dólares, a la altura de un país como España con 48.481 dólares, según datos del FMI.

El desempleo se sitúa en el 3,1%, una de las tasas más bajas de la Unión, frente al 6% de Italia y al 10,3% de España. La deuda pública representa el 57% del PIB, menos de la mitad del nivel italiano y casi la mitad del español.

Este cambio no se entiende sin su vocación industrial. Casi el 60% del PIB proviene de las exportaciones, en su mayoría de alto valor añadido. Automoción, electrónica, bienes de capital y, más recientemente, baterías y semiconductores. Polonia se ha convertido en la segunda potencia mundial en fabricación de baterías, clave para la movilidad eléctrica, y aspira a consolidarse como centro europeo de producción de chips, aunque de gama media.

Por otro lado, la proximidad geográfica a Alemania, la estabilidad institucional y una mano de obra cualificada y todavía competitiva han convertido al país en un polo de inversión extranjera directa. Mientras Berlín lucha contra el estancamiento industrial, Varsovia registra un repunte gradual en manufacturas, impulsado por la relocalización de cadenas de suministro y por los fondos europeos.

En los próximos dos años, se prevé un auge de inversión pública superior a los 90.000 millones de zlotys (unos 20.000 millones de euros), procedentes del Fondo de Recuperación y Resiliencia. Se trata de un flujo de capital que se sumará al esfuerzo privado de las multinacionales que apuestan por trasladar su producción o subcontratar servicios en países geográficamente cercanos como Polonia al mercado objetivo.

Polonia ha sido blanco reciente de incursiones aéreas rusas con drones esta semana. Un recordatorio de su posición estratégica en el flanco oriental de la OTAN. La respuesta de Varsovia ha sido aumentar su presupuesto de defensa hasta el 5% del PIB, un porcentaje que la coloca a la cabeza de Europa. Este gasto no solo busca blindar la seguridad nacional, también persigue consolidar una industria militar capaz de exportar y competir en un sector donde la demanda global no deja de crecer

El paralelismo con Alemania es inevitable. La potencia centroeuropea construyó su liderazgo en base a disciplina fiscal, poder industrial y estabilidad política. Polonia comparte ahora esas credenciales. La diferencia es que lo hace con un nivel de renta aún inferior y con retos demográficos más apremiantes.

La fuerza laboral se ha reducido en más de dos millones en los últimos quince años y se espera que pierda otro millón en la próxima década. El recurso a la inmigración, especialmente desde Ucrania, se ha convertido en una pieza esencial para sostener el mercado laboral.

Los analistas del FMI y de ING coinciden en que el futuro inmediato es favorable. El crecimiento previsto del 3,2% este año y del 3,1% próximo supera la media europea. Los salarios reales aumentan, el consumo interno se mantiene sólido y las inversiones públicas, financiadas con fondos nacionales y comunitarios, prometen sostener el ciclo expansivo.

A medio plazo, las dudas se centran en la política fiscal y en la capacidad de Polonia para mantener la competitividad industrial ante el encarecimiento de la energía. La transición hacia un modelo energético menos dependiente del carbón es un desafío urgente, ya que la factura eléctrica es una de las más altas de Europa y amenaza con erosionar la ventaja comparativa frente a otros socios.

En el terreno financiero, la Bolsa de Varsovia se ha consolidado como referencia regional. Desde su creación en 1991, el índice WIG ha superado los 100.000 puntos, con una rentabilidad media anual del 14% y un 34% en lo que va de año.

Más de la mitad del volumen de negociación procede de inversores extranjeros, prueba de la confianza en el mercado polaco. En los últimos cinco años, la revalorización ronda el 100%, lo que sitúa a Varsovia en el radar de fondos internacionales que buscan exposición en Europa Central.

En 1989 nadie habría apostado por este desenlace. Tres décadas después, Polonia se prepara para cerrar la brecha con el sur y proyectar su influencia más allá de la industria. El crecimiento constante, la disciplina fiscal y el empleo pleno convierten a Varsovia en el caso de éxito más llamativo del continente. Si Alemania construyó el modelo a seguir tras la Segunda Guerra Mundial, Polonia parece decidida a reclamar ese papel en el este europeo.

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